VINCENT Y THÉO VAN GOGH, HERMANOS SIAMESES


La relación de Vincent y Théo Van Gogh acaso no tenga parangón en la historia del arte. Las cartas de Vincent a su hermano han sido siempre una de las lecturas más reparadoras de mi vida. Cuando me he sentido abatido o cercano a la incomprensión siempre he vuelto a ellas. Leerlas es una especie de conciliación con los aspectos más rugosos y difíciles de la relación entre las personas. Si existe el amor, ambos hermanos lo sintieron en dosis suficiente como para matar a una vaca. Se ha escrito mucho sobre ambos hermanos, pero no recuerdo nada acerca de su relación, de su interdependencia, de su comunión.El relato está dedicado al maestro y pintor colombiano, Alberto Vélez, que desde Sabaneta inocula al mundo su fe irrestañable a La Naturaleza. Su obra no deja de ser una comunión con el Amazonas, pulmón del planeta.


LOS HERMANOS SIAMESES
CUENTO, por MANUEL MOYA
a mi amigo, el pintor colombiano Alberto Vélez





Por favor, Modi, no se destruya, hágame caso. No se rebaje así ante esta chusma. Usted vale cien veces más que ellos. Sé que tiene fama de hombre difícil, incluso de, como dicen ustedes los italianos, rompecoglioni, pero, bueno, he visto sus cuadros colgados en lo de Wylda y qué puedo decirle. Tienen alma, Amedeo, tienen alma. Ternura y alma. Sé que alguien que pinta como usted, no puede ser mala persona. Poseo alguna sensibilidad artística, aunque algunos, como el señor Roland, se empeñen en afirmar lo contrario. Estuve casada con un conocido merchand de arte y eso, querido Amedeo, acaba por notarse. Nuestra casa siempre estuvo llena con los cuadros de mi cuñado Vincent. Mi primer marido se llamaba Théo y trabajaba en la casa Goupil, no sé si usted la conoce, arriba, cerca de Montmartre. Fue un hombre admirado mientras con su trabajo de marchante pudo ayudar a los artistas, pero luego acabó denostado por quienes antes le bailaban el agua y a quienes tanto ayudó. Ya sabe, la vida de un marchante de arte. No sé por qué le cuento todo esto, cuando es más que probable que esté al corriente de todas las cosas inexactas que se han dicho sobre mi marido. Después de su muerte, créame, he tenido que luchar contra ciertos molestos personajes de esta ciudad. Si quiere que le sea franca, estoy convencida de que lo que acabó realmente con él fue la muerte de su hermano Vincent, que supongo le sonará. Gauguin, a quien tanto protegió mi pobre Théo, se pasó meses contando chismes a todo el mundo sobre Vincent, tratando de hacerse el gracioso. Que si estaba enamorado de él, que si era un loco de atar, que si era el pintor más mediocre que había conocido, que si tenía millones de pájaros en su cabeza, que si no sabía dibujar, que si era un desastre. No puede usted imaginarse cómo sufrió Théo con quien al fin y al cabo seguía siendo su protegido pero era así como Gauguin le pagaba. Como debe estar al corriente, desde hace años vengo trabajando porque se conozca la obra de mi cuñado, pero me está costando sangre. Excepto los buenos de Aurier, Bernard y los nuevos pintores a quien usted admira tanto, los demás parecen como si no supieran qué decir o pisaran cristales. Ante los cuadros de Vincent se quedan alelados pero no son capaces de dar un paso más allá en su reconocimiento. Lo consideran un salvaje y con eso se conforman. Vincent no era un Renoir, de acuerdo, pero es mucho, mucho más que un salvaje, pero incluso si sólo fuera un salvaje ya sería mucho más que los que no son nada, porque todo su horizonte es hacerse una carrerita y gustar. ¡Gustar! Usted, Amedeo, es distinto. Yo sé lo que me digo. Usted, como Vincent, es un hombre desesperado. No se ofenda. Algún día alguien lo comprenderá. Verá sus cuadros y dirá, aquí hay alma. Este señor sabe hurgar en el alma, sabe dónde está el alma y eso, amigo Modi, no hay demasiados pintores que puedan contarlo. Pintar bien lo hace cualquiera. Al principio Vincent Van Gogh era un pintor que ni siquiera sabía dibujar, pero ya era pintor. Figúrese. No sabía pintar pero encontró su sitio. Hurgó hasta dar con su sitio. Eso lo llevó a la muerte pero al menos fue honesto, no se conformó, no se vendió, no se autoexcluyó del dolor y de la incertidumbre por un maldito bistec. Usted es igual. Por eso le hablo. Por eso Amedeo, yo sé que usted sacará esto adelante. Sólo necesita dejarse querer. Esa chica, por ejemplo, Jeanne. Ella lo quiere. Tiene usted suerte. Déjese querer. Es casi una niña, pero lo daría todo por usted. La he visto mirarlo. No la haga sufrir. Ella será quién se lo eche a la espalda. No la deje. No la ofenda. No la olvide. Pero permita que le hable de su colega Vincent. Le decía que todos se volvieron atrás con respecto al pobre Vincent. Ni siquiera el buenazo de Cézanne ha querido saber nada. El hecho de que yo sea mujer ha jugado en su contra, pero soy tan tozuda como un percherón, ¿sabe?, y poco a poco he logrado que el sueño de mi pobre Théo se vaya haciendo realidad. Fíjese: los cuadros de Vincent, esos mismos que antes nadie quería, se venden ya a más de cincuenta francos y, créame, uno llegó incluso a los ochenta. No dejaré de luchar hasta que al menos valgan mil francos. Quien dice mil, dice quinientos. No me crea usted una loca. Quienes antes me trataban con desprecio, ahora me escriben cartas afectuosas y me hablan de lo injusto que es que una obra como la de Vincent no esté ya en los museos. Todo llegará si es que tiene que llegar, me digo. Con intentarlo bastará. No es una cuestión económica, sino de estricta justicia. Los galeristas se empiezan a interesar por sus lienzos. ¡Ay, si Théo y Vincent pudieran despertar! Pero, como le decía, mi ex-marido se quedó sin fuerzas de la noche a la mañana. Para cuando falleció su hermano, Théo ya lo había dado todo, como ocurre con esos ciclistas que tras cruzar la meta después de hacer más de ochenta millas, se derrumban en el arcén. Sí, ya sé, que los médicos franceses y holandeses le diagnosticaron sífilis, que su deterioro físico y mental en los últimos meses fue fruto de esa enfermedad, pero aún hoy, pasados casi veinte años, cuando ya no es necesario dar explicaciones, sigo creyendo que todo fue a consecuencia de la conmoción que le produjo el suicidio de su hermano, de cuyo trágico fin se sentía tan absoluta y profundamente responsable. No hay manera de probar esto, pero nadie como yo puede saber más de aquellos tremendos meses que siguieron al suicidio de Vincent. Imagínese. Hasta aquel día de finales de julio, cuando Vincent se pegó el tiro en el pecho, yo había sido una mujer con suerte, por decirlo así. Había nacido en una familia laboriosa y honrada, conseguí un trabajo estable que me proporcionó independencia, me casé con un buen hombre y nuestro hijo, aún de meses, era una alegría para todos. No podía imaginar que todo aquello tan frágil
 mente construido se iría a derrumbar de un día para otro. En un año, el mundo de la luz se transformó en las mayores y más profundas tinieblas. Todo se nos vino encima, créame. Nunca fui más desdichada que entonces, querido Amedeo. Sólo tenía a nuestro hijo y un cuarto en París lleno de cuadros invendibles y cachivaches. Deseé morir, pero tenía que sacar adelante a mi hijo y preservar la memoria de mi buen Théo. Espantoso, créame. Porque se lo tengo que decir, Théo fue, sobre todo, un buen hombre. El mejor hombre que yo haya conocido. Sólo yo puedo dar testimonio de lo que sufrió durante aquellos meses espantosos. Y eso que el principio de año fue magnífico. Sí, las cosas en la galería pintaban mal, es cierto, y su hermano no acababa de mejorar en el hospital de Saint Paúl, allá en Provena, pero todo lo compensaba nuestro Vincent Wilches, que había nacido sano y rollizo, con una salud de hierro. ¡Una bendición! Conocí a Théo apenas tres años antes, en Amsterdam. Ejercía de maestra en una escuela de Utrech y él era un tipo apuesto, y nada más y nada menos que un marchante de cuadros en París. Cualquier muchacha hubiera caído rendida a sus pies. Según parece, mi hermano Dries le habló de mí. Ambos viajaron a Amsterdam, donde Théo mantenía familiares y clientes. No es que de primeras me llamara la atención. Era un hombre alto y elegante. Llamarlo guapo tal vez sea excesivo, pero había en su mirada, no sé cómo expresarlo, una mezcla de profunda melancolía, de nobleza y de dominio de sí mismo que lo hacía atractivo. No parecía endiabladamente feliz, por decirlo con franqueza, pero se veía a leguas que era un hombre de mundo. Tenía siete años más que yo, y eso me pareció entonces una distancia insalvable. Mi profesión de maestra me daba una cierta libertad, no sé si me explico. No necesitaba atarme a nadie por muy marchante en París que fuera. Me habló de su hermano, cómo no, yo creo que a todos hablaba del hermano que vivía o estaba a punto de marcharse al Sur de Francia, no recuerdo ahora muy bien. Para él su hermano el pintor era como el hijo que hasta entonces no había tenido, aunque fuera tres años mayor que él. ¡Lo veía tan desprotegido y tan impotente para afrontar los asuntos del mundo! Recuerdo que me dijo de su hermano Vincent que era un hombre sin suerte, que había comenzado en el oficio de marchante de arte, como él, que incluso había vivido en Londres y trabajado para un importante galerista, pero que después de aprender el oficio, descubrió que no encajaba en ninguna parte; contó que, después, tras su primer fracaso profesional, Vincent puso todo su empeño en ser predicador, como su padre, y que había llegado a hacerse cargo de una de las parroquias más pobres de Valonia, muy cerca de la frontera francesa, pero que debido a su carácter indómito, cabezota ―así es como solía definirlo― y rigorista, aquello volvió a significar un tremendo fiasco que planteó terribles conflictos familiares; fue una tremenda decepción para la familia porque, además, allí hubo un asunto turbio que aún no he logrado esclarecer y que tenía que ver con una pariente viuda. Empezaba así la tremenda tragedia en que se convertiría la vida de Vincent. Sólo después de aquella debacle, se hizo pintor, un pintor sin suerte y sin oficio, como le he dicho, pero con una voluntad férrea y una lucha interior como acaso no haya habido otra. 




