TRUMPTRUMTRUMPTRUMP


 TRUMPTRUMTRUMPTRUMP o el rodar del mondo

CARTA A LOS CREYENTES
Dios será lo que sea, pero no me digáis que no es un guionista de la hostia. Hitler, Franco, Stalin, Trump... Joder, le va la marcha.

CARTA A SUPERMAN
¿Y ahora qué, guapo? Qué hacemos ahora con el nuevo Hooker?


CARTA A LOS AMERICANOS DEL NORTE
Hay alguien ahí?


LEONARD COHEN HA MUERTO

El mundo es definitivamente una mala pesadilla. Vence Trump y muere Cohen. Qué será lo próximo, que Andorra invada Francia y que le den el Nobel de literatura a maria Rosa Quintana? Dios, por qué te vas de vacaciones sin un puto móvil? ¿No ves que te están vacilando?



VEÑEZUELA IN THE NIGHT O LA RAZÓN DEL MONSTRUO

En Alsasua 50 aberxales se lían a hostias con dos guardiaciviles en un bar y son presuntos terroristas. En Madrí 200 fascistas se lían a hostias con un antifascista en plena calle y resulta que el único presunto de algo es el antifascista.



PELAR GAMBAS
Guardar un minuto o un año de silencio, ir a un bautizo, hacer un regalo de cumple, cantar el himno, medir el tamaño de una falda, hacerse una paja, ir de gore por la estepa, ir a un concierto de los Cure o chupar cabezas de gambas es una opción... JAMÁS una obligación. La libertad consiste en eso. Sólo en eso. Si ahora cada cual se va a poner a dictar las normas por las que se han de regir los demás, estamos listos. En lo institucional, normas y leyes... lo demás son cuentos. Como quiera que no existe la norma en el Congreso de los minutos de silencio no existe la obligación. Lo demás pellizquitos de monja. Otra cosa: sería mucho pedir a quienes hoy se quejan de lo de Rita que exhibieran su post cuando no se le hizo lo mismo a Labordeta? Por coherencia, más que nada. Como yo entonces no lo hice (entonces pensaba lo mismo que hoy) ahora sólo apelo a la libertad.


CARTA A MARCOS ANA
Mi muy querido Marcos Ana.
El congreso de los poetas, de los irredentos, de los sinnombre, de los sinnada, de los encarcelados políticos del pasado del presente y del futuro, DECRETA inoficiosamente no un minuto sino un día de tus versos, un día de tu memoria, un día para que tu ejemplo y tu dignidad, que brillaron en tu vida, hoy resplandezcan en tu muerte. Otros reclamen presuntas inocencias tapándose las narices. Para ti, el encarcelado y el proscrito, sólo reclamamos la completa y rosácea inocencia, el aroma a dignidad y a honradez de tu palabra y de tu ejemplo civil. Gracias por todo, camarada, poeta, hermano.


VIVA CUBA LIBRE
Los balances políticos son siempre esquinados y difíciles. En tiempos en la que la derechona cada vez más radical ha ganado la carrera de las palabras y de los conceptos (¿y de la historia?), en la que el comunismo se ha ganado un lugar en los infiernos, cuando todo el que disiente de los discursos de la derecha oficial se vuelve sospechoso (recuerden lo de Alsásua y lo del antifascista detenido cuando le dieron una paliza los fascistas hace sólo una semana, recuerden "el peligro comunista", de la "socialista" Suanita, los titiriteros, la ley mordaza, etc) yo quiero recordar hoy a FIDEL CASTRO, dictador, sí, con todos los perejiles que ustedes quieran (que no soy yo de quitar perejiles a naide) pero también salvador del pueblo cubano y de su dignidad. Recuerden Cuba antes de Sierra maestra: ¿es ese el régimen que ustedes querrían para su pueblo y para su país y para sus hijos? Yo, qué quieren, prefiero la Cuba de hoy, la Cuba de médicos y de maestros, la Cuba menesterosa y desportillada (es que alguna vez Cuba fue otra cosa?) que deja Castro a la que recibió, humillada hasta la náusea, centro de la mafia y de la corrupción más demencial. Claro que hay cosas que no me gustan, que jamás me gustarán, como hay muchas cosas de esta parte "soleada" de nuestro régimen elmejordelosposibles que no me gustan por más que nos lo pinten del color del arcoíris. Y sí, con todos los pros y los contras, VIVA CUBA LIBRE.
Siempre recordaré a mi padre y a los campesinos de Fuenteheridos reunidos en el bar de El Cojillo de la plaza alta de mi pueblo, donde vivíamos (sería el año1966) hablando a escondidas y con devoción de Fidel Castro. Recuerdo aquella camilla de faldas verdes con los campesinos explotados de mi pueblo hablando de aquel campesinote barbado de Cuba que los iba a liberar. Sólo por eso ya tendría mi devoción, pero, no, no soy devoto de nadie, y sólo obtiene mi comprensión. Una comprensión que no tiene, por cierto, más de uno y de dos jefes llamados democráticos, porque unos encierran en las cárceles y los calificamos de perversos (con razón) y otros encierran en la pobreza y en la más extrema desigualdad y los calificamos como hombres de estado. Lo dicho. Yo me mojo.




ANTONIO GÓMEZ, GRACIAS
Antonio Gómez, director de la Bca Prov de Huelva ha sido cesado. He trabajado ocasionalmente para la Biblioteca Provincial de Huelva y por tanto he tenido la oportunidad de conocer a su ex-director, Antonio Gómez. Siempre me pareció un hombre activo en su pasión, honesto en su gestión, inteligente en su visión y, consecuentemente un revitalizador de la Biblioteca que hoy tiene una vida de la que carecía cuando él llegó al puesto y que es la envidia de otras bibliotecas provinciales que acaso tengan mayores presupuestos, pero no una gestión tan eficaz y tan sinérgica. La biblioteca ha sabido generar bajo su gestión una vida a su alrededor de la que soy plenamente consciente. En lo personal agradezco a Antonio Gómez, no ya su confianza, sino y, sobre todo, la ingente labor que ha realizado durante su estancia allí. Ha sido cesado -y no saben cuánto me cuesta decirlo- por personas-cargo que hasta la fecha no han demostrado haber hecho por la cultura ni por la lectura ni la centésima parte de lo que ha hecho Antonio. Cuestiones de confianza, que dicen. La palabra confianza hoy me produce rubor ajeno. Gracias, Antonio.




SOCIALISMO PRET APORTER

Los partidos socialistas europeos no sólo están de capa caída sino que van irrefutablemente camino de la irrelevancia. Grecia, Alemania,Gran Bretaña, Italia, Francia, España... ¿quién da menos? Desde la caída del muro la llamada socialdemocracia optó por coquetear con el capital, por no oponerse con firmeza al neo-conservadurismo, distanciándose cada vez más de sus bases y derivando en una desmantelación ideológica que los alejara del tufillo marxistoide y trabajador. Aceptaron sin más la derrota en esa cierta sub-guerra fría contra el conservadurismo que entonces representaron Reagan, Juan Pablo II y la Thatcher y trataron de acercarse cada vez a los postulados de esas propuestas. Le llamaron la tercera vía o vaya usted a saber. Hoy, extraviado su norte ideológico, sin una visión clara y propia del mundo y de la historia, huérfanos ideológicamente, sin una sola cabeza pensante, elitistas hasta la exasperación, claman contra los populismos y contra todo cuanto aparezca a su izquierda (que cada vez es más), por la sencilla y vergonzosa razón de que ellos se alejaron de las expectativas y anhelos del pueblo y han perdido toda conexión con él. Sólo les queda la coartada del miedo, tradicionalmente campo de maniobras de las derechas. La Francia de Hollande y la Italia de Renzi, dos de las potencias europeas, han tenido la oportunidad de resetear el socialismo, presentar batalla ideológica en Europa y dar un respiro a los eurotrabajadores en esta deriva neo-com, pero sin un claro sustrato ideológico, sin una firme convicción social, no sólo han resultado irrelevantes sino tóxicos. Hollande ha tirado la toalla de la irrelevancia personal y política. Renzi ha acabado en un bloof. En fin, el canto del cisne, la pura nadificación.

