ANTONIO ORTUÑO, CUENTO


Resultado de imagen de antonio ortuñoDesconocía de la existencia de Antonio Ortuño (México, 1979) hasta que el año pasado (2016) se alzó con el premio Ribera del Duero de relato por su libro La vaga ambición, que publica Páginas de espuma. No suele fallar este premio y si no pregunten por Siete casas vacías de la argentina Samanta Schweblin, libro inquietante y redondo. Desde entonces he leído algunos de los relatos de Ortuño en los que destaca su inteligente sentido del humor que no rehuye la excentricidad, su limpieza de ejecución y su enorme swim narrativo. Es autor de algunos libros de relieve como El jardín japonés, La Señora rojo, Agua corriente y el citado La vaga ambición, eso por  remitirnos a sus colecciones de cuentos. El relato que hoy reproducimos es acaso el que más veces haya visto la luz de toda su producción. En él, creo, se reúne gran parte del universo narrativo y el talento indudable de este joven cuentista mexicano. 

LA SEÑORA ROJO
Antonio Ortuño

En mi jardín hay una tortuga del tamaño de una mesa. Agoniza, hace días, bajo el ventanal. Nunca me han entusiasmado los animales, pero las tortugas tenían ante mí el prestigio de la mudez. Pues no: hacen ruido. Esta, al menos, emite unos gemidos que complican el sueño y arruinan el desayuno.
Mi mujer y las niñas la riegan por las noches y le ofrecen comida. La bestia, lánguida, masca la lechuga pero al poco rato la vomita, convertida en una pasta sangrienta que hay que disolver a manguerazos. Las niñas parecen considerar gracioso el proceso y han comenzado a entregarle apios o coles a nuestras espaldas, con el resultado de que su cuerpo está rodeado, ahora, por un círculo de hierba calcinada por las náuseas. Además de afearnos la vista, la alimaña nos destruye el zacate.
Amo este clima.
Cientos de tortugas llegaron a la ciudad en los meses pasados. Casi todas fueron inmediatamente atropelladas, o lanzadas al vacío desde los puentes peatonales (y, consecuentemente, atropelladas), o utilizadas como tambores por los muchachos del tianguis cultural (decoradas, claro, con telas de colores, como bailarinas de salsa) y después convertidas en sopa en los barrios periféricos y en más de un fraccionamiento amurallado.
Comprendo y aplaudo a todo verdugo de tortugas: si no fuera un sujeto esencialmente holgazán, como soy, saldría ahora mismo al jardín y arrastraría al monstruo a la calle para que lo atropellaran. Pero como no tengo la menor intención de llenarme los pantalones de sangre y vómito, me limito a mirar cómo la riegan, aprovechando las dos horas de agua que nos corresponden por las noches. Si viviera, mi padre diría: Trabajas todo el día para que tu agua la aproveche una tortuga desahuciada. Eres un pobre imbécil.
Trato de leer el diario, pero estoy harto de las noticias sobre animales de van a morir en sitios en donde ni siquiera se suponía que vivieran. De cualquier modo, la tos de la bestia tampoco permitiría avanzar demasiado en el libro que abandoné desde su llegada. Nadie sabe porqué están en la ciudad. Algunos sospechan del clima. El delirante calor es bueno para las tortugas delirantes.
Una mañana, descubro que las niñas hablan con gran familiaridad de una Señora Rojo e intercambian risitas. Alarmada, mi mujer me confiesa que bautizaron así al animal, aunque su sexo sea una conjetura. El Rojo es por la sangre, claro, que ahora sale de su boca a borbotones hasta cuando no se le da lechuga.
Eso significará que el fin se acerca, quizá, pero mientras la muerte vacila, mi jardín y la zona de la casa que se asoma al ventanal han comenzado a apestar. Temo que los camiones asignados por el gobierno para recoger los cadáveres me multen por mantener con vida a este filete en putrefacción.
Mis miedos se consuman. Una noche, al llegar del trabajo, me encuentro con que un agente ha adherido una multa al caparazón de la Señora Rojo. ¡Setecientos pesos! Por ese precio habría podido rentar un carro alegórico que le diera dos vueltas a la ciudad. En venganza, le ofrezco dos lechugas como cena y subo el volumen del televisor cuando le comienzan las arcadas. Ojalá le duelan.
-Déle a beber un poco de cloro -me sugiere el vecino, a quien consulto cuando lo veo sacar un cadáver en una gran bolsa negra. -Con un vasito que le haga pasar, se deshace del bicho.
Pero la Señora Rojo es tan lista que no bebe el cloro, sino que lo escupe cuidadosamente en mis zapatos.
El interés de las niñas decae, lo mismo que la compasión de mi mujer. Ahora, unas y otra se quejan del olor y me hacen responsable del bienestar de la cosa. Me empujan a llamar a un veterinario o, insinuantemente, a lanzarla por encima del muro, hacia el jardín del vecino. La segunda idea no parece mala, pero para levantar semejante montaña de aletas y carey se necesitan unas fuerzas hercúleas que no poseo. Fracaso al cargarla: la bestia vacía su estómago presionado sobre las perneras de mi pantalón.
Los días se vuelven oscuros. Pierdo de tal modo el hilo de las noticias -cómo leer diarios, cómo mirar el televisor a unos metros de donde la Señora Rojo tose- que me toma por sorpresa la llegada del grupo de biólogos de la Universidad.
-Reportaron una tortuga enferma.
Bendigo mentalmente a mi vecino. Las niñas imploran que no la entreguemos, pero yo recompenso a los biólogos con quinientos pesos y un vaso de agua para cada uno.
Nuestra primera noche de paz es estupenda. Regamos la zona de hierba quemada y removemos la tierra. Acostamos temprano a las niñas y mi mujer se pone el camisón transparente. Dormimos a la perfección.
Me despiertan gritos de alborozo.
-¡Papá! ¡La Señora Rojo está en el jardín!
Mi mujer cubre su desnudez con una precaria sábana. Yo me envuelvo en otra, como un cónsul romano, y a toda prisa acompaño a las niñas, que me jalan las manos, ávidas de guiarme.
No es, desde luego, nuestra vieja Señora Rojo. Es un ejemplar mayor, pesado y enfermo, llegado quién sabe cómo a mi hierba. Huele como un batallón de Señoras Rojo en agonía.
¿Dónde puse la tarjeta de los biólogos?
Carajo.