No sé si Vincent ha sido un gran pintor pero cuando comparo sus cuadros con los que veo por esas galerías pienso que en ellos al menos late la vida, en ellos una toca el barro y el sol al mismo tiempo y eso, créame, no se puede decir de casi nadie. De usted sí, Amedeo, y no es un cumplido. Por esa razón me he permitido sentarme con usted. En fin, puede creerme, mi marido le tenía un cariño inmenso a su hermano desvalido. Hoy le gustaría estar aquí, viendo cómo todas sus porfías y esfuerzos en favor del hermano no fueron del todo baldíos. Cuando por fin acabe de transcribir las cartas que ambos se cruzaron, verá que no le exagero. A veces siento unas ganas inmensas de llorar mientras trabajo en ellas. No sé si alguna vez alguien se interesara por publicar las cartas, pero le puedo asegurar que muy pocas veces me he sentido más reconciliada con el arte y con la vida que al irlas transcribiendo. Ese desconocido que para mí era el hermano de mi marido, se ha ido clarificando de tal manera. Son cartas, querido Modigliani, que todo artista debiera conocer. Se lo digo desde la neutralidad. Tanta fe en uno mismo, tanta ternura, tanta complicidad, y tanta fragilidad no es fácil encontrarlas. Lo de la fragilidad, querido Modi, yo lo encuentro en sus lienzos. Son conmovedores, créame. Es imposible mirarlos sin saber que el alma palpita, que ahí está ocurriendo algo que a la vez es duro y a la vez de una ternura mística. Y no crea que utilizo la palabra misticismo a humo de pajas. Yo bien conozco y reconozco el misticismo, se lo puedo asegurar. Otra cosa no, pero el misticismo… Raramente dos hermanos se han querido y necesitado tanto el uno al otro. Théo se quejaba constantemente de no poder hacer nada por una obra que los galeristas y compradores rechazaban por violenta, tosca y poco realista. ¡Figúrese! Al parecer nadie entendía aquellos lienzos en los que pintaba campesinos, trigales, campos, exclusas, marineros o cipreses azotados por el viento. Demasiado atrevidos, demasiado feos, decían, para colgarlos en un salón. Pero Théo creía ciegamente en su hermano. Al menos en el esfuerzo hercúleo que su hermano desarrollaba y que no acababa de dar sus frutos. Cada uno de su cuadros es como una oración. A Théo le sobrecogía la honestidad de su hermano. Su trabajo, su empeño. Mi marido destinaba parte de su sueldo a su desdichado hermano. Sabía que estaba obligado a hacerlo. Yo creo que en el fondo se sentía culpable por no encontrarle compradores. Pero no era culpa suya. En arte la gente corriente reconoce las cosas de ayer, pero no las de mañana. Un burgués no quiere saber nada de mañana y menos aún de pasado mañana y el verdadero arte es el de pasado mañana, querido amigo. Recuerdo el día en el que logró vender su primer cuadro. Unas vides rojas, diez francos. Eso fue tan sólo unos meses antes de morir su hermano. Théo estaba exultante. Como si hubiera vendido un carísimo cuadro de Monet. Pero le hablaba de Théo y de mí. Debí impresionarle porque a su llegada a París me escribió una carta efusiva, en la que, ¡valiente locura!, me pedía matrimonio. ¡Matrimonio! Théo nunca fue un tipo arrojado en estos asuntos. Todo lo contrario. Yo le respondí de inmediato diciéndole que no podía fiarme de alguien tan impulsivo y arbitrario que pedía matrimonio a la primera chica que se cruzaba en su camino. Insistió, pero deduje que detrás de su aspecto delicado y recto, debía estar muy solo. Ahora creo que necesitaba descansar del inmenso peso que cargaba sobre sus espaldas. Dejar en el hombro de otra persona parte de su propio peso y el de sus sufrimientos. Su hermano entonces andaba por el Sur. Todavía no había tenido lugar el triste y bochornoso espectáculo de su riña con Gauguin y la excentricidad de cortarse la oreja. Entonces todo sonó a una vulgar locura, pero no, Vincent, que había trabajado como un condenado a galeras, que durante años luchó contra todo y contra todos, que apostó toda su esperanza en la llegada de Gauguin, un pintor a quien consideraba un maestro, que había asumido el hecho de ser el mayor fracasado del mundo, que seguía viviendo, a sus treinta y tantos años, de la pensión de ciento cincuenta francos que su buen hermano le enviaba todos los meses, que había pasado por todas las penurias, fracasos y calamidades posibles, explotó. Tenía que explotar, señor Amedeo, estaba escrito que debía explotar y lo hizo cortándose parte de una oreja. ¿Es tan malo eso? Si hubiera sido otro tal vez le hubiera cortado la oreja a Gauguin y ahora tendría razón en ir contando chismes y boutades sobre Vincent, pero prefirió cortarse la suya. A veces he llegado a pensar que la vida de Vincent ha sido una automutilación continua. Al abandonar su trabajo de marchante mutiló de golpe la posibilidad de hacerse un burgués; fracasando como fracasó de pastor de almas, automutiló su desmedida ternura hacia los demás, haciéndose pintor que no lograría vender un cuadro se excluyó del mundo. Y Théo, mi marido, fue su única sujeción. Todo dependía de su hermano. Pero cortarse la oreja no fue sino un peldaño más en su autoexclusión. Acaso el más pintoresco, pero uno más. Cierto que ya la presión, la soledad y el agotamiento le podían. Durante el año que había pasado en el Sur había pintado cientos de cuadros. En las cartas a su hermano le habla de cada uno de ellos, pero hablaba de su vida, interior y frenética, casi desesperada. Cuánto amor, cuánta fe, cuánta ternura. Era imposible no salir de todo eso descuartizado, amigo mío. Pero el calor del sur, el sol, y esos campos cuajados de flores y de árboles solitarios dejados al sol, lo atraían como un imán. Estaba imbuido por una visión interior, señor Amedeo. Ya digo, cada cuadro suyo es una oración. Sus cuadros se convirtieron con el contacto de la luz del sur en oraciones paganas, salmos al sol y a las estaciones. Pero aquel episodio de la oreja fue un momento terrible para todos y en especial para Théo, como puede entender, que justo por esos días me pidió en matrimonio y yo, perdóneme, siempre he sospechado que una cosa trajo la otra. Se ha hablado poco de esto, pero yo lo he meditado largamente y creo que la idea de que Théo lo fuera a abandonar acabó por ser el fatal desencadenante de aquella primera tragedia. Creyó que si su hermano emprendía una nueva vida, con nuevas obligaciones y nuevos afectos, él se quedaría fuera y no sabía qué hacer. Había fracasado en todo, Amedeo. Era incapaz de ganarse unos francos por su cuenta. ¿Quién lo protegería a partir de entonces? ¿Quién se haría cargo de él y de su pintura? Sí, la noticia de nuestro enlace, debió robarle las pocas fuerzas que le quedaban. No se puede luchar siempre. Y no se puede luchar como luchó Vincent, sin que tarde o temprano te aceche la locura. No señor. Poco después la gente de Arlés escribió una carta al ayuntamiento quejándose del extravagante comportamiento de aquel infeliz pintor que tomaba la carretera de Tarascón muy de madrugada y a veces regresaba por la noche para captar las primeras o últimas luces del día. Y lo internaron y lo volvieron a internar y un día, completamente desesperado, se tomó los pigmentos y el aguarrás y, bueno, Théo, al que todo aquel descomunal lío de su hermano lo había desarbolado, descuidó sus negocios y sus cosas y la casa Goupil comenzó a hacer aguas y de pronto, señor Amedeo, yo fui esa salvación, comprende, la única salvación para Théo, aunque mi llegada supusiera, tuviera que suponer a la fuerza el hundimiento definitivo de Vincent en el sanatorio de ese tal Doctor Gachet, en Auvers-sur-Oise, no sé si lo conoce. Ese peso, créame, lo llevaré mientras viva, pero ese peso es también mi mayor fuente de energía. Yo sé que todo mi trabajo y mis empeños en hacer que la visión y la aventura casi heroica de Vincent y Théo al fin se vean reconocidos, tiene mucho de compensación por ser yo y nuestro hijo Vincent Wilhem quienes, sin quererlo, nos convertimos en el detonante de sus muertes. Porque fue eso lo que fuimos, mi querido Amedeo. No me cabe la menor duda: el nacimiento de nuestro hijo y la cada vez más declinante marcha de los negocios de Théo, acabaron por precipitar a Vincent al suicidio. Porque yo no albergo dudas sobre su suicidio. Él mismo le contó a su hermano cómo había sido y Théo me lo contó a mí. Entre ellos jamás se mintieron. Hubo momentos difíciles entre los dos hermanos pero jamás se mintieron. Supongo que no sería fácil mantener una amistad duradera con Vincent, pero Théo siempre comprendió a su hermano y, en el fondo, Vincent fue, antes de aparecer yo, la sujeción de Théo. 