SALITRE



SALITRE
un cuento de Manuel Moya

Aquella noche cinco milicos armados aporrearon la puerta y preguntaron por Miguel, el único de sus tres hijos que le quedaba en el país. Serían las dos y cuarto de la mañana y a esa hora no hubo forma de avisar a ninguno de sus conocidos. Aurelia, que salió a abrirles, les impidió el paso con un gesto de firmeza. Miguel, incorporado sobre la cama, recibió la noticia con serenidad, se restregó los ojos y, descalzo aún, abrió la ventana de par en par a pesar del frío intenso. Afuera todo estaba tranquilo. Las luces del puerto parecían resistir contra un mundo de tinieblas. Chirriaban las grúas, se escuchaban lejanas sirenas y la ciudad adoptaba el aspecto lúgubre de un hormiguero que de un momento a otro acabaría aplastado por una estampida de rinocerontes. Miguel se vistió sin prisas, como si fuera la última vez que lo hiciera o el asunto no pasase de una incómoda formalidad. Eso le dijo a la vieja, que lo miraba desconsolada desde el quicio de la puerta, que era nomás una formalidad, que la esperase con el desayuno puesto y la radio encendida. Ella trató de sonreír ante la sonsera y Miguel acabó de meterse el saco por los hombros, sin olvidar colocarse el clavel que sólo hacía unas horas le había regalado un radiante y enamoradísimo Melchorcito Narbona. Los milicos fumaban animadamente en el rellano. Pensaban que nadie es tan boludo como para lanzarse desde un cuarto y si lo hace, pues bueno, laburo finito. Ella, abatida, se quedó mirando a su hijo mientras se echaba una última ojeada en el espejo y acariciaba el clavel antes de besarla en la frente, repetirle que no se preocupara y, con paso resuelto, franquear la puerta bajo la hosca mirada de los milicos. Aurelia no vio, no quiso ver, cómo uno de los ellos se sonrió al verlo tan pinturero, cómo se quitó el pucho de la boca y de un manotazo le arrancó el clavel de la solapa para pisotearlo contra el felpudo. Ella, que los siguió hasta el portal, sólo pudo ver cómo lo introducían con malos modos en uno de los autos y cómo se alejaban no en dirección a la comisaría cercana sino en sentido opuesto, no sabía dónde. Intentó seguirlos durante algunas cuadras hasta que quedó sin resuello. No le hizo falta mirar hacia arriba para sentir el efervescente pavor de las ventanas. Antes de ingresar en su piso, advirtió sobre el felpudo el clavel pisoteado. Lo tomó, lo olió y lo volvió a colocar sobre la mesilla, junto a la cama deshecha y aún caliente. Desde niña los claveles le sabían a tierra seca, pero aquel parecía tener un olor que oscilaba entre la sangre y la orina.
Apenas dieron las ocho en su viejo Cauny, Aurelia, que seguía despierta, bajó hasta la cabina telefónica y marcó el número de Don Markus Stadler, en cuya oficina había trabajado hasta su jubilación, apenas diez meses atrás. Don Markus se había retrasado, le dijeron, pero la recepcionista se alegró de saber que seguía viva y que no se había regresado a Italia, como parecían sus planes. Ella no quiso contar y le comentó que se acercaría por la oficina en un par de horas porque tenía que tratar un asunto muy urgente con Don Markus. Su hijo, como ella intuía en lo más profundo de sí misma, no volvió para desayunar y a media mañana Aurelia volvió a tomar el ómnibus hacia la vieja oficina donde trabajara desde su llegada a Buenos Aires, más de treinta años atrás.
Se diría que Don Markus la estuviera esperando durante horas apoyado levemente en el batiente que separaba su despacho del resto de la oficina. A pesar de sus más de sesenta años, parecía un hombre atlético y apuesto, seguro de gustar, con esa chaqueta cruzada, el pelo recién rasurado, el pequeño bigote y una sonrisa condescendiente y afable. No bien la vio llegar, se aproximó a ella, le quitó personalmente el abrigo, lo entregó a una empleada y, con extrema delicadeza, rozando con la yema de sus dedos la espalda de ella, la invitó a entrar en el despacho. Una vez dentro, cerró la puerta y suspiró, como si hiciera tiempo que esperase aquel momento.
Don Markus era un año o dos mayor que ella y a pesar de cierta sombría rigidez en sus modos, siempre lograron entenderse. Desde que quedó viuda, Aurelia tuvo la sensación de que Markus se interesaba por ella, pero el alemán era ante todo un viejo y contenido caballero, incapaz de dar un paso más allá de lo correcto y en el fondo de sí misma se sentía en deuda con él porque nunca hubiera tratado de ejercer sobre ella el arbitrio de su superioridad.
Según él le refirió, había llegado apenas cinco minutos después de su llamada y, tras pedir un par de cafés a su flamante secretaria, la invitó a tomar asiento y se la quedó mirando larga, detenidamente. “Vos lo sabés, Aurelia, que siempre estuve loco por vos”, dijo con una voz arrastrada y amable. Ella, cohibida, bajó la mirada y no respondió, sino que le habló de Miguel y de cómo unos milicos se lo llevaron aquella misma noche y de cómo temía por lo que pudiera pasarle. Él pareció sorprendido primero y después, sin dejar de observarla, expresó su contrariedad por lo que ella le iba contando, se mesó el pelo, tomó una estilográfica, jugueteó con ella entre los dedos, y, con la voz de quien pretende estar al tanto de las contrariedades del mundo, trató de hacerle entender que ciertamente eran días difíciles, que mientras se asentaba la nueva autoridad era normal que se produjesen arbitrariedades y un pequeño quilombo, pero que no debía olvidar que el país estuvo tantito así de andarse por una barranca por culpa de los montoneros y los sindicatos, de modo que en cuanto pasaran dos o tres semanas y regresara el orden institucional, vería cómo las cosas irían a mejor, pero, sobre todo, que no debía preocuparse por Miguel, pues él se comprometía a hacer de primera mano las gestiones que fueran necesarias y con quien fuera necesario para que esa misma tarde o cuando más al día siguiente tuviera a su hijo de regreso.
Aurelia, que al principio lo escuchó con recelo, sonrió aliviada y él, mucho más seguro de sí mismo, sin dejar de hacer girar la estilográfica entre sus dedos, quiso saber si Miguel tenía extrañas amistades, si se juntaba con extremistas o tarados montoneros, de los que querían volver del revés el país. Ella le respondió con franqueza, diciéndole que sabía muy poco de la vida del hijo, salvo que trabajaba en una escuelita por la parte de Palermo y que, todo lo más, a veces se pasaba los días y los días sin regresar a casa. Don Markus dibujó una sonrisa alentadora, opinó que las nuevas generaciones habían perdido la fe en el futuro de la patria y que alguien tenía que hacerles entender que la vida es orden y es esfuerzo, y que una cosa son los sueños y otra bien distinta la realidad. Aurelia siguió sus palabras con creciente desinterés y en cuanto creyó que su discurso había acabado, se alzó de la silla y dijo que el tiempo se le estaba echando encima. Él la alcanzó antes de abandonar el despacho y posó sus dedos huesudos y fríos de aguilucho en el hombro de Aurelia. Miguel es un chico como todos, repitió ella en un amago de llanto, bajando la cabeza. No te preocupés, querida, que todo se solucionará, le repetía Markus alzándole la barbilla, mientras ella se veía a sí misma tan pequeñita como un grajo visto a la distancia. Beh, beh, no te aflijás, Aurelita, ahora nomás me pongo con su asunto y en cuanto lo arregle voy personalmente a decírselo, porque una equivocación la comete cualquiera y un chico como Miguel necesita de una segunda oportunidad, ¿no es cierto? ¿Cómo?, se preguntó ella, ¿qué significa una segunda oportunidad?, ¿qué hizo Miguel para necesitar de una segunda oportunidad?
Estaba a punto de preguntarlo cuando Markus, le dijo que realmente la viudez y la jubilación la habían vuelto mucho más linda. Nadie diría que acabás de cumplir sesenta y dos. Aurelia se sonrojó, respiró hondo, agradeció su interés y su disponibilidad, se retocó el pelo, abrió la puerta del despacho y con una confusión que le enturbiaba el estómago, avanzó hacia la salida. Sus viejas compañeras la vieron salir del despacho y antes de alcanzar el perchero donde tenía su abrigo, se agolparon a su alrededor para decirle que la encontraban bárbara, que bien se veía que la jubilación le había sentado de maravilla, porque el tiempo por ella parecía volverse para atrás.
Cuando ya se aprestaba a tomar el ascensor, en un gesto que a ella le pareció demasiado brusco, Markus la tomó del brazo y, con la voz entrecortada, le dijo que no podía dejar de pensar en vos y que esa noche sin falta iría a su casa a darle noticias de su hijo, pero ella, un poco arrecha por la brusquedad, le apartó el brazo, dijo sentirse cansada y le dictó el número de teléfono de un conocido, donde podía localizarla. Él pareció desolado y la dejó marchar. Su cara al despedirse parecía la de un hombre que acabara de ahogarse en el mar.
Los días pasaron despacio, muy despacio a partir de entonces. Markus Stadler no llamó durante ese día, ni tampoco al siguiente, de modo que fue ella la que, desorientada, rota, volvió a telefonear a la oficina pasada el tercer día, y el cuarto, y el quinto... Ahora, se decía, estaba dispuesta a cualquier cosa, sin entender muy bien qué significaba “cualquier cosa”, pero según le contó la nueva secretaria en la enésima llamada, Don Markus acababa de marcharse no hacía ni un cuarto de hora, pero a continuación, como si alguien le dictase lo que tenía que decir, le refirió que había salido a un asunto urgente que tenía que ver precisamente con el caso de su hijo y le preguntó si quería que le dejase algún recado concreto.
Las palabras forzadas de la joven secretaria tuvieron un efecto devastador para Aurelia, que al colgar miró su reloj y advirtió con angustia que llevaba cinco horas parado. Mientras contemplaba las agujas inmóviles, sintió que una lágrima resbalaba por su cara y caía, plafff, sobre la vereda. Le siguió un estremecimiento, que atribuyó al frío que aún hacía a esa hora de la mañana, pero que en lo más íntimo de ella misma supo que no se debía al frío. De nuevo en casa, acuciada por la angustia, se puso a preparar una caponata, ese asado de verduras que había aprendido de su suegra napolitana y que era el favorito de su hijo Miguel.
Siguieron pasando los días sin novedades y ella había llegado al punto donde la desesperación no puede sino cambiar de rumbo y darse la vuelta: su viejo jefe seguía sin atenderle al teléfono y se buscaba toda clase de subterfugios para no recibirla en su oficina; tampoco sus otras pesquisas en las comisarías llegaban a ningún puerto. El miedo y las suspicacias parecían haberlo envenenado todo. La ciudad se había convertido en un inmenso cuartel de clausura y hasta quienes semanas atrás la saludaban con deferencia, ahora parecían rehuirle, tal que si se hubiera tatuado sobre su piel el estigma de la lepra.
No sabía ya a quién recurrir, cuando un compañero de la escuelita donde trabajaba Miguel se hizo el encontradizo en la calle y le habló de un tal Melchorcito Narbona, un tipo, le advirtió, muy pero que muy especial. Ella jamás había oído hablar del tal Melchorcito Narbona o Carmona, pero en cuanto supo de su existencia lo buscó por todas partes, pero a Melchorcito parecía habérselo tragado la Pampa. Una mañana, casi un mes después del secuestro, una mujer le salió al paso en el mercado y sin más le indicó dónde podía encontrar a Melchor Narbona, desapareciendo después.
Melchor andaba recluido en una casitita a no más de quince manzanas de la suya, pegada a las tapias del cementerio de La Recoleta. Con los muros carcomidos por el salitre y la puerta medio rota y cerrada con cadena, la casa parecía abandonada desde hacía mucho. Golpeó, pues, sin mucha esperanza. Volvió a golpear pasados unos segundos. Esperó durante un buen rato y al fin escribió el nombre de Miguel Scorza en un papelito, lo hizo pasar por una ranura, se alejó unos metros, entró en una cafetería, pidió un cortado y al cabo de diez minutos volvió a llamar. Sólo entonces le pareció escuchar una voz que provenía desde el otro lado de la puerta. Ella repitió su nombre y el de Miguel, y esperó. Al poco la cadena comenzó a chirriar y al fin se abrió la puerta. Un chico tembloroso, frágil y con barba de días, la hizo pasar. Al primer golpe, Melchorcito le pareció más que un tipo triste, un muchacho despojado de su natural alegría. Envuelto en una frazada de cuadros azules y blancos, arrastraba sus pies por la irregularidad del piso, de modo que nadie hubiera dicho que tenía sólo dos años más que su hijo. Perdone, dijo él, no hay mucho que ofrecerle, pero tengo un hornillo y puedo prepararle un matecito. Ella dijo que acababa de tomar un cortado pero que dado el frío le aceptaba el mate y se sentó en lo que antes, alguna vez, habría podido ser una coqueta mecedora de rejillas. La casa carecía de luz eléctrica y las ventanas estaban atrancadas por dentro. Se diría que todo aquello hubiera sido abandonado a la carrera y que desde entonces sólo la habitasen fantasmas. Mientras esperaban el mate, Melchorcito dijo que vivía aquí y allá desde que los milicos habían ido a sacarlo de su casa. Su vida había dado un vuelco desde entonces. Ella quiso saber cómo logró escapar y él le contó que gracias a la llamada a media noche de un amigo tuvo tiempo de esconderse en casa de un familiar cercano. Desde entonces vivía como una alimaña, esperando unos papeles y unos pesos que no acababan de llegar, para poder escapar así del infierno en el que se había convertido el país. Tras alcanzarle el mate, le fue contando cómo logró indagar sobre el paradero de Miguel. Porque él, dijo con cierto énfasis teatral, que siempre había sido pobre como una rata, tenía amigos hasta en el infierno. Por ellos supo que, como tantos otros, Miguel acabó en el centro de detenciones de El Campito y que allí lo habían recluido (él le ahorró el episodio de las picanas y todo eso) y que, luego, pasado el tiempo de aclimatación, lo transfirieron a no se sabía qué lugar, lo que quería decir que lo mismo podía seguir vivo que muerto. La palabra “muerto” cayó como una piedra en la ya abrumada Aurelia, que sólo acertó a preguntarle la razón por la que se lo habían llevado. Melchorcito, le tomó las manos y recorrió sus dedos con las yemas trémulas de los suyos. Por nada, respondió al fin. Fue por nada, porque a estos pelotudos no les gusta la gente que quiere ser feliz. Ella se secó las lágrimas con un pañuelo que se sacó del bolso y, aún cohibida, apretó su mano sobre los finos dedos de aquel hombre que tiritaba no sabía si de miedo, de desconsuelo o de frío.
Yo lo quiero de verdad, señora ―dijo Melchorcito, mirándola a los ojos con una fortaleza que hasta entonces no había tenido. Ella trató de sonreír y le frotó las manos para que al menos dejase de tener frío.
Te tenés que marchar antes de que esos pelotudos te alcancen ―dijo sacando todos los billetes que tenía en el monedero y poniéndolos junto a la pava del mate―. Descuidá, mañana volveré con la plata que necesités.
¿Conocés vos a un tal Marcos Stiler o Staler? ―preguntó Melchorcito, cuando ella ya se alzaba de la mecedora.
Ella trató de rebuscar en su memoria.
¿Marcos Stiler? No, no conozco a nadie que se llame así ―contestó justo cuando supo que sabía exactamente a quién se estaba refiriendo―, ¿por qué?
―Según me contaron ese fue quien lo denunció. Tal vez sólo él pueda devolvérnoslo.
Al salir de aquella casa carcomida por el salitre, Aurelia tomó aire, le dio cuerda al reloj y se alejó hacia la parada de taxis con paso resuelto.