Amo este clima.

LA SOMBRA DEL CAIMÁN

Acaso La sombra del caimán sea el cuento que más veces haya publicado. Mi segundo libro de relatos ya levaba su título por ser el cuento más emblemático. Es un cuento claramente cortazariano, pues en mi juventud fui un fervoroso lector de Cortázar. Tuve la cosa de ocultar aquellos cuentos que más debían al rioplatense y durante unos años me dio por matar a aquel padre que tanto me ha enseñado y a quien tanto debo. Hoy traigo aquí este cuento que acaso camine libremente ya por internet. Habla de los miedos, de los deseos y de los miedos. En fin, espero les guste.




LA SOMBRA DEL CAIMÁN



Puede que alguno de ustedes recuerde mi historia. La televisión y los periódicos la explotaron en su día hasta la saciedad. Debo asegurarles, sin embargo, que muchas de las informaciones que les han llegado al respecto, incluyendo las entrevistas que en su día hicieron a mi mujer, suelen caer en un cierto tono fantasioso y errático, que muy poco tienen que ver con la realidad. Entiendo que la vida es endiabladamente dura, que la gente tiene que comer, que pagar sus hipotecas y cambiar de cuando en cuando de coche o de nevera, pero me cuesta creer que haya tanta gente que esté deseando hacerse con unos cuartos con el infortunio de los demás. Si elegí este centro fue porque en él, se me aseguró, podría contarlo todo con libertad. Consideren, por último, que ante la maraña de versiones interesadas que han salido a la luz durante estos meses y que he tenido que leer incluso por prescripción facultativa, hasta yo mismo he ido acomodando algunos detalles equívocos a mi propia versión, sin que ello, eso sí, contamine gravemente la verdad.
Ana acababa de llegar de uno de esos reportajes fotográficos que le llevaban de uno a otro lado del mundo, visitando cráteres o ruinas, fotografiando desastres, levantamientos armados y todo lo que le caía al paso. En aquella ocasión le había tocado Venezuela, un país por el que Ana se sentía atraída desde que una vez anduvo haciendo un reportaje sobre la Guajira. Un mes entero pateando los barrios más impenetrables del viejo Maracaibo de la mano de un escritor de moda, había acentuado aún más esa vieja atracción y la verdad es que venía radiante y cargada de corotos. Entre ellos un frasco grasiento y vacío donde los indios, aseguraba, habían tenido la ocurrencia de encerrar la sombra de un caimán.
Han escuchado bien: la sombra de un caimán.
Pueden suponer que se trataba de un frasco corriente, lacrado con un sencillo emplasto de hojas desconocidas. Tras tomarlo entre mis manos, vi con cierto alivio que en él no había indicio alguno de sombra ni de nada, y como no era cuestión de disimular mi decepción, me acerqué a la ventana y contemplé la ciudad, que empezaba a encender sus farolas. Esto, me dije observando el alfabeto de luces minúsculas que describían un arco en torno a la bahía, sí que es la sombra de un caimán. Pilar, en cambio, consideró el frasco con el mismo interés con que hubiera considerado una crátera romana o una fíbula ibérica, deseando encontrar fervientemente algún indicio del reptil en su interior, para así congraciarse con ese talante esotérico y soñador de su hermana.