Sin su hermano, Théo se hubiera derrumbado mucho antes. París se lo hubiera llevado, como se ha llevado a tantos otros. Vincent lo sostuvo, dándole un sentido a su vida. No podía dejar tirado a su hermano, tenía que ocuparse de él y por eso tiraba con todas sus fuerzas de sí mismo. La presión a la que vivió sometido, sobre todo en los últimos años, fue tremenda. El mundo artístico era y es difícil y el de los negocios, qué puedo decirle. Él estaba en medio y eso complica siempre las cosas. Théo era honesto y entendía a los artistas. La cercanía con su propio hermano hacía que comprendiera bien el mundo interior de los artistas y no quisiera frivolizar. En el poco tiempo que la vida nos dejó vivir juntos me enseñó, si no a entender el arte, sí a respetarlo, a respetar a cada artista, por eso he tenido el atrevimiento de sentarme con usted, Amedeo, porque a pesar de su fama de hombre violento y solitario, usted también es un hombre frágil, tocado por el desasosiego. El arte verdadero no se conforma con migajas: siempre exige llegar al tuétano, aunque ese llegar hasta el tuétano duela y mate, y con frecuencia conduzca a la desesperación y a la locura. Théo, mi querido amigo, estaba con los artistas, los entendía, sabía cuáles eran sus perspectivas, sus preocupaciones, todo eso. De haber querido ganar dinero… Pero, bueno, deje que le siga contando: muy pocos días antes de su suicidio, a principios de julio, Vincent vino a vernos a nuestro pisito de la Rue Lepic. Théo, que también comenzaba a ventear los síntomas mentales de la sífilis, y su hermano discutieron. Yo trataba de dormir al niño en el cuarto de al lado. La discusión, pensé, era una simple cuestión de hermanos. Théo trataba de poner a Vincent al corriente de las nuevas dificultades. Aunque no lo quisiera, las cosas debían cambiar. No es que dejara de ayudarlo, eso no, pero debía dejarle respirar, máxime cuando Théo estaba pasando por momentos de dificultad donde trabajaba y la llegada de Vincent Wilhem era un asunto que cambiaba el panorama. Entonces, yo no acababa de entender lo que Vincent quería de su hermano. Todo era en cierto modo inconexo, egoísta, desesperado, pero también de una extraña y a la vez brutal inocencia. Había reproches, dudas, incertidumbres. Ambos pisaban sobre fuego y no se daban cuenta. En el fondo ambos trataban de afrontar el futuro y el futuro se presentaba oscuro para todos. Con lo que últimamente le pagaban en Goupil, Théo no podía seguir ofreciendo toda la ayuda material que Vincent necesitaba. Tan mal estaban las cosas, que Théo meditaba instalarse por su cuenta y montar su propia galería, pero para eso necesitaba algo de tiempo y de dinero. Y no había ni una cosa ni otra. Fue una conversación tensa, llena de reproches y malos entendidos. Vincent era un hombre humilde, pero, como todos los solitarios, tenía cierta tendencia a la brusquedad. Acabó marchándose malhumorado, vencido, como si la única persona que hasta entonces lo hubiera comprendido lo expulsara de su vida. Y no era sí, pero era así como él lo veía, amigo Modi y eso debe ser terrible. Terrible para ambos, quiero decir. Yo imagino cuánto dolor hubo de sentir Théo aquel domingo, pero puedo asegurarle que por la noche no logró conciliar el sueño. No podía con más presión y eso es lo que había querido decirle a su hermano, pero Vincent, desesperado, no lo entendía. Para él, su hermano desataba ya las últimas cuerdas que los sujetaban. Sin la sujeción económica de Théo, Vincent sabía que no podía valerse. ¿Qué sería de él y de su vida a partir de entonces? ¿Cómo podría afrontar el futuro sin la ayuda de su hermano menor? No, definitivamente, Vincent se vio ante sí mismo sin ningún futuro. Estaba, pobrecillo, frente al precipicio. Él, que necesitaba sosiego, se encontraba ahí, en un lugar terrible. Su hermano, al borde del colapso, no podía seguir ayudándolo. Habían surgido dificultades. Estaba yo y estaba nuestro hijo, estaba toda la maldita ruina de Guopil… Théo se mantenía de pie a duras penas. Y sufría lo indecible. Por la mañana lo encontré sentado en un sillón, adormilado. Me dijo que se sentía mal del estómago, pero yo sabía que lo que lo tenía sin dormir era el desencuentro con su hermano. El difícil futuro que se nos avecinaba lo ennegrecía todo. La solución hubiera sido que Vincent se hubiera venido a vivir con nosotros, pero Vincent era problemático. Théo, que ya había vivido una larga temporada con él en París, sabía que eso no podía ser, que la convivencia se haría insoportable y que sus nervios no lo resistirían. Pero no tenía una solución fácil. Buscaba entre sus conocidos algún joven pintor en dificultades que por una módica cantidad se prestara a compartir con su hermano algún estudio, pero no era fácil. La fama de Vincent, propagada por Gauguin, no ayudaba. ¿Quién querría convivir con un loco de atar, capaz de cortarse la oreja en un arrebato? Unos días más tarde, mientras trataba de arreglar las cosas, Théo le puso cincuenta francos en el correo postal. No podía contener un día más el peso de su angustia y aún así siguió su penar durante días y semanas. Vincent le contestó, comprensivo. Pero fue un mes espantoso para mi pobre Théo. Después, de la noche a la mañana, todo acabó por desatarse. Aún recuerdo el viaje a Auvers. Théo acudió de inmediato, en cuanto lo avisaron en la galería de que Vincent se había pegado un tiro en el pecho pero que estaba en cama y que seguía fumando en su pipa. ¿Un tiro? Todo era confusión. El pueblo de Auvers era muy tranquilo y aquel incidente tenía a todos alborotados. Vincent, que estaba alojado en la posada, lo recibió en la cama. Viéndolo así, me dijo Théo, no parecía que estuviese para morirse. Vincent sonreía y fumaba pero al parecer prefería no hablar de lo que había sucedido. ¡Estaba tan contento con la compañía de su hermano! Aquella era la reconciliación. ¿Fue aquello una manera de atraer a Théo y abrazarlo y volver a lo anterior? Es una pregunta, señor Amedeo, que me he hecho más de una vez y no sé qué responderme, se lo juro. ¿Se quiso matar de verdad o como cuando lo de la oreja, era más una manera de atraer la atención y la cercanía del hermano? ¿Era una manera de reconocer su deuda con Théo, que tanto lo había ayudado? Quizás. Hoy el asunto carece de importancia, pero para mí es importante llegar a una conclusión. A veces me pregunto si mi cabezonería y mi apuesta por dar a valer la obra de Vincent, no es mi manera de resarcirlo, de seguir ayudándolo, ahora que Théo no puede hacerlo. Sí, señor Amedeo, en el fondo me siento culpable, aunque a veces me digo que todo esto lo hago por Théo, porque yo sé que para él no habría cosa que más pudiera agradecerme. Es también, por qué no decirlo, un acto de estricta justicia. Pero volvamos a aquellos días difíciles, cuando Vincent se pegó el tiro en el trigal. Durante los últimos días, Théo y él hablaron de pintura, de la infancia, de las cosas que ellos sabían les unía aún más que la sangre. Vincent, al fin reconciliado con su hermano, albergaba futuros, infantiles proyectos. Creo que lo hacía para animar a su desconcertado hermano. Había pintado unos cuadros sobrecogedores durante aquel último mes. Permanecían aún frescos y apilados en su cuarto, pero nadie salvo Théo perdió tiempo en mirarlos. Théo estaba realmente impresionado. Sabía que aquella obra no era vendible, que ningún burgués la compraría para exponerla en su salón, pero allí, en aquellos cuadros violentos, poéticos hasta la extenuación, apenas abocetados, había más pintura verdadera que en todas las galerías de París juntas. Él lo sabía pero cómo hacer que el mundo lo supiera. Ahí radicaba, amigo Amedeo, su amargura, su impotencia, su tremenda frustración. Siguieron hablando de cuando juntos vivieron en París, del viejo Tanguy, de un tal Monticelli, un pintor italiano, según creo, que interesaba mucho a Vincent. Esa fue la manera natural y honda que los dos hermanos tuvieron para reconciliarse. Enseguida, casi sin darse cuenta, estuvieron más juntos de lo que acaso lo hubieran estado nunca. Ahora ambos estaban igual de desesperados. La vida los había arrastrado hasta aquella habitación y ambos sabían que era el final del camino. Vincent se sentía aliviado porque sabía que su hermano podría caminar más libre sin él y porque comprendía que su hermano lo había dado todo y hubiera seguido haciéndolo y eso lo reconfortaba. Théo comprendía ahora el inmenso y baldío sacrificio de Vincent. Ahora comprendía cuánta verdad había en su vida y en sus lienzos. El sol que había pintado no era un sol sino su oración al sol, y los almendros no eran almendros sino la vida en su inmensa pujanza, en su belleza, en su necesidad de regeneración y de comunión a un tiempo. Sé que le aburro con mis consideraciones artísticas, señor Modigliani, pero yo sé que usted eso lo puede comprender muy bien, porque usted también, a su manera, claro, entiende el arte como una oración. En el caso de Vincent, no se podía estar más cerca al mismo tiempo del estómago y de la mística. Pero quién, quién podría comprender eso, quién en medio de un tiempo de frivolidades, podría detenerse a contemplar eso. Yo llegué un día más tarde, cuando Vincent aún vivía. Fue allí, en Auvers, donde me percaté de la profunda relación que existía entre aquellos dos hombres indefensos. De cuánto se necesitaban. Uno no era sino la sombra del otro. Su reflejo. Su calco. Habían llegado a un punto en el que ambos habitaban un solo cuerpo. Estaba pasmada. Yo había tratado poco a Vincent y no sentía por él lo que se dice un sincero afecto. Más bien al contrario. En el fondo le reprochaba todo el dolor que Théo sentía por él, toda la atención que le reclamaba. Me parecía un egoísta y un desequilibrado, porque en el fondo de mí misma yo necesitaba proteger a Théo y aún más, yo necesitaba proteger a nuestro hijo, y mi odio a Vincent no era más que una reacción ante aquel extraño ser que nos reclamaba ayuda cuando no podíamos seguir ayudándolo. Era, perdóneme, así de dura y de cruel. La vida nos hace lobos. Ahora puedo entenderlo. Entonces sólo pedía lo que me parecía justo. . . Mire, aunque entonces no lo reconociera, mi hijo y yo éramos sus rivales. Así lo veía él y así lo vivía yo. Comprenderá que no estuviera en disposición de admirar sus cuadros. Me parecían toscos. Raros. Demasiado exaltados. Pueriles casi. No eran los cuadros de un pintor, desde luego. No entendía cómo alguien podía pintar las cosas de esa manera y, cómo no, me ponía en el lugar de quienes no querrían por nada del mundo tener un cuadro de aquéllos en su salón. Si por mí fuera los hubiera quemado todos. Hoy, claro, mi perspectiva es tan distinta que casi me sonroja haber visto las cosas como las veía entonces, aunque es precisamente eso lo que me hace ser tozuda. Si yo, una simple maestra holandesa, pude ver eso, por qué razón no podrían ver lo mismo o parecido las demás personas sensibles. No era una simple cuestión de sensibilidad o perspectiva, sino de revelación. Los cuadros de Vincent Van Gogh tenían que revelarse y la revelación sólo sería posible exponiéndolos, pero nadie quería exponerlos. Por eso saqué fuerzas de flaqueza, por eso me aventuré en algo cuyo fin o sentido desconocía. Pero estaba segura, créame, que si yo había visto, cualquiera podría ver. Y eso me ayudó y eso me ayuda, mi querido Modi. Por eso hablo con usted. Todo comenzó a cambiar a partir de ese día, cuando percibí que ambos eran la misma persona, que estaban ligados por un lazo secreto pero visible. Sólo había que abrir los ojos para verlo. Y ese invisible lazo que unía a ambos hermanos me sobrecogió. Creo que entendí más allá de toda duda, la lucha de ambos, el amor de ambos, el profundo respeto que existía entre los dos hermanos. Fue el gran momento de la revelación. Todos los resquemores que pudiera tener con Vincent se disiparon en ese instante. Supe que ambos eran un mismo organismo, una misma alma sólo que separadas por la carne. Cuando Vincent expiró, Théo se quedó inmóvil, como si a él también le faltara el aire. A pesar de sus diferencias físicas parecían o eran hermanos siameses. Théo le sostenía la mano y de pronto la mano dejó de latir. Ese momento está pintado en mi mente como otro más de los inmensos cuadros de Rembrant que había visto con Théo en Amsterdam. Me apena que cuando yo muera ese cuadro desaparecerá para siempre. Ah, si yo supiera pintar, sacar ese cuadro de mi cabeza y fijarlo en un lienzo. En fin, no le canso más, a Vincent lo enterramos al lado de una tapia del cementerio de Auvers y antes de volvernos a París, Théo regaló algunos de sus últimos lienzos a quien quiso aceptarlos, pero sólo el buen Doctor Gachet y su hijo se quedaron con unos cuantos. Después se precipitó el final de Théo, mi marido, que se pasó sus últimos meses de lucidez catalogando los cuadros del hermano, con el fin ya agónico de realizar una exposición de su obra, pero la tarea le sobrepasaba. Estaba irritable, perdido. Ya estaba muerto. Murió con el tiro que Vincent se pegó en el pecho seis meses antes, a las afueras de Auvers, de cara a los trigales, por eso me permito decirle, querido Amedeo, que no se amedrante, que usted, como Théo, como Vincent, tiene alma y que sólo debe salir ahí, en medio de todo ese infierno, lejos de la absenta, a encontrar por fin a esa chica, a su Jeanne, pero por favor, cuídese de una vez por todas esa tos.