CORAZÓN DE LA SERPIENTE (4 poemas)

4 poemas de

CORAZÓN DE LA SERPIENTE


Manuel Moya

Pre-Textos






HEART OF THE SNAKE BLUES


Well I was standin’ at the crossroad, and my baby not around.
Well I begin to wonder, ‘Is poor Elmore sinkin’ down

                                                ROBERT JOHNSON


en la muerte de BB King (15 de mayo de 2015).




Nadie va a Hopson para quedarse. Si no eres uno de esos locos por el blues,
aquí pierdes el tiempo. No es un lugar para turistas,
sólo tiene un bar donde se toca por las noches, una comisaría
y una vieja fábrica de algodón que se cae a pedazos.
Ni siquiera el diablo pernoctaría aquí más de dos noches seguidas
a no ser que estuviera muy colocado
o de nuevo hubiera venido a tentar al primer borracho
que se hiciera pasar por un tal Bob Johnson,
pero si se te enturbian los ojos con la leyenda de John Lee Hooker,
si la palabra algodón te llega lastimada de látigos y culebras,
quizás sea este tu sitio.
Una vieja camioneta pintada de azul, la mítica estatal 49,
un motel de mala muerte, y un poco más allá, caminando hacia Clarksdale,
un cruce de carreteras con tres guitarras cruzadas
y un cartel oxidado que indica que Memphis queda 76 millas al norte
es todo cuanto encontrarás en Hopson, quedas advertido.
Hopson sería un lugar como otro cualquiera
si antes no hubiera sido un inmenso campo de algodón
y los negros no hubieran muerto allí como ratas,
pero un viejo negro que cada tarde se sienta en el porche de su cabaña
a escuchar la radio y seguir sin atención el vuelo de los estorninos
te recordará que estás justo en el sitio, en el mítico crossroad, en la encrucijada.
Así que con mucho tiempo por delante para acudir al club de blues,
con pocas ganas de hacer turismo por el condado,
me siento junto al viejo Ray, un tipo al que le faltan dos falanges
y que apenas si se ha alejado un par de veces de su tierra y de su río.
Con lentos sorbos de cerveza, fijando sus ojos en las nubes
que corren como palomas escopeteadas hacia el Este
me pregunta si vengo de muy lejos
y luego, tomándose su tiempo, me cuenta que una vez tomó el tren para Memphis,
cree que fue en verano del 77,
recién muerto Elvis, pero maldita la gracia que a él le hacía Elvis,
él fue porque en su entierro al menor de sus hijos lo atropelló un coche,
y le rompió la pierna por tres partes. A eso fue él a Memphis,
a eso y a hablar con un abogado para que le sacara las entrañas al conductor borracho
que atropelló a su hijo y mató a dos más en el maldito entierro de Elvis.
Pero en sus palabras no aparece nada parecido al rencor.
Como si cantara,
como si una canción le surcara las venas.
No le gusta Elvis, eso es todo. Todo el oropel, toda esa carraca que llevaba encima.
Un hombre no necesita de nada de eso para ser un hombre.
Por cada libra de carne, explica, un hombre ha de llevar encima cien libras de tierra.
Cuando llevas tu propia tierra en los hombros se va libre por el mundo,
y uno es alguien en las nieves de Canadá o en las playas de California:
cien libras, no hacen falta más, para ser alguien y ser libre.
El viejo Bob Johnson, sin ir más lejos.
Cien libras, una armónica y una estación de tren le bastaron
para entenderse con el mundo
y hacerse entender entre todos esos blancos que querían sacarle los ojos.
Elvis ya estaba muerto cuando lo del accidente de su hijo, así que eso no cuenta.
Sin embargo podría hablarle durante horas del viejo Bobby Johnson
(“I want you to squeeze my lemon / until the juice runs down my leg.”),
que era amigo de francachelas de su padre y más de una vez durmió en el cobertizo,
o de BB King, que hoy se ha marchado para siempre,
según acaba de escuchar en la radio que le trajo su hijo la última vez que vino a visitarlo.
No lo dice porque sea negro, pero el viejo Bobby,
ése sí que sabía cómo poner a bailar a las culebras,
él sí que podía echarse por lo alto el río Mississippi
y hacer que moviera su culo de lodo para volver tarumbas
a unos peces tan grandes como caballos
porque se alimentaban de la carne de los negros.
Entonces, cuenta, no hacía falta coger el tren para Chicago o Greenville
para escuchar a los mejores. Bastaba esperar en el cobertizo de casa
a que el bueno de Bobby o cualquier otro pasara
y quisiera invocar a todas esas culebras azules de los algodonales.
Quizás le suenen Muddy, Muddy Waters, o John Lee Hooker
o quizás el pobre de Charley Patton,
tipos que venían por aquí, bebían con el viejo
y les salían ampollas en las yemas de los dedos y en las entrañas de tanto sobar sus guitarras.
Al bueno de BB King él sólo lo ha escuchado en la radio,
pero tampoco hace falta haber estado en Las Vegas
para saber todo el jugo que ese gran hijo de puta podía sacarle a sus Gibsons,
de modo que no le hable de Elvis, por favor.
Porque fue el viejo bluesman y no Elvis el que en verdad tuvo la culpa de todo,
BB King y la radio, esa preciosa radio que los chicos arrancaron de un Chevy del 56
abandonado al lado de la estatal, allá donde aquel árbol.
Porque aquí, me dice señalando la distancia, en estos acres desnudos que usted ve,
nació el blues. A latigazos, a pura sangre, como usted quiera,
pero fue aquí donde nació.
You can run, you can run, tell my friend-boy Willie Brown
You can run, tell my friend-boy Willie Brown.
Desde el modesto porche de su casa nos quedamos absortos ante la llanura
y, en efecto, no lejos, se recorta un solitario árbol
donde acaso vayan a descansar todos los pájaros de diez millas a la redonda.
Aquél, me dice, apuntando en dirección a Clarksdale, es el famoso crossroad.
En otro tiempo esto fue un bosque pero desde que llegaron los esclavos
no ha sido más que una inmensa llanura de algodón,
que es lo mismo que decir una tierra condenada,
añade alzando la lata de cerveza en dirección a las nubes.
Un día, me dice, el río se tragará todo el Estado y hará bien:
fue ahí mismo, en ese cruce, donde se cuenta que el viejo
Bobby Johnson invocó al diablo,
no te olvides, aquí donde tantas criaturas murieron como
perros, peor que los perros,
sangrando ante una bala de algodón.
Sus huesos forman parte de esta tierra, y uno debe llevarlos consigo
camino adelante en esas cien libras de tierra, pero tampoco
tiene que hacerle mucho caso
a un negro idiota que ni siquiera va a llegar con todas sus falanges a la tumba.
La naturaleza siempre acaba por ganar y si no que se lo pregunten a los pobres nepalíes
que, según ha escuchado en la radio, acaban de sufrir dos terremotos
y han muerto como conejos aplastados en sus casas.
También aquí murieron como conejos, de modo que lo que el pobre Bob Johnson
creyó ver en el cruce, no fue al diablo, sino a las miles de almas errantes que quedaron aquí,
sepultadas por las crecidas del Mississippi para servir de abono a los algodonales.
Fue a ellos a quienes se encomendó, fue a esos pobres diablos
a quienes se metió en las tripas ese día.
La vida de los pobres siempre es igual en todos lados,
tienen que comer lo que les echen y cada tarde dar gracias al Señor por seguir vivos.
Y cantar, cantar mucho para que los otros se paren a escuchar sus lamentos.
Pero todo eso acabó en el 46, cuando los mismos
que nos habían explotado durante generaciones,
decidieron que les sobraban los negros y pusieron máquinas para recolectar el algodón
y los muchachos tuvieron que poner a enfriar sus negros culos en las nieves de Chicago.
Él se hizo carpintero de un día para otro.
Durante años tuvo una carpintería en un cobertizo cercano a su casa.
Entonces no venía un alma al famoso cruce de la 61 con la 49 y esto estaba muerto.
De la carpintería ha vivido y no es que le gustara demasiado
trabajar la madera, ni tampoco puede decir que fuera un virguero
con las gubias y las garlopas, pero desde entonces fue su propio patrón
y en algo tiene que trabajar un jodido negro como él, dice.
La madera es tan buena como cualquier otra cosa para ganarse los cuartos
y nunca faltará la madera ni el trabajo de la madera en el Estado de Mississippi, no señor.
No hay cerca de pino a treinta millas a la redonda que no haya pasado por sus manos,
ni negro que no se haya ido en uno de sus ataúdes,
puedo apostar mi culo, si es que dudo de sus palabras.
Su hijo, dice, alzando la lata ya vacía al moribundo cielo, él sí que era bueno,
hubiera sido el mejor ebanista del Estado, pero, lo que son las cosas,
le dio por la jodida guitarra y en esta tierra cuando a alguien le da por la guitarra
es como si hubiera vendido sus manos a un ángel, eso es,
o al maldito diablo, nunca se sabe, como se cuenta que hizo
Bobby Johnson justo ahí, en ese cruce.
Y todo por esa radio que los chicos arrancaron de un Chevy del 56,
todo porque según Bobby, ese tal Willie malvendiera su alma por ganarse la vida tocando,
todo porque ese maldito río se haya llevado por delante a tantas criaturas
y haya tantos a los que le han sangrado los dedos rasgando unas cuerdas
tan cabronas como el espinoso algodón,
todo porque este sitio no da otra cosa que vagabundos y guitarreros de voz rota,
de modo que su hijo no paró hasta tocar con BB King, ese sí que era bueno, hermano,
pero todo se quedó en eso, en una vez y ayer, según he escuchado por la radio,
ha muerto el gran BB King, que dios lo acoja.
Por esa sola vez sacrificó mi hijo su trabajo de ebanista y eso no es justo, no señor,
o vaya usted a saber, igual sí que le mereció la pena,
porque, pensándolo mejor, lo que no merece la pena
es dejarse los dedos en una maldita sierra,
llegar solo a esa edad en la que uno espera las nubes
no para que descarguen todo lo que llevan en sus entrañas
sino sólo para verlas pasar, pero mi hijo, bueno, mi hijo
tocó una vez junto al gran Riley King y eso es algo de lo que ya ni usted ni yo podremos presumir
y ahora seguirá por Baltimore con su cojera y su vida y su guitarra, y seguramente
hoy es un día muy triste para él y es que la vida se lo acaba llevando todo, como el jodido río.
Mis dos falanges, por ejemplo.
I’ve got a sweet little angel / I love the way she spread her wings
Yes got a sweet little angel / I love the way she spread her wings
y todo ese pedazo de cielo ahí, no sé cómo explicarme, bah,
lo mejor será que vaya a por otras dos cervezas,
antes de que se ponga a soplar ese maldito viento de Arkansas
o que al diablo le dé por hacer un agujero del tamaño de una sandía
en el corazón de la noche y tenga que lamentar toda su vida
el haber arrastrado su blanco trasero por el arrabal de Hopson.