Una mañana -contaba la reportera-, cuando fotografiaba un estrafalario mercadillo, se le acercó un individuo de aspecto aindiado, envuelto en una especie de bata raída que apenas le dejaba ver unos tobillos salpicados de bubas resecas y cicatrices, y cuyo color, si es que algún día lo tuvo, resultaba bastante difícil de precisar. El personaje se defendía dificultosamente en un castellano contagiado de esa curiosa aflicción que parece inocular a los indios apenas se alejan unas leguas de su huaca. Tras un rato de cháchara, el indio extrajo algo de entre las ropas y, tras un gesto de calculada humildad, se lo extendió a la sorprendida reportera. Ana no se atrevió a examinar aquello que sólo parecía una mísera botella envuelta en hojas.
Ella, que en esos momentos ni siquiera se atrevía a mirar cara a cara al desconocido, recibió el frasco con cautela, aunque por más que lo evaluaba, no parecía distinguir nada en él. El indio, mientras tanto, no dejaba de mover mucho las manos dentro de su bata, como si de un momento a otro fuese a levantar el vuelo. Ana, incapaz de quitárselo de encima, acabó por pagar los pocos bolívares que le pedía. El indio, sin embargo, parecía molesto por la rapidez con que se había cerrado el negocio y lejos de tomar el dinero y marcharse, como ella hubiera querido, seguía moviendo mucho las manos, asegurándole por gestos que allí dormía la sombra de un caimán. La ya innecesaria tozudez del hombre persuadió a la turista de que en el frasco había algo, y tras examinarlo más concienzudamente, creyó sorprender algún movimiento en su interior. Taií,taií shacaré, repetía de manera cansina el indio, sin atreverse a levantar los pies del suelo y echarse a volar sobre un cielo plano como un espejo. Más sosegados ambos, Ana fue traduciendo sus palabras, y supo que en la impronunciable región de donde provenía el indio, se guardaban las sombras de caimán en calabazas hasta que lospessona, como él los llamaba, vinieron con sus botellas de cristal a meter las sombras de los árboles y de los arroyos, de los muertos e incluso de quienes no habían nacido todavía, para venderlas en los hoteles para extranjeros, donde pedían por ellas cantidades desorbitadas. Supo también que las sombras permanecen durante muchos inviernos y veranos quietas, protegiendo el hogar, hasta que les entra la querencia del río y de la carne y escapan sin que se las vuelva a ver. Así, concluía el indio, son lassombra.
El relato se parecía tan extraordinariamente a aquellos cuentos hispanoamericanos que Ana solía leer, que lo supuse uno de ellos, desde luego no el más original. Al fin y al cabo, argumentaba con esa candidez tan suya que era casi una delación, de algún lugar tienen que sacarse esas historias. La cuestión, le repliqué, es que el indio ese te ha birlado un par de dólares por el casco de una gaseosa.
Pero Ana estaba tan convencida de la veracidad de su historia, que hasta me quiso persuadir de que durante el viaje, en el que no se atrevió a separarse de la botella, había llegado a la convicción de que en su interior había vida. Desde luego, se han visto cosas mucho más difíciles de creer, exclamé con ironía. Los indios, replicó muy seria, son animistas, así es que su relación con el entorno nada tiene que ver con la nuestra. Si ellos dicen que pueden encerrar las sombras, es porque lo hacen, porque lo han estado haciendo durante cientos de generaciones. Para dar por terminado el asunto, se sacó del bolso un papel donde aparecían anotadas las instrucciones que el indio le chapurreó para la idónea conservación del frasco. La sombra del caimán, concluyó Ana, protege de otras sombras, pero una caída, una pérdida, cualquier absurdo contratiempo, podría volver todo del revés y hacer que la sombra pase a estar en nuestra contra.
Ante tales perspectivas, Pilar se apresuró a buscarle un lugar tranquilo y alejado del trasiego doméstico, donde no pudieran llegar las manos de Helena, nuestra hija de tres años. Ana, maliciaba yo, acabaría olvidándose del asunto en un par de meses. Entonces nosotros, libres de sus fantasías, podríamos deshacernos del frasco arrojándolo a un río (allí el caimán...) o dejarlo en un contenedor de vidrio. La verdad es que no estaba dispuesto a compartir mi casa con la sombra advenediza de un caimán.
Como sucede con todos los cachivaches que un buen día traspasan la puerta de cualquier hogar, también aquello acabó por perderse en una polvorienta balda, en el lugar que la prevención y el olvido acabaron por asignarle. Sólo muy de tarde en tarde, al pasar el trapo por las estanterías o al buscar la funda de las gafas o un mechero extraviado, volvía a aparecer el frasco, vacío e inquietante como una de esas hachas de sílex que mi mujer dibujaba en casa para la Salvat. Era entonces cuando el relato de Ana volvía a nuestra memoria con tenebrosa y tozuda transparencia. Nos inquietaba, eso sí, caer en algún error, en algún descuido. La incredulidad, como todo, tiene sus límites y tampoco era cosa de poner en entredicho al destino por una cuestión tan inofensiva como un sencillo y mugriento frasco de cristal sellado con un tapón de hierbas. Sólo los frágiles recuerdos de familia o las piezas fabulosas que Pilar compraba a un vecino algo chiflado y expoliador de dudosos yacimientos arqueológicos, obtenían de nosotros la misma precaución que reservábamos para el frasco. Fuera de estos fortuitos encuentros, seguíamos una vida completamente relajada, sin otras inquietudes que las periódicas convulsiones de la cuenta corriente.