CONTRA LA SOLEMNIDAD


CONTRA LA SOLEMNIDAD

En tiempos confusos y baldíos el arte de la solemnidad se abre paso. Los solemnes merodean por los pasillos de las universidades, por las plateas de los ministerios y por los ciclos de poesía. Uno debe esquivarlos porque son mucho más nocivos que la heroína y el método pilates todo junto. Mil veces prefiero prestar oídos a un mormón que a un jodido solemne, a un taxista ultra que a un yonqui de la solemnidad, a un poeta fonético que a un tifosi de la solemne intertextualidad y la erudición. El reino de este mundo es de los solemnes y de los pedantes, de los idiotas adoradores de esa señora estúpida y pomposa llamada solemnidad. Hágase comprender y estará perdido, hable llano y todos lo confundirán con un productor de melones. Antes se decía que a mal cristo mucha sangre, pero hoy se debiera decir que a mal texto mucha cita. Barbasco, puro y simple barbasco. Hace años, siendo editor, pedí a un solemne de toda solemnidad un libro de lectura ágil y sencilla sobre un tema que no admitía la floritura. Al cabo de unos meses el solemne se despachó con un librito completamente ilegible, de 100 páginas y setecientas notas de vellón. Preguntado por esta curiosa forma de entender la legilibilidad, el solemne me contestó que él no se jugaba su prestigio así como así y que cada una de las afirmaciones que hacía a lo largo del folletito debía ser refrendada por una cita como dios manda. Antes se hubiera dejado rebanar el pescuezo que sucumbir ante aquel peligro nefando de escribir un libro ameno y sencillo, despojado de toda suerte de erudición. Acabé por entenderlo: él no quería que lo entendieran, él quería que lo adorasen. Ayer leía un libro de un poeta querido y, malhaya de mí, se me ocurrió comenzar por el epílogo. Pues bien, no bien llevaba un servidor dos páginas leídas, cuando ya el epiloguista se había metido entre pecho y espalda un repaso exhaustivo de todas las autoridades conocidas y por conocer de la sociología, la poesía y la hermenaútica -lo admito: aquello tenía algo de ejercicio fluvial por un río de tiza-, desde Lacan a Laghbaun, pasando, cómo olvidarlos, por Gadamer, Weber o Widengren o por el inefable Kassner, de modo que nuestro solemne imbécil se daba trazas de empalmar una guirnalda con otra, una cita con otra, un pensamiento con otro con la cantarina satisfacción y probidad de un colibrí que fuera de flor en flor, Duero abajo, desde Soria hasta Porto y no contento se volviera hacia Jerusalem. El caso es que tras leer las primeras quince páginas del epílogo no sólo no me había “coscado” de nada, sino que desconocía la opinión del solemnista, aunque sin casi darme cuenta había recorrido dos alas de la Biblioteca del Congreso Americano a cuenta, creo, del mito y sus cien orillas, aunque, lo admito, si hubiera hablado de la mitomatosis mi mente hubiera seguido igual de turbia y cascabelera. Cuando al fin enfilé las dos últimas líneas supe con alivio que había regresado a casa, luego de un secuestro a manos de un insoportable epiloguista. Me quedaba releer al poeta amigo y éste, como siempre, me volvió a emocionar con su absoluta falta de solemnidad, con esa dicción suya que ilustra el movimiento de un vencejo en el aire. Y me acordé de Lacan y solemnemente le juré vengarlo y por si acaso me cagué en sus muertos.

EL PEREGRINO (cuento pessoano)


EL PEREGRINO (O PEREGRINO)
FERNANDO PESSOA



Yo vivía contento en casa de mis padres, en mi ciudad natal junto al mar. No tenía ocupación que me divirtiera el espíritu de los encantos naturales de la imaginación feliz de los adolescentes; no había visto todavía al amor turbar la limpidez de mi alma con su alegría malcontenta. Vivía más contento que alegre, sin más recuerdos del pasado, amarguras del presente o dudas acerca del futuro. Mi infancia había transcurrido sana y natural. Mi adolescencia pasaba sin estridencias.
El buen pasar de mis padres y mi propio carácter, poco propicio a desaprovechamientos, no aventuraban nubes en torno a mi porvenir.
Mi infancia había pasado libre de enfermedades y castigos. Mi adolescencia acabó sin fiebres ni curiosidades. El buen pasar de mis padres y mi carácter poco enemiga de ese buen pasar, no me hacían recelar de lo que habría de ocurrir cuando la muerte se los llevase. En cuanto al presente, ellos me amaban y me querían cerca. Una convivencia tranquila con amigos de la casa alargaba nuestro descanso. Yo había aprendido a respetar a los viejos, a amar a los críos, a estimar a mis iguales y a tratar como iguales a los inferiores. No tenía ocupación con la que divertir los enredos naturales de la imaginación adolescente; no conocía aún el amor y la tristeza de no tenerlo, estaba lejos de turbar la limpidez de mi vida. Así yo vivía más contento que alegre, sin más recuerdos del pasado, amarguras del presente o dudas con respecto al porvenir.
Tenía por costumbre pasar las tardes leyendo o meditando, en un pequeño pinar que quedaba en un extremo de nuestra finca en los alrededores de la ciudad. Los momentos más felices de mi vida feliz los había pasado allí. El muro alto daba hacia el camino por donde, de aquel lado, la ciudad recibía a quienes habían venido en su busca.
Cuando ni meditaba ni leía, solía pasarme las horas asomado al muro, viendo pasar a los ágiles viandantes, los automóviles que se acercaban haciendo un ruido de campanillas, burros lentos de los labradores de las cercanías, el paso noble de los caballos que venían de casas más ricas, o iban a sus comercios en las provincias, con las mercaderías apretadas con correas a caballos menos vistosos que los seguían con monturas. La curiosidad inocente de los contemplativos hacía que me llevase allí largas horas, enajenado, quedo, viendo pasar la vida sin cavilar en nada, por simple entretenimiento, a la manera de los simples, con el aspecto de las cosas más que con su significación.
No es que mis pensamientos fuesen siempre tan ingenuos, pero no era en aquellas horas que se desviaran de su tranquilidad característica.
Como les ocurre a todos cuantos piensan, lo cierto es que yo no dejaba de meditar sobre el misterio de la existencia. Pero cuando eso me perturbaba era en las veladas, en el silencio de las lamparillas, cuando ya las ancianas dormían, olvidadas del trabajo en el que entretenían la jornada y la sombra de toda vida se propagaba sutilmente en el alma. En ocasiones no era sin una alegría mía que los ancianos despertaran para la cena y las criadas venían a poner la mesa y el sonido de las voces, otra vez, rompía el encanto, medio torpor medio angustia, que envenenaba el alma en ese momento.
Todo eso, pues, aunque no fuese sólo placer, traía un elemento necesario de noble inquietud para sacudir en cierto modo el polvo de la monotonía que, sin eso, iría cubriendo poco a poco mi vida. Y eso no ocurría siempre, ni era mucho. La “siesta” de mi vivir estaba tanto en lo que respecta a la duración, cuando a la casualidad, en las innúmeras tardes que pasaba a solas, viendo pasar el mundo desde el pinar, pasar la vida hacia la ciudad, volver a ella, mientras a lo lejos, por encima del muro de la finca frontera, el cultivo verde de los campos distraía indistintamente.
Una tarde estaba yo, como de costumbre, observando el transcurrir de los carros y de los peatones. Era el final de un día de verano, con grandes nubes ligeras amontonadas en el horizonte y un viento blando, un viento fresco, agitando a mis espaldas, en un susurro somnoliento, los pinos. Un aroma somnoliento, vegetal y tierno, me envolvía, participando de la dulzura que a aquella hora se esparcía sobre la vida.
Como quiera que había minutos en los que no pasaba ningún vehículo, yo me había distraído incluso de mi distraída ocupación. Miraba hacia el camino sin verlo, pensando en cualquier otra cosa que en caso de que me lo preguntaran, podría decir lo que era. De pronto, como en un sobresalto, observé que un hombre completamente vestido de negro había surgido, sin ruido de pasos, desde la curva del camino por el lado de la ciudad. No sé por qué, apenas se posaron mis ojos en él, se pusieron a examinarlo. Sólo puedo señalar que se trataba de un hombre vestido de negro, con un rostro grave y triste, los ojos serenos y raros, que con paso lento y leve iba por el camino.
Cuando llegó a donde yo me encontraba, alzó los ojos hacia mí y me preguntó no sé qué -porque yo permanecía tan atento a su figura que no lo escuchaba-, a lo que respondí con algo de lo que tampoco me acuerdo. Sólo recuerdo que mi respuesta fue negativa, pero no sé lo que negué. Él me lo agradeció y siguió su camino. Al agradecérmelo me miró sin sonreír (eso lo recuerdo muy bien), como si en vez de agradecerme, lo que se suele hacer con una sonrisa sin sentido, me estuviera diciendo algo, que por una extraña razón me importase demasiado y que por eso mismo sólo pudiera ser dicho con tan solemne gravedad.
Cuando él ya se alejaba y se disponía a doblar otro recodo del camino, yo, que no había apartado los ojos de él, sentí que de una manera misteriosa me estaba recordando las largas veladas en las que, con la luz del candil, mientras las ancianas dormitaban sobre las labores interrumpidas, yo solía sentir el misterio de las cosas que llegaban hasta mí desde las sombras, elevándose lentamente como una marea sorda en las espaldas del otro lado del mar.