ANTE “MUJER HACIENDO UNA PIZZA”,
DE EDWARD HOPPER



Querría comenzar este poema,
pero, lo sé, no tengo gran cosa que decir.
Porque, cómo lo diría,
todo cuanto ha de caber en él
debiera ser tan leve como tú,
mientras mezclas harina y agua para hacer una pizza,
esa manera tuya de saber que estás, que eres,
desnuda desde dentro y desde fuera,
ese estar conforme contigo y con las cosas,
con la harina y con las gambas, por ejemplo,
con la miel que dejas derramar sobre la masa,
con ese mancharte de las cosas,
con ese hacer que las cosas vivan
y sean vivas en tus dedos,
y querría escribir este poema tan desnudo como tú,
mezclando harina y agua, alcaparras, miel,
y no pedirle nada más al mundo,
sino ser consciente de mí mismo en este instante,
saber que el tiempo existe mientras escribo este poema,
que existes tú mientras mezclo todas estas cosas,
y tomar en mis manos miel y letras y harina y alcaparras
y saber que la vida, toda vida, cabe en esto,
en una mujer desnuda escribiendo un poema,
en unos dedos que nunca se cansan de ser dedos,
en la harina de estas letras torpes
manchadas de dedos y de vida.




Y NO HUBO TREGUA
(VISITA AL CROMLECH DE OS ALMENDRES)


Aquí estamos. Hemos venido a no olvidarlo,
eran duras las jornadas y la sangre ya tenía el dulce e intranquilo sabor de la sangre,
y a ella acudían los hombres como se acude al arroyo o al nido de cigüeñas.
Era dulce arrancarla, dulce era esparcirla por el polvo,
más dulce aún darla a beber a los muchachos
y a las mujeres encinta. ¿Recuerdas? En algún lugar de nosotros ya está eso,
en algún lugar de nuestra sangre está esa sangre dulce
como los madroños maduros o la leche de cierva.
No lo olvidamos, quién puede olvidarlo.
Alguien de entre nosotros dijo que eran hombres perdidos en las breñas,
volanderos hombres que se miraban los hombros
hasta quedar mortalmente extrañados
de haber perdido la gracia inconsútil de los pájaros.
Alguien nos dijo que miraban hacia el sol y, por más que caminaban, no lograban alcanzarlo.
Siempre un río se interponía entre ellos y el sol, siempre una nube o una montaña,
siempre un día de lluvia y una noche y una poza abierta,
la llamada de la sangre y de la orina,
siempre un niño enfermo, siempre una mujer pariendo,
un hombre descalabrado, (siempre un buitre haciendo círculos),
la piel de un lobo colgando de las ramas
y el color con que se tiñe la tarde, y el de los ingrávidos petirrojos
que sueñan desde entonces con el mar.
Y la lluvia. No se nos olvide la lluvia.
Pero nosotros, sabiendo todo eso, ajenos a todo eso,
giramos como peonzas por el bosque de piedra,
caemos absortos ante esa enorme boca con todos sus dientes,
en silencio andamos por el teatro de piedras hincadas hasta el tuétano,
hasta la misma matriz, escuchando un murmullo de ondas y de aljibes,
un ejército de piedras en armas contra la noche toda,
un archipiélago de piedras sobre un mar de estrellas y rescoldos,
y dentro de ese círculo de tierra y dentro del dibujo del sol
y dentro del meandro, esa gran boca, la hirviente constelación,
el gran murmullo, el tirón hacia las tripas,
la sangre que regresa hacia la tierra, que de nuevo empapa la tierra
para sentirla a la vez como amenaza y protección,
abrigo y nada. Dentro y fuera al mismo tiempo.
Y el universo todo sangra, se pone a sangrar, menstrúa, hierve,
nos salpica de su sangre y nosotros, ya perdidos
en la lengua del humo y de la espuma, brasas encendidas por el viento,
buscamos una palabra aquí y otra palabra allá
y al juntarlas, al trazarlas en el espacio vacío, sentimos
la sangre toda de ese universo, su oquedad,
su respiración, su sílex, su música cautiva, y algo en el peso y en los ojos,
algo en los quebraderos de la luz y de la fragua,
se pone a recordar, a escupir semillas hacia su intuición primera,
hacia ese acérrimo apalpón de la vida y del coágulo...
La llama que se quiebra cuando ya sabemos que bajo nuestros pies
la tierra no sólo nos sostiene, que la tierra no sólo nos condena,
sino que tira de nosotros hacia nosotros, como esas alas
que perdimos por las trochas y los ríos.
La gravedad de lo ingrávido, la sujeción del sol,
eso que los hombres pusimos ante el sol
para que el sol nunca se olvidara de nosotros, para que el sol supiera
que por allí pastaban los rebaños, que por allí los hombres
ya buscábamos a los dioses con nuestras enfermedades y sequías,
nuestras debilidades, nuestras hambres, ah, nuestras angustias
y que a falta de otra cosa, teníamos piedras, las más grandes piedras
y el común esfuerzo de traerlas y de alzarlas
para dibujar esa enorme boca que ha de devorar al sol o hacer
que se rinda ante su círculo perfecto.
Y no hubo tregua. Ya no hubo tregua. Y aquí estamos,
bajo la danza eterna de la sangre.