Pero la vida, ya se sabe, acaba siempre por ponernos en lo peor. En verano mandamos pintar la casa, aprovechando que nos íbamos de vacaciones. A la vuelta, nos encontramos con un piso radiante. Las habitaciones parecían más altas, más amplias, mucho más acogedoras... Me ocupaba de colocar las conservas en el frigorífico, cuando se escuchó el grito seco e ininteligible de Pilar.
-¡El frasco, Manuel, ha desaparecido el frasco! -exclamaba, señalando nerviosamente el lugar donde siempre estuvo-. No está, ha desaparecido.
-Tranquila, mujer, tranquila. Acuérdate de Ana. Le habrá llegado la querencia del río o qué sé yo -dije, tratando de controlar la situación.
-No digas tonterías. Aquí no hay río, ni selva ni nada.
-Sea lo que sea -continué-, no hay por qué ponerse así. Al fin y al cabo era un estorbo. Si ha decidido marcharse...
-Pero, ¿y sí a partir de ahora...?
Fue como si me hubieran golpeado con un martillo neumático en las mandíbulas. Sin decir palabra, con el miedo socavándome los huesos, nos enzarzamos en una búsqueda desesperada: rastreamos encima y debajo de los armarios, en el horno, en los huecos de las camas, en cada una de las repisas, en el trastero de la terraza, detrás de la lavadora, en los cajones del escritorio, entre los juguetes de Helena, en los rincones más inverosímiles y recónditos de la casa donde sin saber cómo ni entender por qué, suelen acabar los objetos perdidos. Sólo después de darle un millón de vueltas, tomando siempre los caminos y las hipótesis más tortuosas, se nos ocurrió lo evidente, y lo evidente era que el frasco había desaparecido durante la limpieza. Era posible que hallándolo vacío y nauseabundo, los propios pintores se hubieran deshecho de él, ahorrándonos a nosotros el trago de su desaparición.
Sí, eso sería.