II

Nunca más volví a sentir tranquilidad ni bienestar. Mi vida desde entonces se volvió hueca y pálida. A mí, que todo lo tenía, todo me faltaba. Nada deseaba mientras lo deseaba todo. Si en sueños trataba de imaginar un placer que me satisficiese, una (…) que me aquietase, no conseguía (…). No sabía qué cosa soñar que con sólo soñarla me sintiera satisfecho. De las cosas de mi simple vida, las que antes pasaran desapercibidas comenzaron a incomodarme, y las que me eran gratas comenzaron a pasar por mí desapercibidas o extrañas, como flores sin perfume ni color. No sabría decir si fue una cosa lenta o rápida esta transformación que me convirtió en otro. Sólo sé que todo comenzó al ver cómo se perdía el hombre de negro por el recodo del camino.
Disminuyó, sin que la verdad lo enfriase, mi amor por mi país, mi interés por mis amigos, el (…) que tenía en mi casa y el confort de no tener cuidados ni temores. Comencé a no importarme, ni para sentirme apacible con mi vida, ni para sentir la mía con mi alma.
Lo que más me me inquietaba era no el saber la causa real de mi angustia, sino su propia naturaleza. Ningún sentimiento que hubiera sentido, nada que hubiera leído o hubiera oído hablar se parecía a éste. No era propiamente dolor, ni sólo inquietud, ni angustia sin mezcla. No contenía el ardor del deseo, pero era deseo; no parecía enfermedad o falta de algo, pero era dolor por estar enfermo; no guardaba relación con personas ni con cosas ni, considerándolo bien, conmigo mismo. Y así como no podía medir lo que era, no podía concebir qué podría curármelo.
Y siempre, siempre que el mal venía conmigo (y nunca me abandonaba) venía en él, sin que formase parte de él, como si estuviera fuera, como si estuviese más allá de mí mismo, el hombre de negro y las palabras pronunciadas (¿pero qué palabras?) y sus ojos de un terciopelo sucio y la expresión soberana, casi triste, de su rostro misterioso y tranquilo.
Más tarde, cuando pensé mejor en esta extraña figura, no conseguí determinar nada, ni a su respecto ni al respecto del cambio, ni siquiera al respecto de lo que pensara sobre su figura, cuando en ella reflexionaba. Observé que sus facciones, al tratar de recordarlas, no las tenía fijadas de ninguna manera. Sabía que lo reconocería más tarde, cuando lo volviera ver, pero no podía hacerlo pasar dentro de mi pensamiento, para reconocerlo. Nada me quedó de su manera de andar, de su gesto o del timbre de su voz. Pensándolo bien, no me acordaba de haber escuchado su voz, la voz de quien habló conmigo. Es como si yo hubiera soñado que alguien me hablara y no hubiera soñado más que eso, sólo eso y no su voz, en un sueño en el que todo era visión, sin el menor acompañamiento a los oídos del alma.
Su traje me recordaba a negro, pero no era capaz de encontrar un sólo detalle en él. Cuanto más pensaba en el hombre, menos aparecía ante mi vista.
Sobre sus palabras todavía menos, si tal pudiera ser, me quedaría en el espíritu. Sabía que él me había hablado pero lo que me dijo, ni lo sabía ni lo podía imaginar. Pero tampoco podía imaginar que hubiera sido nada, pues, por mal que me dejara concebirlo, parecía oír de pronto la voz, demasiado lejos para oír sus palabras, aun existentes, insistiéndome en que las creyese.
Lo que pensaba acerca de ese hombre, tampoco lo sabía y esto era lo más extraño de todo. ¿Amaba, odiaba, temía a aquella figura? No me causaba ni amor ni odio ni recelo. Me llenaba de un sentimiento muy fuerte que no era sentimiento. No se trataba, pues, de un sentimiento conocido, ni era una suma de sentimientos, ni siquiera una mezcla irregular de todos ellos. No se parecía a ninguno. Ni siquiera era más vago o más frío, o incluso más extraño, que los demás; estaba no sólo fuera de ellos, sino fuera de toda relación con ellos. Yo lo sentía, lo sentía siempre y parecía, pese a todo, no estar en mi alma, no ser sentido desde dentro de mí.
Por esta descripción que nada describe, pero que es la verdad de lo que yo sentía, se puede sentir lo que pasó a ser mi vida desde que viera al hombre de negro.
No sé cuánto tiempo pasé de está manera, en esta inquietud incesante, en esta fiebre sin calor ni dolor. Sé que fue bastante.
Pasaron a extrañarse de mí, a considerar que exageraba mi amor natural a la soledad. Sentí que se enfriaba a mi alrededor, como inconscientemente, el amor a mi país, la amistad de mis amigos, el cariño usual de las viejas criadas. Creo, no obstante, que todo eso se enfrío en virtud de que también enfrió en mí, reflejo instintivo, ocurriendo físicamente, de mi enajenación de todo.
Porque ahora sólo me apetecía la soledad, que antes apenas si me apetecía como cualquier otra cosa. Se me hizo poco a poco inquietante, angustiosa, y de una angustia insoportable, la presencia de los demás, la coexistencia de la gente conmigo. Sólo por no ser de carácter impaciente, no tengo que contener constantemente mi impaciencia. Tan sutil fue el cambio en mi espíritu, que los demás lograron una adaptación instintiva a él. Parecían querer hacerme el favor, dejándome a solas, no exigiendo nada de mí, hablándome lo menos posible. Por mi parte aceptaba esta conducta con un agradecimiento vago, como un rey que aceptara homenajes tenidos por sinceros.
Ningún acontecimiento vendría a alterar mi estado de espíritu. Salvo lo que produjo este cambio en mi alma, nada exterior me turbaba, como tampoco antes nada había turbado la limpidez natural a mi forma de existencia.
Y todo esto, el no haber un hecho que desviase mi atención, el escrúpulo constante en el que todos me tenían dejando que me entregara a mí mismo y el propio desapego que sentía con respecto a todo y a todos contribuyó a que me entregara más completamente a aquella vida sin forma, a aquel sentimiento sin nombre que se volvía de la misma sustancia de mi ser.

III

Fue algún tiempo más tarde -no sé cuanto- que en una de esas largas veladas de invierno calentado por la casa, en que los viejos se acababan de dormir en torno al brasero, con las mandíbulas enterradas en los sofocos domésticos, cuando se siente pitar desde la cocina la tetera y existe una idea caliente de que no queda nada afuera, ni noche, ni frío, cuando la cena tarda y no importa que tarde, y una vaga somnolencia nos deja despiertos, cuando ya no queda energía en el espíritu para pensar, ni fuerza en el corazón para sentir y parece que están cerradas para siempre las puertas y las ventanas de la voluntad. Fue en una de esas veladas durante las que solía meditar hasta que, como si viniese en vez del sueño, el misterio de la vida entraba como algo que viniese pie sobre pie por el oscuro corredor y su paso no fuera conocido y al final no entrase en el cuarto. Fue en una de esas veladas cuando finalmente, el fuego de mi inquietud constante consiguió que se avivara en mi decisión.
Yo dormía casi, incapaz de escapar a mi angustia o de sustraerme a la magia somnolienta de la hora. Sin querer removía la sensación del misterio de todo lo que, ansiedad de aquellos momentos, ahora y una vez más se me aparecía. Me faltaba la falta la indolencia para apartar de mí esa idea. La dejé aparecer como quien deja seguir a quien te incomodará, pero no te hará daño. Me volví accesible al influjo de ese viejo mal que, al perseguirme, me distraía y tal vez ahora, me distrajese también de mi nuevo dolor.
Pero lo que pasó no era lo esperado. Apenas se había registrado aquel leve cambio en la fisonomía de las cosas que surge cuando en ellas se proclama su misterio y el de todo; apenas se había manifestado en su incomprensibilidad la coloración de los objetos y la presencia del alma ante ellos, cuando me di cuenta que, ajena a mi constante angustia, esa angustia del misterio se consustanciaba con ella, en ella se fundía y se (…). Volvíase una sola cosa. Pero por cierta falta de espanto que, a pesar de lo que su mismo espanto me trajese, vi que la ansiedad del misterio no se unía a mi inquietud de siempre, sino que salía desde dentro de ella. Sentí que eran las mismas cosas que siempre habían sido las mismas cosas. Esta verificación se convirtió en una tercera angustia que se sumó por dentro a las otras dos. Mis tardes de sueño en el pinar, y el modo cómo acabaron tras la llegada del hombre de negro, se fundieron con mis veladas de inquietud en las que él ahora, su misma figura, me parecía milagrosamente preexistido, presente como si se escondiera tras un cortinaje -o fingiendo que pasaba en la oscuridad del pasillo, sin ni siquiera llegar a entrar por la puerta.
Ignoro cuánto tiempo me llevó el pensar o sentir esto, puesto que no sé si era pensamiento la emoción. Sé que en ese auge de angustia que tuve en esto, o a que esto llegó, recordé de pronto, sin reparar en su figura, las palabras dichas por el hombre de negro.
No mires el camino, síguelo.
Y fue en ese preciso instante cuando decidí partir