SIN HIELO, POR FAVOR
He sentido el viento de las alas de la locura pasar por encima de mí.
CHARLES BAUDELAIRE



Todo se acaba apagando como se apaga una caja de cartón en el agua
o ese cuadrilátero cuando alguien, casi inadvertidamente,
pone el dedo en el interruptor, dando su día por concluido.
No el lugar de los peces, no la ciudad donde dulces muchachas bailan tras el alba,
humedecidos los labios con sangre de estramonio.
Cuando vinieron a cubrirle la cara, aún volaba un mirlo azul entre sus párpados,
aún esa mujer brillaba lejana, extraviada en los puertos del pasado,
como dicen que brillan las estrellas.
Nadie recogió el mazo de folios que guardaba en el cajón de la mesilla,
un limpiador se puso guantes para echarlo a la papelera,
nadie se acercó a la ventana y miró hacia el manzano
donde acaso esa mujer se alejaba de sí misma y del mundo para siempre.
Al fin todo son sombras: unas nos llegan desde el fondo del mundo
y otras dan en salir en busca del huidizo horizonte,
unas rodando, como las piedras que arrastran lecho abajo las grandes crecidas
y otras quietas, viendo cómo hasta ellas se acerca la noche.
No hay grandes diferencias. Un hombre es siempre un hombre,
ya corra de aquí para allá, furioso, chocando contra todo y contra nada,
una y otra vez, como si el último escollo fuera el primero
y sólo quedase el mar entre la noche y la aurora,
o ya permanezca sentado en su respaldo,
haciéndose creer que la lluvia o el sol lo curarán todo.
No le ponga hielo, por favor, le pido. No soporto el hielo.
Entre la vida y yo prefiero que nada se interponga. Las cosas que están
entre las cosas y uno mismo no me gustan.
Prefiero caminar cuando hay que caminar y sentarme cuando me siento cansado.
El mundo a todos nos arrastra. Sin hielo, por favor. ¿Podría indicarme
dónde puedo encontrar un sitio para pasar la noche
que no sea muy caro?, acabo de llegar del Sur. Hágase la cuenta.
Alguna vez anduve por aquí, pero de paso. Había muerto mi padre
e hice aquí transbordo. Recuerdo muy poco de aquel día.
Alguien tirado en la calle, quizás un accidente. Mucho lío de sirenas y luego nada.
Yo no estaba para eso, créame. Sólo tenía en la cabeza la muerte de mi padre y la caja de cartón que me quemaba en las manos
porque no sabía qué hacer con ella, pero de repente apareció aquel hombre
con la cabeza abierta y temblando no sé si de puro frío o de qué.
¿Sabe?, mi padre era un hombre honesto. Se pasó toda la vida cambiando de trabajo,
una vez montó un tallercito de máquinas de coser y otras vendió tijeras de podar,
pero entre una cosa y otra se ganó los cuartos de cantero. Sí, de cantero.
De ésos que a base de martillos dan formas a las piedras. Trabajo duro, sí señor.
No le gustaba romper piedras. Odiaba las piedras tanto como yo odio el hielo.
Pero sabía de piedras, eso puedo asegurárselo.
Le chiflaba inventar cosas y llegó a inventar una lavadora a pedales.
Durante años, la paseó por todas partes pero nadie le compró el invento
y tuvo que seguir y seguir picando piedras hasta sangrarle las manos.
Quién iba a querer lavar la ropa dando a los pedales,
cuando ya hay máquinas a las que sólo tienes que enchufar a la corriente
y lo hacen todo. Completamente todo.
Un día tomó un tren hacia el Norte y ya no volvimos a verle el pelo.
Quizás, se me ocurre ahora, también buscase a esa mujer bajo el manzano.
Quizás le contaran que en alguna parte del Norte las piedras eran más blandas
o que allá arriba a la gente no le importa pedalear mientras hace la colada.
¿Quién en el Sur entiende el Norte?
No es que no quisiera volver, sino que se quedó como varado en mitad de la nieve,
chapoteando en la nieve, no sé si me sigue, él, que siempre anduvo huyendo de sí mismo
y de las cosas que la vida interponía entre él y sus sueños.
El caso es que no pudo o no supo salir de allí, ¿comprende?
Yo al menos nada quiero reprocharle:
unos se quedan en el fondo del mundo y otros se lanzan en pos del huidizo horizonte,
como dijo el poeta y en eso, ya ve, uno no manda.
Mire, déjeme que le diga algo importante:
no hay dos piedras iguales. Para romper una piedra hay que saber de la piedra.
Cada piedra tiene su punto donde rompe. Sólo hay que encontrarlo y el oficio de cantero
consiste en saber el punto exacto donde la piedra parte.
Mi padre, que entendía de piedras, no le tenía miedo a nada,
pero quizás le faltara una verdadera pasión,
tal vez encontrar el sitio justo donde la vida parte.
¿Sabe lo que quiero decir? Yo me he pasado la vida buscando esa pasión por todas partes.
Sí, gracias, llénelo pero, por favor, no le ponga hielo.
Sin hielo todo iría mucho mejor. No sé por qué todos se empeñan
en poner hielo donde no hace falta hielo. El hielo sólo hace que todo
sea menos de lo que es. No sé a quién le interesa el hielo,
cuando lo cierto es que todo lo fastidia.
Quiero echar unos días donde sea. Me han dicho en el tren que por aquí no falta trabajo.
Pintar pisos y esas cosas. No le temo a nada, créame.
Mire, le contaré por qué estoy aquí: no hace mucho que murió un amigo
y antes de morir me mostró un puñado de folios que él mismo había estado escribiendo.
En aquellas hojas figuraba una ciudad donde se bailaba tras el alba
y una mujer a la que él había querido hasta la ensoñación.
No recuerdo el nombre de la muchacha, pero sí el de la ciudad
donde alguna vez aquel amigo tuvo a mano ser feliz.
Acaso nunca me atreviera a preguntarle el nombre de la chica.
Acaso nunca él se atreviera a revelármelo.
Pero aquellos folios eran la sombra y eran la revelación.
Parecía echarla de menos. La echaba de menos. Se le notaba a leguas el vacío.
Había como una grieta en él y yo sé que era esa chica,
ese espejismo que se le había traspapelado en algún cruce de caminos,
la brecha donde la piedra quiere dejar de ser piedra.
La ciudad de las mujeres que bailan tras el alba, figúrese.
Él se pasó toda su vida buscando esa ciudad que es también y ante todo una soñera.
Ese amigo murió y yo estoy aquí,
porque me he propuesto encontrar a esa muchacha
para tal vez decirle que ella, acaso sin saberlo,
fue el centro mismo del mundo, el lugar donde el mundo se quebraba,
por eso le digo que si usted supiera de algún lugar barato donde dormir,
o de alguna ocupación, le estaría muy agradecido. Será cosa de unos días,
porque esa mujer me espera y esa ciudad me espera y no quiero demorarme,
porque no es bueno que esa mujer vuelva a huir y deje sobre la hierba
el rastro de su paso y de su huida.
(Viene acercándose en los pasos confusos,
viene acercándose en los ruidos dispersos,
viene en los ruidos mudos, en los confusos
viene acercándose, viene acercándose, viene acercándose)
... y, bueno, por acabar la conversación: al llegar a donde mi padre me esperaba,
sólo encontré una caja de cartón con sus cenizas.
Viajé con ellas hasta el Sur. Muy cerca ya de casa
había un río que corría, plácido, entre los álamos.
Me descalcé y me arremangué el pantalón hasta casi las rodillas.
Deposité la caja sobre las aguas y vi cómo se alejaba lentamente río abajo,
hasta que diez o quince metros más allá encontró una raíz
y allí quedó, cada vez más empapada y hundida. Y así mi padre se unió a la corriente.
Yo esperé al siguiente tren, porque siempre hay un tren que te aleja de todo
como hay un cubo de hielo que canta en el vaso la canción de la mentira y de la ausencia,
un punto donde hasta la piedra más dura parte sin esfuerzo.


EL AZAR Y VICEVERSA


EL AZAR Y VICEVERSA
Felipe Benítez Reyes,
Ed. Destino
Barcelona, 2016


Resultado de imagen para azar y viceversa 

Casi nunca escribo de las cosas que voy leyendo porque ya lo hice una vez y casi la palmo. Ejercer de crítico literario es acaso la peor y la más canalla de las profesiones que he experimentado y eso que he me he visto de apicultor, de peón de cementerio o de topógrafo del más allá. Basta que ante un libro al que has calificado por activa y por pasiva de espléndido se te escape una adversativa para que dos horas más tarde de que la reseña vea la luz, el autor se las ingenie para cagarse en todas tus mulas en privado y, una vez calentito de rioja, llamarte con un cierto rintintín -sic- para hacerte ver lo profundamente injusto de esa adversativa. Y fue por eso que decidí dejar de escribir sobre vivos y comecé a hablar sobre muertos, que no suelen llamar a deshoras y han atemperado la fe en las opiniones ajenas.
Creo haber leído toda la narrativa de Felipe Benítez Reyes y en cada una de mis expediciones a ese mundo suyo del escepticismo-mágico he salido mucho más confortado de lo que entré. Recuerdo con absoluto regocijo la lectura de Tratándose de ustedes, la novela que inauguró mi fascinación por su prosa. El novio del mundo, exagerada, locuaz, ingeniosa, lúcida y a ratos desternillante, me convirtió ya en un incondicional. El fraseo de aquella novela envenena, aturde, asombra... Acostumbrado a su verborrea virguera y al estado de gracia con que fue escrita El novio, Mercado de espejismos, la novela con la que su autor consiguió en Premio Nadal, me pareció que carecía de algo de swim (ay, niño, en cuanto te dejo solo, te comen las adversativas), de modo que esperaba con muchísimo interés su próxima novela, El azar y viceversa, cuyo título, todo hay que decirlo, tiene apostura bergaminiana. Pues bien, me bastaron unas pocas de páginas para saber que volvía a tener frente a mí la mejor prosa que uno puede echarse al coleto entre los autores vivos de este país. Y es que a pesar del escepticismo que parece ir abriéndose camino en el imaginario del autor, leer El azar y viceversa es una auténtica fiesta. Estamos ante un libro río, con lazos ineludibles con nuestra mejor tradición picaresca. Las estaciones de penitencia a que el destino -ese filósofo algo puesto, que diría FBR- somete a su pícaro protagonista, un buscavidas roteño que desde la muerte de su padre se ve abocado a negociar con la incertidumbre, con un cierto pálpito autodestructivo y con las trampas y veleidades del deseo y su ristra de diosecillas biodegradables, si no un verdadero carácter, van forjando, sí, una historia en la que el azar juega con la presunta incapacidad del protagonista para tomar las riendas de su propio destino. En cada vuelta de fortuna, la realidad del azar -sic- siempre acaba por traicionar sus expectativas, pero él continúa, imperturbable picapedrero del destino, buscándose la vida ante una galería de personajes a cual más bergante, follón y pisacharcos, aunque también los hay de una bondad o de una candidez infinita, como el enano ventrílocuo, María, o el anarquista Tiresias. Diríase que el narrador, que va mutando su nombre y su circunstancia, no es más que un pelele en manos de unos tiempos y unos hombres difíciles, donde escapar a los imaginarios conspirativos de los demás, de los propios y de la fatalidad, es la mejor de las noticias. Aunque Benítez Reyes eluda hablarnos de los hitos históricos concretos que sacuden al país y sólo aparezca el inolvidable 23 f, estamos ante una novela con una cierta fornitura coral, que relata con absoluto dominio del lenguaje, los entresijos de unos tiempos que no fueron tan fantásticos ni tan hermosos como la publicidad quiere hacernos creer. En esta galería de biodegradables, aparecen camareros del hampa, donjuanes, yonquis, niñatas, mariposones, escondidos, tratantes de antigüedades, pastilleros, anarcos, poetillas de tres al cuarto, notarios con parné, pajilleras, parlamentarios tarambanas, lolailos, embaucadores, camellitos, suripantas, abstraídos, y hasta una momia disecada... y todos ellos parecen sometidos a los vaivenes del azar y a las dentelladas de una vida que parece haberles cobrado demasiada ventaja.
Tanto en el poeta como en el escritor roteño, pervive un ambiente lisérgico, fluencial, donde la realidad se entrevera de sueños y los sueños se entreveran de realidad, al punto que a veces resulta difícil saber de qué lado van quedando unos y otros, pero al fin es una gozada seguir las elucubraciones de la palabra en estado de pura insurgencia, de brillantísimo cascabeleo. Acabando: una espléndida e hilarante novela que agranda la buena sombra de este escritor, acaso el mejor amueblado de nuestra generación.