-El muchacho es que no se lo explicaba -me confesó uno de los pintores-. Dale que dale con que en la botella había un bicho. Coño, que incluso decía que le había hecho un no sé qué en las manos. Figúrese.
Pero el muchacho ya no trabajaba con ellos. Pocos días después del incidente tuvo un percance con la moto y aún andaba de hospitales y de líos. No me fue difícil localizarlo entre los pacientes de una clínica cercana, de forma que aquella misma tarde pude tener una pequeña conversación con el muchacho, al que encontré escayolado y con un collarín protegiéndole el cuello. Era amable y algo tímido. Hablaba como contrapesando mucho unas palabras que, no sólo confirmaban la historia del pintor, sino que añadían algo que lo inquietaba: el frasco, vacío a todas luces, pareció cobrar súbito calor y movimiento en cuanto lo alzó de la repisa y lo sostuvo entre sus manos, de manera que en pocos segundos le estaba quemando las yemas de los dedos. Dentro, continuó, parecía que hubiese un bicho o algo aún peor. ¿Una tortuga, un pájaro, una sombra acaso?, pregunté evitando un énfasis que me hubiera delatado. No lo sé, no lo sé, contestó, el caso es que se puso tan caliente que tuve que soltarlo. Se lo juro, es como si allí dentro hubiera algo... y acabó haciéndose polvo contra el suelo.
Tenía buenas razones para no inquietar a Pilar con tales detalles. También le ahorré, como haré con ustedes, lo que el muchacho me confesó sobre los días que siguieron al suceso, porque eso es parte de otra historia que sólo cuento cuando vienen autoridades. Nuestra vida, tras ese imprevisto avatar, transcurrió sin más. Pilar seguía con sus dibujos zoológicos para la enciclopedia botánica; Helena se las arreglaba con la ortografía y yo, me las arreglaba con los turnos en la fábrica de envases. Estaba claro que la ira del caimán, si es que cabía hablar de ira y de caimán, se cebó con el pobre muchacho, al que solíamos acompañar mi hija y yo algunas tardes a dar un paseo por el parque.
Nos tomamos un largo respiro hasta que el siguiente verano me tuve que quedar sin vacaciones por las reformas que los nuevos dueños pensaban afrontar en la empresa. La nueva maquinaria exigía ponerse al corriente a fin de que en septiembre todo estuviera a punto para reanudar la producción. Pilar y Helena pasaban el verano en el pueblo, lejos del aire pegajoso de la ciudad, quizás poniendo tierra de por medio a una relación que se hacía cada vez más compleja, y en la que no faltaban agrias y estruendosas discusiones. Ana, por su parte, andaba en Cuba, acompañando a otro conocido escritor, enzarzados ambos en un reportaje sobre los alrededores de la base militar de Guantánamo. Nos contaba en el dorso de una playa de cartulina, que se pasaba el día tomando el sol en un lugar que tenía el enrarecido aspecto del Paraíso, mientras su escritor se había reencarnado en una esponja capaz de acabar con las existencias de ron y guajiros de todo el Caribe. Yo entretenía las tardes adecentando la casa, ordenando un caos de papeles, hallazgos arqueológicos y recuerdos difusos que empezaban a poner en peligro la estabilidad del edificio.