IV

No mires el camino, síguelo. Pero ¿cómo seguirlo, hasta dónde? ¿Seguirlo como quien viene de la ciudad o va a ella, como los que parten y los que regresan, como los que vienen a comprar y a vender, como los que vienen a ver y a oír, como los que se van, cansados de ver y de oír? ¿Cómo cuáles de todos éstos o como el común de todos estos o de qué manera distinta a la de todos ellos?
Fuera como fuera, yo sólo podía partir. Fuese cual fuese el sentido y la naturaleza de mi inquietud o su paliativo -bien sabía que no su remedio- era partir, marchar por aquel camino hasta donde lo quisiera el Destino. ¿Para qué, por qué, buscando qué? Yo sabía tan poco de eso como del sentido y la naturaleza de mi inquietud.
Largos días de llorar y lamentarse, mis padres trataron de retenerme, mis amigos me pidieron que me quedara, sentí las súplicas mudas en los ojos tristes de las viejas criadas. No sé que les dije ni qué les expliqué. Las razones que tenían que ser falsas, porque no disponía de ningunas, ni me sentía tenerlas. Tampoco sé los argumentos que empleé para convencerlos, si tampoco yo sabía de ninguno. Sé que por fin, sin que las lágrimas o las tristezas acabaran, me dejaron que hiciera lo que quería. Por suerte fue la fuerza muda y convincente de toda decisión intensamente deseada, de todo deseo absorbentemente fuerte, lo que consiguió el triunfo de mi intento.
Con ese triunfo no me alegré ni me quedé más o menos impaciente. No recuerdo el cambio que pudo causarme. Sería que había decidido partir de tal modo, que no pensé en las dificultades; debió ser porque partir era lo que importaba y no sólo prepararme para partir. Lo cierto es que mi inquietud no disminuyó, no creció, ni se alteró.
Finalmente llegó el día de mi viaje. Lloraban todos a mi alrededor; no sé si lloraban porque partía, o porque suponían que me marchaba sin un plan o porque se maliciaban de que nunca regresaría. Yo no atendía tales lamentos, aunque no era indiferente a ellos. Algo me atraía hacia afuera y lejos de mí.
En los últimos momentos que pasé en casa, en esos momentos en los que me encontré a solas, de repente, sin saber cómo, volvió a surgirme en el espíritu la figura del hombre de negro, y sus palabras, tal cual las recordaba, regresaban a mí.
Me fijé entonces en lo vagas e indistintas que eran. Que no me quedase mirando el Camino, sino que lo siguiese. Que no lo mirara, lo comprendía. Pero que lo siguiese, no lo terminaba de comprender. Que lo siguiese con qué motivo, volví a preguntarme, que lo siguiese con qué fin y en qué dirección. Como en el mismo momento de la pregunta, vi la respuesta. Teniendo en cuenta que el camino provenía de la ciudad, de donde yo era, donde estaba mi casa, y donde, siendo una ciudad junto al mar, acababa el camino, yo debía seguir el camino hacia el interior del reino, caminando siempre en esa dirección. Entendiendo que como él dijo, la siguiese y no que la tomase hasta cierto punto, debía seguirla hasta el final, sin detenerme... Y al pensar en esto, de pronto me di cuanta de que en esas palabras meditadas estaba el fin de la frase que el hombre de negro me había dicho y que -ahora lo veía- sólo había recordado incompletamente. Lo que él me dijo fue: No mires el camino, síguelo hasta el final.
¿Pero fue eso lo que me dijo realmente? Fuese como fuese, ese era el sentido de la frase.
¿Pero seguir el camino para qué, hasta encontrar qué? Ah, si él no me había dicho para qué o hacia dónde es que debía seguirlo sólo por seguirlo, sólo para alcanzar su final, sólo por él, sin buscar nada, sin querer nada, sin querer llegar a ninguna parte. Y debía seguir el camino, pensando sólo en seguirlo, amando sólo el nunca abandonarlo.
En esto me doy cuenta (con sorpresa) por primera vez, que nunca pensé en buscar al hombre de negro, que cuanto pensaba en él y en todo lo que me hizo pensar, yo nunca tuve ganas de buscarlo, ni siquiera una voluntad abstracta, sin objetivo.
¿Entonces por qué razón me acordaba, al pensar en seguir el camino del hecho de seguirlo hasta el final, puesto que sólo eso era seguirlo de verdad, buscando al hombre de negro? ¿Por qué una vida estaba contenida en otra vida y no sé de qué manera era la otra?
¿Qué importaba lo demás, si el deseo era fuerte y, el fin, indefinido incluso, era sólo uno?
Fue así que entrando en el camino, partí dejando atrás la casa familiar, mi vida pasada, y mi ciudad a la vera del mar.



Largo tiempo seguí por el camino, internándome cada vez más en el país. De lo que me pasó durante el viaje no he de contar nada, puesto que no me sucedió nada distinto de lo que sucede a todos los viajeros, cuando no tienen otra cosa que contar que la alegría de ciertos momentos del trayecto o el cansancio feliz con que durante la noche duermen, en los establos, contentos con el tramo del día.
Pasé por varios pueblos y aldeas, vi campos de muchas especies, caminé siguiendo los muros de muchos huertos. Pasaron junto a mí quienes iban a mi ciudad natal y los que partieron de ella, unos alegres, otros tristes, unos preocupados, ligeros otros, pero ninguno que yo viese, como yo, porque todos me parecían disponer de un destino y yo no disponía de otro que el camino y todos me parecían buscar lo que ya conocían y sólo yo buscaba a un Hombre de negro de quien no lograba acordarme.
No logro describir bien qué tipo de emociones o pensamientos distinguían más el estado usual de mi espíritu en el transcurso del viaje. Tal vez la distancia a la que todo queda hoy de mí haga que no me acuerde de nada, ni me importe el no acordarme, aunque es cierto que, sabiendo con qué extrañas emociones y pensamientos había abandonado mi casa, no podían ser fáciles de definir aquéllas, ni siquiera mientras las estaba sintiendo, y no sé si las mismas o distintas que acompañaban a mi alma durante el viaje.
Tampoco sé cuántos días caminé o si caminé durante más tiempo del que se suele contar por días. Quién sólo piensa en seguir el camino, no pone números al Tiempo, ni sabe muy bien los pasos que da. Sé que tras inciertos días el campo comenzó a transformarse y el aspecto de las casas, el corte de los árboles, cierta coquetería de fronteras y la propia diferencia con que se mezclaban los habitantes, proclamaba la cercanía de una ciudad muy grande. Yo había llegado, en efecto, a los alrededores de la mayor ciudad del reino, vasto emporio sobre un gran río, donde el comercio, la industria y la concentración de la vida parecían hormiguear y mezclarse con las vidas, las intenciones y los destinos.
Pocos pasos comparados a los muchos que hasta entonces di, me llevaron hasta las puertas de la ciudad. Penetré en su vastísimo recinto. No sabría explicar con qué emoción mezclada con curiosidad y angustia, ni tampoco qué tipo de curiosidad o angustia, hizo que me sintiera parte de aquella multitud que, como un río multicolor, oscilaba perpetuamente por las calles y, desaguando en la amplitud de las plazas, se propagaba al sol galanamente.
Decidí detenerme allí una temporada, un poco por el cansancio y otro poco por la curiosidad, un poco por la necesidad de decidir mejor y otro poco por la consciencia de que aquel estadio debía pertenecer a mi destino de algún modo.

*

En el oro dorado de sus mechones, en el blanco rosáceo de su rostro claro, en su porte nervioso e instintivo, donde dormían condescendencias de fiera amable y transportes de árboles con savia, su ser mostraba resplandecer con plenitud todo el aire natural de la vida. En el aliento de su seno, sereno y fuerte, participaba de la elasticidad de los animales y del hambre natural de las raíces. Toda ella emanaba sobre nosotros un fluido tan intenso que no podía calificarse como sutil, y era tan fuerte que nos unía a ella como si su vitalidad fuese la de aquel árbol del que hablaban los viajeros lejanos, y que apretaba estrechamente en sus ramas a todo incauto que a él se acercara. Puede que todo esto sea exagerar sobre quién era ella, pues no pasaba de un animal humano e instintivo ligado a la vida por todos los sentidos y teniendo la gula de todas las cosas naturales con locuacidad y esplendor.
Me enamoré nada más verla. Perdí mi alma por ella desde que le hablé. Sus ojos, de fuego para turbación mía, cayeron y su incendio se propagó hasta el fondo de lo indespierto de mi ser. El contacto con su mano hizo que me olvidara de todo. Mi propia consciencia, cuando me hallaba junto a ella, era un calor que ardía en mi cuerpo y me hacía sentir las venas con un estremecimiento de placer.
No sé qué horas viví desde que la conocí. Alegre, contenta por lo que en mí despertara, ella me amó también. Lazos invisibles nos estrechaban el uno al otro. Cada uno de nosotros los sentía y quería seguir sintiéndolos para siempre. Deliciosas prisiones aquellas en las que la voluntad se siente en un sueño confortable y la inteligencia niega otro empleo que no sea el de comprender cada día nuevos encantos en el ser amado y nuevas palabras para decirle que distintamente repitan el mismo ardor, el mismo anhelo, el mismo deseo.
Ella era hija (…)