HILO NEGRO, MEMORIA VISUAL DE FUENTEHERIDOS





“Hilo negro: más palante;
hilo amarillo: buscad en todos los rinconcillos;
bulto veo y de aquí no me meneo”.
Juego popular del hilo negro

El hilo negro fue un juego que los niños de Fuenteheridos solían jugar en las tardes-noches de invierno, cuando se hacía pronto la oscuridad (ver Al estribillo, de José Luis Macías, 2016, en esta misma colección). Como tal, el juego se extinguió sobre los años 70, pero al pensar en el título de este libro su imagen se me vino a las mientes por lo que tenía de metafórico y también por lo que tenía de rescate. El hilo negro que hoy presentamos es el hilo de la memoria, de la memoria plástica y fotográfica de ese pueblo donde los niños jugaban en la noche.
En 1850, fecha en la que se publica el Diccionario Madoz, Fuenteheridos era un municipio que doblaba en “almas” a la población actual; nuestros paisanos se dedicaban mayormente a labores de agricultura y ganadería, pero en el término no faltaban serrerías, molinos harineros y probablemente lagares, almazaras, tabernas, posadas y hornos de cal. Según este informe, Fuenteheridos malvivía en una pobreza tenaz, pero sin grandes sobresaltos. En fin, como vendría ocurriendo en cualquier otro municipio de un país desdichado que, sin embargo, seguía erre que erre en sus imaginarios históricos de imperio colonial.
Esquinado en el mapa de las Españas, arrinconado de todos los caminos, por esas fechas nuestro pueblo se parecía más a la aldehuela medieval que naciera en torno al barrio del Gavilán, que al Fuenteheridos del que hoy disfrutamos. Si se nos permitiera dar una vuelta por el pasado y siguiéramos sigilosa y libremente los pasos del colaborador de Madoz, allá por los albores de 1850, observaríamos que los “paperos” de entonces realizaban, con contadas excepciones, los mismos trabajos y pasaban las mismas o parecidas fatigas y quebrantos que los primeros repobladores venidos de los reinos del Norte, que construyeron sus casas allá por el siglo XIII, lejos de la fuente grande, donde tal vez la vida fuera más insalubre y llena de zozobras; y si las fatigas y las expectativas de unos y de otros no serían muy distintas en estos seis siglos, tampoco lo serían sus métodos de trabajo, sus explotaciones, sus aperos, sus ajuares, su manera de nombrar a las cosas y a las gentes, sus fiestas, sus construcciones, sus ritos relacionados con la naturaleza, sus costumbres, sus cuentos y canciones...
En ese hipotético recorrido por el Fuenteheridos de 1846 que haremos junto a este curioso forastero, nos encontraríamos con centenares de gallinas por las calles, con perros tumbados a la sombra de las paerillas, con cabras triscando la yedra de los corrales o las callejas, con cientos de burros y mulos aparejados y cargados de taramas, heno o greña, con las matas de orégano puestas a secar en las fachadas de zócalo color tierra o añil del barrio alto, con mazorcas u orejones arracimados en las solanas, con el olor a pan recién hecho en alguna de las panaderías del pueblo, con los zarzos...; en la plaza del Coso encontraríamos a extraños y tal vez trajeados personajes (tal vez los cobradores de las temibles contribuciones o quizás forasteros que venían hasta el pueblo en busca de porvenir sorteando los charcos y echando miradas furtivas a las lavanderas que bajo su pañuelo a la cabeza, enjuagaban la ropa entre los puentecillos y los regatos); tal vez si desde el hontanar que entonces era la plaza nos diera por dejar atrás el crucero y echarnos a andar por la calle de la Fuente, nos encontráramos con aguadores y con viejas lavanderas que subían con la colada sobre una especie de roete de paño colocado en la cabeza; nos cruzaríamos con una yunta de bueyes que regresaba ya de la faena por esas Valdelamaderas, en cuyo camino acaban de levantar un cementerio; advertiríamos la fragancia de los peros o los melocotones extendidos en los suelos de los zaguanes previamente pavimentados con helechos, y tal vez si el tiempo fuera de castañas podríamos asistir al aroma de los borrajos y a las concurridas fiestas nocturnas en las llamadas casas de las apañaoras donde suenan las castañuelas, las bandurrias o las flautas; tal vez al sonido de las campanas podríamos detenernos un rato en alguna de las tabernas del barrio alto donde se despachaba mosto de El Coto o de La Viña de la Higuera, mientras un calero exageraba las arrobas de cal de su nuevo horno de Navasola o Los Zurraores, el regaó del pago de la Valunguilla trataba de cobrar unos reales al hortelano y el cabrero sostenía que este año el agua vendría tarde y poca. Si saliendo de la taberna, siguiéramos calle arriba tal vez escucharíamos las recatadas puntadas del zapatero, los cantiñeos del lañador, los precisos martillazos del herrero, el sonido de los zancos de un par de zagales que juegan en la Plaza Alta entre gallinas y gatos meditabundos, nos seguiría el compás de la garlopa del carpintero en la calleja del Estanco, las toses de un tísico -pobrecillo, no llegará al tiempo de las cerezas-, la charla prieta del talabartero con un arriero vidargo y guasón que acaba de descargar tres sacos de papas de la Postura de los Mundos o de Guirola, las voces peregrinas de las zagalonas oreando los colchones, el tocotó de un mutilado de las primeras guerras carlistas, que ahora hace banastas y cestas, y un hombre huraño y tenaz con un brazado de taramas o un haz de calquesas al hombro subiendo trabajosamente la calle del Castillo; más adelante saludaríamos a una vieja que enseña labores de punto de cruz a zagalillas tunantas y risueñas, y nos sorprendería que el llamado Barrio fuese entonces un castañar, que el cementerio viejo siguiera en el Carnero, pegado a la iglesia; que se alzara un tilero enorme en el porche de la iglesia donde al atardecer se sientan a charlar los viejos, que la Charneca y la calle de los Tejares fueran apenas caminos donde comenzaban a asentarse casas, que la carretera que atraviesa el pueblo no existiera, como tampoco Villa Onuba o las canteras, que la actual fuente aún no estuviese erigida, que el crucero de mármol -la cruz- se hallara más escorado a la Esquinita, que en el lugar de la plaza de toros se alzase un precioso olivar, que la escuela actual fuera un huerto de castaños tempranos regado por las aguas de la fuente Cimbera, o que en la torre, acaso la más bonita y pizpireta de la Sierra, aún no anidaban las cigüeñas; de vuelta a la Fuente nos encontraríamos a abueletes sentados a la recachera en sus sillas de enea a las puertas de sus casas ataviados con las viejas y ajadas chambras, limpiando jabichas o haciendo cucharas con madera de berezo; un poco más allá veríamos a niños llenos de sabañones jugando al hilo negro, al marro o a las champas, según la época, al barbero que anduvo sirviendo en Cuba esperando la clientela mientras observa el vuelo elegante de los vencejos y golondrinas que hacen sus nidos en los aleros, a un cura con sotana y bonete seguido de dos monaguillos que baja algo pesado y sudoroso la calle, al dueño de la pensión, recién llegado de Cumbres Mayores, regando unas pilistras y quitándose a manotazos las moscas de la cara, a un segador afilando su guadaña apoyada sobre un madarro, junto a la liara; probablemente nos veríamos sorprendidos por un rifirrafe de gatos en un tejado, y tal vez de una de las esquinas se nos apareciese un rebuscador, un zagal con una cesta de gallipiernos o cerezas (según la temporada), un porquero tras una piara de guarros, o una muchacha con el cántaro al cuadril. Escucharíamos silbidos de enamorados, denuestos de viejo, piropos azarosos, pregones de buhoneros, ecos de canciones de ciegos que narran tremebundas historias de cuernos y asesinatos que habían pasado en Extremadura o en Galicia, vaya usted a saber; lamentos de una madre a la que le acaban de notificar que su hijo se tiene que ir a servir a Manila o a Cuba, pregones de aguador, campanillos de cabras, cencerros de vacas, el chasquido franco de un hacha y el olor primoroso y limpio de un jazmín. De noche no veríamos más luz que las de las estrellas y acaso algún pálido resplandor de vela reflejándose en un ventanuco. En la apacible noche el pueblo tal vez olería a leña de chimeneas, a migas o poleás recién hechas o a corato de guarro asado en las cenizas, justo en esa casa de la esquina de calle Álamo con Águila, donde varias familias se juntan esta noche de invierno para contarse cuentos y chascarrillos que los niños no aciertan a entender, y ya un poco de madrugada, al doblar la calle Sola, nos parecerá sentir el inverosímil frufrú de una marimanta. Muy temprano, casi al amanecer, tras el canto del gallo, regresaría la vida a los hogares y la marimanta a su casa. Los zorros estarían de regreso a sus cuevas, tras haber pasado la noche acechando a las gallinas cluecas en un corral del Chorrillo, los tejones hocicarían en el maíz, y los topinos horadarían las lievas y los quebraeros. Por Maiguerra crecería el culantrillo y la magarza, y en los Vallemenores se escucharía el canto del cárabo, mientras, un poco más allá, en la Cuesta de los Chinorros, donde se extraía la arena y la tierra para la construcción, los abejarucos emprenderían sus primeros vuelos matutinos. En el Risco Aburacao, horadado por los rayos, un águila dibujaría círculos sobre una mula muerta y en los castañares y pinares cercanos escucharíamos el toc-toc del pico caballar. Al filo del amanecer, en el hondón de las cuadras o en las cerquillas próximas los hombres aparejarían a sus bestias y el olor a pucherillo acaso engañara al frío, mientras afuera ladraban perros, maullaban gatos, y en una casa cercana a la era de la Carrera, una mujer llegada años atrás de Encinasola, Valdelarco o de Hinojales terminaba de dar a luz y otra, a mitad de la calleja del Estanco, se hacía releer una carta de un novio que estaba haciendo la guerra por la parte de Navarra o Aragón, cualquiera sabe, antes de ponerse a algofifar los suelos de barro cocido, mientras una carrafilera de niñas cantan en la escuela femenina la tabla del tres.
Son detalles e historias que el colaborador de Madoz (1846-1850) no consignará en su informe. Tendrá tiempo, sí, para hacer algunas preguntas sobre el pueblo, y añadir algún dato más. La verdad es que no hemos tenido que hacer un ejercicio imaginativo demasiado grande: muchos de los elementos descriptivos que he señalado seguían estando vivos y presentes en los años sesenta del siglo XX y ni a mí ni a la gente nacida antes del 60 nos resultan ajenos. Lo cierto es que el colaborador de Madoz, que se ha guardado lo mejor de su estancia para sí, nos ofrece la siguiente descripción de nuestro pueblo:

Vecindad con ayuntamiento en la provincia de Huelva (15 leguas), partido judicial y adm. de rentas de Aracena (12) , diócesis audiencia territorial y ciudad g. de Sevilla (6) . S I T . en la umbría de una sierra sobre 3 collados, en el camino que conduce desde el Fregenal á Zalamea, próxima á la fuente que es cabecera de la rivera de Murtiga, con buena ventilación y CLIMA, siendo las pulmonías y todas sus semejantes las enfermedades mas frecuentes. Consta de 251 CASAS de 512 varas de altura con buena distribución, repartidas en diferentes calles empedradas y limpias y 2 plazas, una de figura triangular de 30 varas de larga y 10 de ancha, y otra llamada el Coso frente á la fuente y con una cruz de mármol bien concluida, es de 60 cuadradas; hay una sala de ayuntamiento en cuyos bajos está la cárcel, escuela de niños dotada con 1.100 reales y otra de niñas sin asignación, concurriendo 30 alumnos á cada una; una fuente abundantísima citada anteriormente de cuyas buenas aguas se proveen los vec y surten á los ganados; iglesia parroquial (El Espíritu Santo), servida por un cura de entrada de nombramiento del ordinario, un presbítero, un sochantre, un crucero y 2 acólitos; y por último, un cementerio estramuros á la parte del O. que en nada perjudica á la salud pública. Confina el término por el E. y S. con el del Castaño, y por O. y N. con el de Galaroza, teniendo de extensión 1/2 leguas cuadrada; en él se encuentran varias canteras de mármol blanco , de las que se han estraido y llevado á Sevilla piedras de consideración, pero en la actualidad no se cortan ningunas por no haber caminos para conducirlas; existen porción de minas denunciadas, mas en el dia se hallan paralizados sus trabajos. El TERRENO es de mediana calidad, bastante montuoso y entrecortado formando cordilleras que corren de Este á Oeste, siendo la mayor de todas las sierras la llamada del Castaño; no hay bosques pero sí muchos castaños cuya madera se utiliza y vende para distintos puntos; algunas suertes de tierra de las en que está dividido, se riegan con las aguas de un arroyo del que se hizo mérito al principio de este art., cuya dirección y curso perenne es hacia el O.; en la misma corre otro conocido por la Urralera, dist. 1/4 de leguas de la población; uno y otro impulsan el primero á 4 y el segundo á 3 molinos harineros. Los CAMINOS son de herradura y se dirijan á Huelva, Sevilla , Badajoz y Ayamonte; se hallan casi intransitables. La CORRESPONDENCIA se recibe 2 veces en la semana de la capital del partido. INDUSTRIA los molinos harineros y la elaboración de maderas para edificios y otros usos, COMERCIO importación de todos los art. de primera necesidad, pues el terreno no produce mas que unas 4.000 a. de patatas, y 1.000 fan. de castañas; no hay ganados pero si caza de conejos, perdices y algunos animales dañinos, POBLACIÓN 307 vec, 1.229 almas CAP. PRODUCCIÓN PRINCIPAL: 2.464, 287 reales. IMP. 82.773. El PRESUPUESTO MUNICIPAL asciende á 8.057 reales y se cubre con 3.841 que producen los arbitrios de romana, marco y pesos y medidas menores, y el déficit por reparto vecinal”.

Mucho parece haber llovido desde ese 1846, pero en realidad y, como se ha insinuado, el período transcurrido desde entonces representa apenas una cuarta parte del total de la historia del pueblo. Sin embargo es en estos últimos ciento setenta años -desde la publicación de este diccionario- cuando Fuenteheridos se ha transformado realmente. Es más, podríamos asegurar que la transformación ha sido gradual, de forma que los cambios más evidentes se han ido manifestando en las dos últimas generaciones. Estos cambios implican no sólo a la visión arquitectónica del pueblo, con una importante pérdida de la impronta leonesa que lo había caracterizado hasta entonces, en favor de un cierto toque andaluz, sino también al propio proceso de socialización.
Fuenteheridos vivía entonces de los recursos de la agricultura y de la ganadería, y hoy en día esas actividades aparecen bastante orilladas, siendo el turismo y las demás actividades del sector terciario los que asumen el principal sustento municipal. Si apenas hace dos o tres generaciones la población caballar, caprina, porcina, bobina y aviar, formaba parte de nuestro entorno y hasta diría que de nuestro paisaje urbano, hoy todo eso ha quedado reducido a unos cuantos y vistosos caballos de recreo. Por no haber, apenas si sigue habiendo gatos en nuestros tejados. Igualmente podría afirmarse de las costumbres y de los valores campesinos. La palabra ha dejado de tener valor de cambio y de compromiso y los valores religiosos y morales se mueven por derroteros más universales.
Pero si el pueblo ha sido transformado por las derivas exteriores de una sociedad cambiante en lo económico, en lo cultural y en lo social merece la pena destacar acaso unos pocos hechos que sin duda han marcado los hitos humanos (demográficos incluso) del municipio durante estos últimos 170 años,.
El primero de ellos es la inestabilidad política del siglo XIX con las guerras carlistas y la posterior agonía de nuestro colonialismo de finales del siglo XIX y principios del XX, con los desastres de Cuba y Marruecos, donde vecinos nuestros encontraron la mutilación o la muerte; sin embargo, en el primer tercio del siglo XX la prosperidad de la agricultura hizo que el pueblo creciera y que se levantaran casas burguesas por las calles de La Charneca, La Fuente o La Cantina; para entonces los productos de nuestro pueblo eran sobradamente conocidos en las principales plazas de Andalucía Occidental y el Sur de Extremadura, desde Huelva hasta Cádiz, pasando por Sevilla o Zafra.
El segundo hecho significativo es la guerra civil (1936-1939), en la que más de cuarenta de nuestros vecinos perdieron la vida por exclusivas razones políticas y que sin duda dejó un costurón social que ha tardado mucho en cicatrizar (ver Brutal 23 de agosto, Rodolfo Recio, Ed. Huebra 2006). Algunas familias se vieron condenadas y los poderes civil y religioso impusieron su ley. Tras la guerra hubo un efímero momento de repunte económico debido a la falta de productos de primera necesidad en los mercados. Como en otras partes, aquí triunfó el estraperlo.
Otro hito trágico en nuestra reciente historia es el proceso migratorio que se produjo a finales de los años '50 del pasado siglo y que se prolongó al menos durante tres décadas, si bien es un proceso que continúa bajo otras premisas; esto coincidió con la degradación económica de la agricultura y la ganadería, en una clara voluntad del régimen dictatorial de industrialización del país. El sur peninsular vio diezmada así gran parte de su población. Hay que pensar que la emigración ha supuesto una sangría para nuestro pueblo, donde mermó la población al menos en un 50% y es muy rara la familia que no se ha visto afectada por ese proceso; Sevilla, Huelva, Cataluña o Madrid fueron los destinos elegidos por nuestros paisanos.
El siguiente hito transformador ha sido la llegada de la economía de consumo y como consecuencia directa de ésta, la democracia y una nueva concepción administrativa del territorio. La sociedad de consumo ha supuesto para Fuenteheridos una espectacular transformación, no ya en los evidentes cambios producidos en el casco urbano y en el interior de nuestros hogares, sino también con los cambios de valores sociales y en el gradual protagonismo del turismo en nuestra economía local; el turismo, asociado al aire puro, a la gastronomía, a nuestra feraz y bellísima naturaleza y a la bonanza de nuestras aguas, se comenzó a desarrollar a principios del siglo XX, generalmente a través de Sevilla, para irse consolidando como la principal fuente de ingresos en la actualidad, siendo Fuenteheridos uno de los destinos preferidos del país para el turismo rural de naturaleza. Por último, la creación del Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche, unido a la introducción de las nuevas tecnologías en las vidas de nuestros vecinos, ha ayudado a extender esa brecha entre lo que podría suponer la vida de 1850 y la de hoy en día.