*

Cada vez que más vívidamente pretendía fijar mis pensamientos en el camino, la figura de mi amada se me aparecía en medio de él, dificultándome con dejar de verla, el camino que yo soñé. Mil veces quise pensar sólo en el camino y hacia dónde me llevaría, y tantas veces como mi pensamiento viera aparecer a aquella peregrina figura, el camino se detenía.
Mil argumentos aparecían por mi espíritu tratan de desviarme de un objetivo que yo apenas si conseguía soñar descansando. Me preguntaba entonces si el camino no valdría justamente para conducirme hasta ella. Si no habría sido para encontrar a quien ya tanto amaba, que el camino me recordó que debía seguirlo. ¿Cómo podría yo haberla encontrado y amado, de no haberlo seguido?, o si, al seguirlo, había encontrado lo que antes no podía haber encontrado, ¿no sería ese el fin del camino o el fin de haberlo seguido? Había partido en busca de lo desconocido y esta mujer, antes de conocerla, se convirtió en lo desconocido para mí. El amor, antes de encontrarla, era lo que yo había encontrado. ¿Por qué me detenía allí, sin querer detenerme? ¿Por qué no quería lo que deseaba? ¿Qué más podría desear, si no quería nada más, pues todo cuanto quería era aquélla a quien ya amaba?
Éstos y mil otros pensamientos tan naturales y simples preocupaban a mi espíritu, y me preocupaban pues ni me satisfacían ni yo podía responderlos. No los podía responder porque los encadenaba de tal modo, que sabía de antemano que no tenían respuesta. No me satisfacían porque aun no pudiéndoles responder, no los podía aceptar. No me satisfacían puesto que no me satisfacían. Se contentaban con su razón respecto a mi razón, pero no era mi razón lo que yo sentía por satisfacer, y de no ser mi razón, ¿a qué emplear argumentos que sólo sirven a la razón y sólo a la razón convencen, puesto que sólo hablan el lenguaje de la razón?
Cuando meditaba en esto, tratando de ver con qué parte de mí no me quedaba satisfecho, me preguntaba naturalmente si no siendo el juicio, era el corazón, y éste me respondía que todo tenía que ver con la imagen de la mujer amada. ¿Qué lucha había dentro de mí para que, estando el juicio y el corazón de la misma parte, y teniendo ganas del premio por el que combatía, aún me sobraba en la sombra una facultad desconocida que las armas juntas del pensamiento y del corazón no lograban vencer ni corromper? ¿Acaso arrancaría ella la fuerza de su misterio, como el enemigo cuyo número encubre la noche y antes parece mucho, porque se le une el misterio y al misterio el terror que genera y al terror la imaginación que propicia?
¡Vanas consideraciones, como las razones que se exponen a un necio, que ni comprende las razones ni la razón! Pero el que imprudentemente hace prédicas a un necio, cansándose de predicar, sabe por qué predica en vano. Pero yo no sabía lo que predicaba, ni por qué no me entendía. Era como si durante la noche alguien me abrazase por la espalda, tan de cerca que no pudiera girarme para verlo, al volver la cabeza, y ver sólo detrás de él.
No fueron horas sino días, pero cada hora parecía un día, que yo andaba en estas razones conmigo, sin alcanzar ninguna conclusión, y cuanto más me agitaba, más seguro estaba de no haberme mecido, como un crío en un columpio, que por muy alto que vaya, no supera al árbol al que está atado y lo poco que finge ir hacia un lado, pronto lo pierde yendo hacia el otro. Pero esto, con lo que un niño se deleita y pasa con su cuerpo, nunca deleita a quien ya no es un niño y más cuando está pasando con su ama.
Un efecto cierto y definido, tuvo todas estas dudas en mi vida. Todo el placer, sin dejar de ser placer, se me hizo doloroso. Cuando veía a la mujer que amaba, mantenía la misma alegría de siempre, pero sentía que mi alegría tenía una sombra o que vestía de negro. Mi angustia sólo era íntima, puesto que los demás no la advertían, sobre todo aquélla que, siendo la causa de la alegría, era la de la angustia, y siendo quien yo buscaba, yo no sabía si la buscaba o no. Al sentir que la quería, me preguntaba a mí mismo si en verdad la quería. Si quería otra cosa, me preguntaba a mí mismo qué podía ser tal cosa, si sólo la quería a ella.
Intenté persuadirme de que esta tortura era de esperanza, al sentir demasiado que ser esperanza es no haberla conseguido todavía. Traté de persuadirme de que una vez mía de verdad, esa mujer me traería la felicidad que me faltaba en la felicidad; que mi felicidad, al ser incompleta producía dolor, porque donde era incompleta no estaba y donde no estaba, advirtiendo que yo no estaba, me decía que era infeliz. Creí entonces que los días que rápidamente me llevaban al día de mi boda, me llevarían también al de mi felicidad, que era justamente ese.
Pero la mayor tortura de toda esta tortura -no tardé mucho en verla- era la de sentir que, fuera cuál fuera la causa que me hacía dudar, el fin para el que yo dudaba era el de tomar una decisión. Y si me había de casar con la mujer a quien tanto deseaba, ¿qué decisión debía tomar para tener que ser escogida entre esa y otra, y qué otra podría ser la otra decisión sino la decisión de no casarme? ¿Y si no me casara, qué podría hacer sino huir, seguir camino adelante, ir siempre en pos del camino?
Todo en mí quería que me casara; el amor, la felicidad, la gratitud hacia quien me amaba, la propia vergüenza de no osar lo que quería, de no acabar lo comenzado, de no vencer lo acometido. Si todo me indicaba ese camino ¿porqué no lo seguía de una vez?
Pocos días faltaban ya para la consumación de mi felicidad, cuando a solas en la alta noche, viniendo casi de los brazos de la adorada, yo mismo y de propósito provoqué un aumento en mi tormento, bien para vencerlo o bien para que me superase, y lo que hasta entonces era incierto, acabara pro definirse. Nuevamente hice pasar ante los ojos de la razón todas las piezas de mi lógica y tanto perfectamente lo hice, que la imagen de mi amada casi se me grababa en el cuerpo y estaba presente en todos los sentidos. De nuevo, al fuego de mi pasión, me calenté, me fundí, atemperé mis argumentos. De nuevo los llevé a la misma conclusión. Si así y todo me indicaba un camino ¿cómo es que no lo seguía?
Pero aquí, de pronto, el hilo de mis razones se volvió contra mí y me contuve. Porque si lo que quería podía indicarlo, para bien decir que lo quería, como un sendero, cuánto más un Camino que yo seguí, ¿no era un camino de verdad? ¿Si para convencerme de que debía detenerme tuviera que buscar la imagen a lo que indica que no se detiene, cuánto más él mismo no era la verdad? Si su imagen me servía para conferir verdad a mi argumento, ¿por qué no era aquello la verdad, de donde había sacado yo la imagen?
Sin comprenderme, sin intentar interpretarme, me detuve dentro de mi espíritu. Fue como si las ideas me abandonaran. Quedé en un desierto dentro de mí mismo.
Y de repente, se me volvieron los ojos hacia atrás, al inicio del viaje, al sentimiento inquieto que me trajo, al destino oscuro que me puso en el alma. En un instante de muchos pensamientos, recordé.
Me conduje otra vez desde el pasado perdido hasta la hora del muro en la huerta, cuando apareció el hombre de negro. De nuevo repetí, para mí mismo, sus palabras en su voz:
-No mires el camino, síguelo hasta el final.
Y por primera vez, pero como si no hubiera olvidado, oí primero el tono y después los términos de mi respuesta negativa:
-Todavía no, sólo partiré cuando sienta el mal de estar quieto.
¡Y yo me había detenido! ¿Cuántos días había estado detenido? Ay de mí y con cuánta alegría. Me había detenido porque amaba, porque deseaba, porque quería. ¿Pero qué era amar, qué desear, qué era querer, sino detenerme al menos en el deseo del camino? ¿Me había detenido por amor?, ¿pero cómo me podría detenerme de no tener una razón para hacerlo? La figura que me encantaba, ¿me prendía? ¿Y qué era prender sino no dejarme seguir? ¿Y qué era encantar más que detenerme?
Un instante aún me escuché sufrir y me pareció que sólo tenía una facultad en mi espíritu: la angustia. Durante un instante dudé aún. Después, como si fuese un dios que se condenara a la misma muerte que él mismo creó, decidí ponerme en camino. No sé decir, nadie lo sabría decir por mí, cuánto me costó la partida. Pero decidí partir, marcharme, proseguir de inmediato mi camino. Puse en mi hombro mi hatillo de viajero, que me pareció leve porque lo verdaderamente pesado era la angustia, que era lo que yo sentía. A llorar alto dentro de mi sangre y de mi vida, partí. Partí corriendo, en la honda noche, huyendo con una furia de loco, como si quisiera ir por delante de mí mismo o dejar atrás mi propia sombra. Corrí, corrí sin que el tiempo acompañase mi sensación de correr. Tenía la impresión de que no me movía de mi sitio, de que estaba quieto, agarrado a los hierros de la celda estrecha de mi sufrimiento.
Pero partí. Llevaba el alma seca, dura, acabada.
Y centrada en el fondo de ella, como una fina gota de rocío, dormía no sé qué vaga alegría de una gran liberación.
Salí, llorando por la puerta extrema de la ciudad.
Delante de mí, río helado sobre el reflejo de la luna fría, el Camino se extendía indefinidamente1.


*



En la segunda ciudad, más en el interior, donde llega después de algún tiempo vive, se enamora de otra joven (la Gloria). Su belleza es material pero espiritualizada. Todos la miran cuando pasa, lo deseen o no. Su anillo es del metal (…). Pero un día se levanta fuertemente atraído por su viaje y a pesar de lo que le cuesta, consigue separarse de ella y continuar. Su partida es ya menos una fuga y no puede dejar de mirar muchas veces hacia atrás. Tampoco se despide de ella y al dejarla el alivio que siente es menor que el de la primera vez, pero su alegría por el triunfo es aún mayor.
En la tercera ciudad, que queda en lo alto de una enorme montaña y está cercada por antiguas murallas severas y tristes, se enamora de una tercera joven, castellana antiquísima de aquellos lugares, señora absoluta de la ciudad donde vive. Ésta representa el Poder. Su anillo es de hierro. Pasa lo mismo que en las otras ocasiones, con las diferencias inevitables. Su amor por ésta, no es como lo fuera con la primera, un amor loco y absorbente, ni como con la segunda, un deseo intenso y más inquieto que perturbador. Ésta lo ama con una pasión serena y ardiente. Su belleza es mayestática y altiva; en las propias arrugas de su manto tiene la majestad de su grandeza. Pasa lo mismo. Acordándose de su destino, parte, no osando tampoco despedirse de ella, aunque la visite no diciéndole que la ve por última vez. “Desde lejos del camino, ya en la llanura, miré largamente las altas torres sobre la montaña, todas de oro bruñido al sol del anochecer”.
Entra ahora en el interior del país, lejos ya de la espera de las ciudades. Y llega a un pueblo tranquilo, en una ladera del monte donde todo es sereno y adorable. El río que pasa por el valle está lleno de puentes. Las casas están arracimadas y alegres. Allí se enamora de la hija del pastor de almas del lugar, chica acaso no guapa, pero de una suavidad de trato y tanta dulzura que toda ella se transfigura y se anima. Él la ama con un amor pleno de ternura, casi sin pasión. El anillo de ella es de (…). Pero al fin ocurre lo mismo que ocurriera con las anteriores. Aquí se demora bastante tiempo, pero al fin parte. Al despedirse, ella llora. Al salir del pueblo lamenta que todo cuanto es suave y puro parece haber salido de su vida. Se interna aún más por el país y cada vez el campo es más campo y la atmósfera más rara y pura.
Llega hasta una pequeña aldea, casi perdida e invisible, donde se detiene mucho tiempo. Ama con un amor tranquilo y casi sin deseo ni ternura, hecho sólo de devoción y respeto, a una chica que vive sola en contemplación, sin casi hablar con los otros, silenciosa y pura. Es la Sabiduría. Su anillo es de (…). Al final también parte. Prosigue su camino despidiéndose de ella. Cada despedida cuesta más y a cada nuevo lugar que llega piensa que de allí no podrá marcharse. Como la que representa el Amor, también ella pretende retenerlo, hablándole de lo feliz que es la vida contemplativa si sólo se busca la comprensión las cosas. Pero él parte, cada vez más triste.
Avanzando por el país, se interna cada vez más en regiones aisladas. Llega esta vez a una casa solitaria, rodeada de cipreses, al pie de los cuales hay siempre un constante rumor de aguas que invita a la contemplación y al reposo absoluto. Vive en esa casa una chica de grave y extraña hermosura. También se enamora de ella. Su porte es sereno y supremo; al amarla parece obtener el consuelo de haberlo abandonado todo. Su presencia hacía detener todas las angustias y el gesto con el que nos hablaba nos limpiaba las lágrimas aún no derramadas. Es la Muerte. En su mano larga y lánguida llevaba un anillo de plata. Finalmente también partió. Ella quiso detenerlo, hablándole no tanto de sí misma cuanto del sosiego de su casa apartada, del sonido fresco y grave del agua cayendo sin descanso, del murmullo acariciador de las hojas en su pequeña agitación. Pero él se acordaba de haber salido de su casa ya casi olvidada a causa del Hombre de Negro al que un día le había preguntado no sabía exactamente qué.
De nuevo partió y tras mucho caminar, llegó a una especie de ruda cabaña construida, casi como un mero porche, contra la ladera de un monte. Allí se le apareció una chica por la que enseguida sintió un amor como jamás había sentido, aun habiendo sentido tantos. De ésta él no podría decir si era guapa, si era graciosa, o cómo era propiamente. Sólo sabía que en ella habían tomado forma todos aquellos deseos suyos que ni para él tenían forma ni silueta. Esta era su propia Personalidad. Tenía en el dedo, simple y puro, un anillo de Oro. A ésta la amó con un amor sin deseo, ni propiamente afecto, sino con un amor desnudo de todos los anhelos y también de todas las renuncias, el amor de quien encuentra lo que busca desde hace mucho y se siente más que feliz. Pero esto, ay, le recordó que no era a ella a quien él venía a buscar. Y por eso, lleno de una pesada tristeza, decidió partir de nuevo. Ella trató de detenerlo. Le contó que él hizo bien en llegar hasta allí, donde nada llegaba del mundo, ni sus renuncias que aún le pertenecen. Porque más adelante, pasada la frontera del país, no se sabía si habitaba alguien. Todo era incierto y oscuro. Que no la dejara. Mucho había viajado, mucho había sacrificado. Tal vez fuera ella la razón de tal sacrificio. ¿No sería para encontrarla que él buscaba al Hombre de Negro en una dirección que acababa justamente allí? Ésta resultó su mayor tentación; casi no pudo resistirla. Pero se acordó de la extraña señal que el Hombre de Negro no le hizo realmente y con el alma muerta ya, todo él sin nada en sí, marchó, marchó resolutivamente entrando brevemente en un territorio inhóspito e inhabitado, sin caminos, sin campos labrados, casi sin campos, donde sólo había cielo y tierra y los raros riachuelos existían unos frente a otros.
Anduvo días y días y por fin en un valle sin belleza y sin confort para la vida, encontró sentado junto a una caverna que miraba hacia el Este a un viejo eremita de blancas barbas, solitario asceta contemplativo. Una ruda piel lo cubría, lo alimentaban raíces, y el agua de un arroyo que apenas se oía era lo que tenía para beber. Pero su serenidad era mayor a todas las que hasta entonces había visto; su cara era el espejo del Descanso, tal vez no de contento, sino de Tranquilidad. “Allí pasé maravillosos días, libre por fin de todo el amor de cualquier clase. Conocí allí la felicidad de no albergar más deseos por nada. Aquella vida me atraía sin tirar de mí”. Pero se acordó de que seguía en la búsqueda y hubo de partir. “Para qué”, le dijo el eremita tristemente. ¿Es que vale la pena lograr más que esta tranquilidad absoluta...? (aquí el símbolo es el Sol, la esfera caliente de todos los días. Allí no había tempestades ni nubes) El eremita es la Tranquilidad.
Marchó. Caminó más y más, internándose en esta nueva región que a cada paso parecía más árida y desprovista de vida. Por fin en una región donde sólo había piedras sobre una montaña pesada y muerta advirtió en la noche una luz de una enorme claridad. Se fue acercando admirado del lugar de donde la luz salía. Y vio que era de una gran caverna, donde un herrero trabajaba sobre un yunque con un fuego tan prodigioso que parecía el propio sol al que se le hubiera quitado su forma, reduciéndolo a su esencia de puro fuego informe (este herrero representa el Esfuerzo, la aspiración continua). Aquí se detuvo una temporada, pero tuvo que partir, sin saber a qué lugar llegaría. El Herrero trató de detenerlo sin éxito.
Anduvo un poco más, hasta alcanzar una región rodeada de una inmensa muralla empinada, a plomo, donde no había paisajes y de lado a lado se extendía una frontera entre ese territorio y un otro inimaginable. Era como llegar al fin del mundo. Descubrió que al empujar una piedra de la inmensa muralla, ésta parecía ceder. Lo intentó. Se abrió de pronto un abismo, hasta el que se descendía por escalones innúmeros a la vista, que apenas si podía medirlos. Fue descendiendo hasta perder la cuenta del tiempo y del espacio a medida que descendía. Cansado pero convencido, continuó descendiendo hasta que franqueó una especie de espacio circular desde donde partían (como su vista ya acostumbraba podía ver) varios pasillos. Uno de ellos bajaba a través de más escalones. Descendió por el que tenía un recodo a cierta distancia. Al girar el recodo tuvo cierta sensación de luz, que fue aumentando a medida que avanzaba por el corredor. Por fin se volvió asombrosamente intensa, pero sin ser concentrada como la luz del sol, ni caliente como la luz del fuego. Alcanzó por fin una inmensa sala atestada de esta luz y que no tenía más salida que aquella por la que entró. Esta sala estaba llena de luz, que no nacía de ningún punto, pero rea extensa como el aire, que la ocupaba de manera que se podía ver de dónde procedía. No era caliente ni tenía el fuego inmanente de la luz. Era un fuego absolutamente sin fuego, era luz líquida, desnuda de todo recuerdo de la luz material. Supo entonces por qué la sala -si sala pudiera llamarse- no tenía forma ni dimensión. Es que ocupaba todo el espacio del mundo -cielo y tierra- invisible de lado a lado, estando dentro de todo ese espacio que ocupaba. Y así ocurrió que todas las cosas eran iluminadas por ella desde dentro y al ver esto, se advertía también que que todas eran transparentes y huecas, que todas eran de la sustancia real de esta luz que, al ser iluminadas, les daba al mismo tiempo su ilusión y su existencia y que en la luz intensa de todas, unas estaban unidas con otras mediante lazos e hilos invisibles que yacían del lado donde eran diferentes.
En el cuarto, sentado a una mesa, estaba por fin el Hombre de Negro.
Y me dio una piedra, una rosa y una cruz. Y vi con admiración que la piedra era, con perfección absoluta, la clase de piedra engastada y tallada que yo había visto en el anillo de la señora del castillo de la ciudad en lo alto de la montaña y que la rosa era, pero ahora completamente perfecta, de la clase de rosas que florecían en el rosal de la última chica que amara. Sólo la cruz, siendo tal cual era, no la había visto más que allí.
Señor tres veces grande”, respondí.
De todo cuanto pasé y vi nada puedo enseñarte o decirte sino sólo decirte lo que vi y que lo que pasé. Y de lo que me dijeron, cuanto puedo enseñarte es lo poco que puedo decirte, que fue lo que me dijeron:
No mires el Camino: síguelo hasta el final.



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