Fuenteheridos es uno de los pueblos con mayor singularidad dentro del carácter ya de por sí singular de la comarca. Tal vez nuestro carácter, que podríamos definir como abierto, no demasiado apegado a las tradiciones e innovador, podría estar motivado por dos hechos fundamentales: su ubicación central en la región, que nos convierte en un pueblo acogedor y bien relacionado con su entorno, y el minifundio, que dota a los paperos de una visión individualista y luchadora, muy apegada a la tierra, donde el sistema de clases sociales ha sido tradicionalmente atemperado. Es cierto que Fuenteheridos, como todo el entorno, no pudo eludir el caciquismo de finales de siglo XIX y principios del XX, pero el nuestro fue un caciquismo suave, que poco tenía que ver con el de las poblaciones cercanas donde los caciques locales se repartían casi en exclusiva los medios de producción y, en consecuencia, podían ejercer una exasperada presión sobre los jornaleros, demás habitantes del lugar. Nuestros vecinos, en cambio, desde sus pequeñas huertas y castañares y desde su continuo laboreo, han vendido tradicionalmente el producto de sus campos y su sudor, de manera que mayoritariamente no dependían de un solo y omnipotente dador de empleo, lo que hizo que las divisiones y los conflictos sociales no fueran tan dramáticos como en otras localidades del entorno. Existe una singular leyenda sobre el origen del nombre de Fuenteheridos -enigmático y hermoso como pocos-, que tras pasar por el imaginario local, recoge el periodista aracenense José Andrés Vázquez en ABC de Sevilla, el 14 de mayo de 1935. Según esta leyenda, el nombre de Fuenteheridos provendría de un conflicto de orgullo entre los vecinos de la aldea de La Fuente, que es como se denominaba a nuestro pueblo, y Galaroza, entonces capital del municipio. Será en nombre de la dignidad y el orgullo herido de los paperos, que se enarbola la rebeldía contra la villa de Galaroza, exigiendo y obteniendo su independencia, de la que ahora se cumple el tricentenario. En esta leyenda poética y, como casi todas, ajenas a la realidad, se desprende el carácter, si no belicoso de la población, sí independiente e indómito, y que continúa siendo una de nuestras señas identitarias.
Otro aspecto que define a Fuenteheridos es su indolente relación con las tradiciones. Casi todas las localidades serranas perpetúan viejos rituales y mientras más aisladas sean estas poblaciones, más vivos son estos rituales en general. Es el caso de Encinasola, Hinojales, o Aroche, pueblos aislados pero con un hondo sentido identitario. Fuenteheridos siente un cierto desapego por la tradición, a la vez que continuamente trata de reinventar otras nuevas. El ejemplo más cabal es el de la Virgen de la Fuente, actual patrona de la localidad, que apenas cuenta con 53 años de vida. En estos últimos años se han perdido (o casi) tradiciones tan interesantes como la Cruz de Mayo, el día del bollo, los borrajos de verano, los quintos... pero, curiosamente han surgido otras nuevas como la Fiesta de la Castaña, las Fiestas de Agosto con sus ritos en torno al agua y la feminidad, el Carro de Navahermosa... De todas nuestras viejas tradiciones, apenas se mantiene “el chopo”, “el judas” (si bien muy tergiversado) y el precioso ceremonial de El Corpus, con sus helechos y pétalos de rosa alfombrando las calles. Este singular desapego a los ritos acaso tenga que ver con la singular movilidad demográfica de Fuenteheridos, ya que éste no es un pueblo de arraigo sino de paso. Un porcentaje altísimo del padrón actual lo forman personas no nacidas en la localidad, sino venidas de otras partes, que se integran en el pueblo con normalidad y quienes, como norma general, sienten menor arraigo por unas tradiciones que no son las suyas. Un caso particularmente curioso de desapego por la tradición se resume en nuestra iglesia, que en los años '60 del siglo XX pasó de tener un retablo neoclásico a uno de arte Pop, el único existente en toda la comarca. Este hecho que en algunas otras poblaciones hubiera conseguido que sus habitantes se echaran a las calles, en nuestro pueblo apenas si suscitó un vago sentido de nostalgia por el viejo altar. Esperemos al menos que se conserve esta singularidad del arte pop, que nos hace únicos. Otras muchas otras cosas de antaño se han destruido sin que nunca se hayan registrado protestas muy significativas, como ha ocurrido con la casi desaparición de las lievas tradicionales o del puente de ladrillos que daba nombre a la calleja del Puente Membrillero. Aun así, el pueblo se halla en buen estado y ha logrado conservar su encanto y preservar su identidad. Todavía podemos apreciar solanas, aleros volados, ventanucos, corrales, tapiales de adobe, paerillas, fachadas vetustas como la de Marcelina en plena plaza del Coso o la casa nº 17 de la calle Álamo, donde milagrosamente se ha conservado el alero volado, el fantástico balcón de madera de castaño y la puerta de inspiración netamente leonesa. Hemos conservado también los empedrados de calles simbólicas como la del Castillo, o las de las cuestas de la Caná o Maiguerra, ambas en el camino real de Cortelazor, y hemos remodelado la vieja era de la Carrera, nuestros mejor mirador a la majestuosa y frondosa sierra que nos rodea.

Este libro no sólo pretende devolvernos instantáneas y fotos de paisajes interiores de Fuenteheridos, sino que quisiera ahondar en nuestra identidad cultural y darnos a conocer aquello que el tiempo ha ido arrancando de nuestras miradas. No nos llama un sentimiento de nostalgia porque sabemos que todo tiempo pasado fue peor -o mucho peor-, ni un sentimiento conservador porque es el cambio el único camino que nos conduce hacia el futuro. Los pueblos se transforman al ritmo de su historia particular y de la Historia en mayúsculas. Hace tres siglos nuestro pueblo no había bajado a “la Fuente”, no estaba encalado y probablemente ninguna de nuestras calles aparecían encañadas o siquiera empedradas. Tampoco había baños en las casas, ni terrazas tal cual hoy las conocemos, siendo los interiores lóbregos y oscuros, de anchas paredes y de pequeñas ventanas para no dejar entrar el calor o el frío, con un horno y acaso un pozo, y en las cuadras, corrales, gallineros y zahúrdas dormitaban cientos de animales. La muerte acechaba en cada cosa, las mujeres morían de parto y los hombres regresaban destrozados de esas guerras remotas. No había ni qué pensar en hospitales. Las “yerbas” todo lo curaban, para la diarrea la tisana de cebada, para el mal de muelas la amapola real, para los dolores de menstruación el gordolobo y el hipérico para los relajamientos y contusiones. Los abuelos desahuciados por la salud eran acogidos por las familias numerosas y los niños, desde muy temprana edad, trabajaban en el campo y en lo que caía. No, no eran tiempos mejores.
Las instantáneas que hoy presentamos en libro y en exposición sólo pretenden hablar a nuestros oídos, poniendo en valor rincones, sacando a relucir maneras de entendernos con la vida, creando, además un archivo de imágenes y sensaciones, de personajes que pasaron por nuestras vidas, de instrumentos con los que hicimos camino, de situaciones y hechos que acaso deban ser preservados para generaciones futuras. Este libro se ha llevado a cabo para hablar de lo nuestro y de los nuestros, para darnos coraje y ánimo y para saber que nada hay de nuevo bajo el sol. Este libro es además un homenaje a quienes hoy ya no están entre nosotros, a quienes un día vivieron en nuestras calles, a quienes alzaron fachadas o excavaron pozos, a los que sembraron árboles, a quienes lavaron ropa, recogieron agua de las fuentes y los pozos, atendieron a los enfermos, sembraron y parieron a nuestros paisanos y dieron instrucción a nuestros zagales. A veces se habla de ellos con sus “motes”, y nadie se moleste, pues era y es así como los nombramos y nos llegan al recuerdo. Este libro es un homenaje y también un nuevo paso. Este libro, paisanos, es vuestro. Cabal, totalmente vuestro.
Queremos agradecer a los colaboradores, a los generosos dadores de fotos (Rocío Gómez, Chari, Encarni y Pepi Romero, Isabel Romero, Cecilio Gutiérrez, Aurora Romero, Ramón Hidalgo, María López, Ana Escobar, Rodolfo Recio y su hijo, Rodolfo Jesús, Miguel Ángel Fernández, Camila Romero y su hijo Jesús, Isabel y Matilde Domínguez, Lali Serrano y su hijo Ángel, Diego Diajara, Alfonso Barragán, Basilio y Flor Bomba, José Manuel López, Luis Manuel y Miguel Ángel Castillo, Manolo de los Reyes Bermúdez, Estrella Hidalgo, Manuel Ojeda, Miguel Domínguez, Raquel Bermúdez, José Luis Macías, Manuela Plaza, Ana Rosa Moya, Isabel Martín de Aranda, Juan Bomba, Toñi C. Cabezalí, el zufreño Santiago Glez Flores...), a cada uno de los que de una forma o de otra os habéis implicado en el buen curso de estas páginas, prestando fotos y tiempo, comentando cuestiones relacionadas con el libro, ayudándonos en nuestras pesquisas, aclarándonos y corrigiéndonos en nuestros datos, asesorándonos en todo ese mundo en tenguerengue que suele habitar en cada libro y en cada palabra. Este proyecto es también tuyo, que ahora pasas sobre sus páginas: nosotros, Carlos Manuel y yo, sólo hemos puesto en vuestras manos lo que previamente tú nos has ofrecido. Os agradecemos mucho vuestra generosidad no para con nosotros sino para con todos, pues una foto es al fin al cabo algo unido a la intimidad y tiene algo de sagrado. Queremos deciros que hemos tratado cada foto con el mismo cariño con el que ustedes nos la habéis prestado y tanto en los textos como en los trabajos de edición hemos intentado dignificarlas.
Cualquier selección es un asunto siempre complicado. Nosotros hemos procurado hacer nuestro trabajo con objetividad, lo que no quiere decir que no hayamos cometido errores. Os perdimos perdón por ello. Éste no es ni quiere ser un libro erudito. Los datos que se aportan han sido contrastados pero ello no es óbice de que salte el error aquí y allá o que se omitan datos que tú consideras importantes. Desde ya os pedimos disculpas. Este libro prescinde de bibliografía, pero cualquiera que lo desee puede consultar el aparato críticoo de los dos libros que han aparecido ya en esta misma colección. Lo importante aquí son las fotos de nuestro pueblo y las explicaciones que nos sugieren cada una de ellas. Nos hemos decantado por las fotos que hablan de la “transformación” del pueblo, de los cambios producidos en este tiempo y, por supuesto, por aquéllas que pudieran tener cierta importancia histórica. En otras ocasiones nos han interesado las relaciones de poder, los ritos religiosos o civiles, las tradiciones, o aspectos de la vida que han desaparecido. Nos interesan nuestros personajes, nuestros rostros por más que a veces no sepamos quiénes sean.