Aquella tarde -no se me va de la cabeza aquella tarde- había previsto limpiar la moqueta del salón, que al cabo de los años acabó por adquirir un aspecto macilento, inimaginable cuando la elegimos en el bazar turco, recién instalados. Como pude, fui enrollándola, pero pesaba como un muerto. Bajo su urdimbre descansaba una ruda costra de polvo que formaba un cerco rectangular y uniforme que supuse se iría apenas con una pasada de cepillo. No fue así. Al verla pensé que se trataba de una forma caprichosa, la mancha de algún producto químico o, incluso, un extraño efecto de la solería. Al cabo de un rato descubrí con escalofrío que aquella forma inverosímil correspondía con exactitud a la sombra de un caimán. Incrédulo, aturdido por el hallazgo, salí a buscar un poco de aire a la terraza, pero la maldita imagen del reptil no se me iba de la cabeza.
Cuando me calmé un poco, volví al lugar y comprobé que no se trataba de ninguna pasajera alucinación. La sombra continuaba allí, aparentemente quieta, agazapada, como tensionando el lomo y las patas en lo que, sin duda, podía ser el inicio de un movimiento; era una sombra nítida, en la que se reproducían con detalle, los trazos de su dorso, las escamas de sus patas, los pequeños bultos de su cabeza, la opacidad de sus ojos... Una sombra, dios, que permanecía insobornable tras los botes de lejía y aguafuerte que derramé sobre ella...
El mundo daba vueltas como un tren sin maquinista. De pronto mi cabeza era un avispero de preguntas. ¿Cómo es que se había quedado con nosotros? ¿Por qué no se había refugiado en las cloacas, donde sin duda viviría en su ambiente? ¿Qué mal le habíamos hecho en aquella casa? ¿Qué es lo que querría finalmente de nosotros? Estuve en vilo toda la noche. La idea de convivir con la sombra, de entregar mi hija a aquel monstruo, lo pueden suponer, me aterraba. Una absurda maldición había entrado, para quedarse, en nuestra casa y yo debía encontrar con urgencia una solución. Aguardé con ansiedad a que amaneciera, a que las luces volvieran a poner las cosas en su lugar y las gentes, insomnes, se embarcaran en el trasiego, en el ruido, en todas esas tensiones diarias que las aíslan del vacío y del terror. En cuanto amaneciera tendría que deshacerme de la maldita sombra, arrojándola como fuese de nuestras vidas.
Y todo lo que se me ocurrió fue llamar a una constructora para que enviasen lo antes posible media docena de albañiles. Al cabo de dos horas, la casa era un frenético ir y venir de escombros y baldosas. Por la noche la operación había concluido.
-Pero hombre de Dios, no se inquiete usted por estas tonterías -me había confiado el más viejo de los albañiles en un aparte-, son las tonterías del terrazo. ¿Por qué cree usted que ya nadie lo pone? Los fabricantes -me guiña- no saben dónde ahorrarse pasta y utilizan el cemento casi muerto, el que no quiere nadie y luego, ya ve usted, pasa lo que pasa. Esto suyo no es nada, yo he visto casos mucho peores.
-Pero este era un caimán... -contesté con cierto alivio.
-Figúrese, cucarachas, arañas, gatos, dinosaurios, cuervos, ya le digo, de todo. Hasta un cuadro famoso he visto. Con eso le digo bastante. La cosa está en el cemento, ¿sabe?, que le ponen el más barato y enseguida empieza a echarse a perder.
Tampoco esa noche pude dormir a pesar del cansancio y la alteración, del trasiego de cajas y de escombros. No acababa de tenerlas todas conmigo. Un verdadero caimán no se daría por vencido así como así, y, lejos de amilanarse, no tardaría en volver a dar la cara. Los días posteriores consistieron, pues, en un minucioso rastreo del piso, en el que puse patas arriba hasta los cientos de libros de botánica y arqueología que combaban las repisas. Si es cierto que no encontré la más leve alusión, el más inicuo signo de aquella sombra, no por ello daba la historia por concluida. La sola idea de su retorno me impedía conciliar el sueño. De poco servían los cuatro o cinco somníferos que tomaba cada noche. Durante los siguientes días pretexté una enfermedad para no acudir a la fábrica. Igualmente, me resistí a descolgar el teléfono, ante el temor de que la sombra terminara por introducirse en los hilos e infectara la casa, la ciudad; cuando sonaba me tapaba los oídos, agazapado en el suelo, como si se tratase de sirenas antiaéreas. En la calle, entre el escaso bullicio de los bares, me encontraba algo mejor, pero cualquier movimiento, cualquier gesto de asombro por parte de un desconocido, minaba la tranquilidad que tanto me costaba conseguir, de forma que, poco a poco, también fui restringiendo las salidas a las estrictas y necesarias.

El resto lo han contado y exagerado todos los periódicos.
Una tarde, al volver de la compra, encontré una nota en el buzón. “He estado llamando a la puerta. Volveré. Ana”. No puedo precisar si fue el agotamiento nervioso de las últimas semanas en las que casi no había probado bocado, o la soledad, que empezaba a hacer estragos en mí, pero la idea de volver a ver a Ana redobló mi ansiedad. Desde luego no puedo precisar cuánto tiempo permanecí asomado a la ventana. Sé que se hizo de noche y se encendieron las luces, que llegó el día y volvieron a apagarse las luces mientras yo seguía asomado a la ventana mirando una ciudad que se me antojaba ajena y vacía.
Presencié toda la ralentizada escena de su bajada del taxi con esa contenida y secreta angustia del niño ante la tía que viene de lejos, cargada de regalos. Reconocí sus botines azules al posarse sobre la acera, el tobillo bronceado y musculoso de alguien que se ha pasado los últimos veinte días tomando el sol, la sombra que la seguía, inquieta como un caniche que hubiera estado encerrado durante mucho mucho tiempo. Asistí con angustia a la breve conversación con el taxista, que sacaba del maletero una voluminosa bolsa de piel. ¡¡Ana, Ana!!, grité. Ella entonces miró hacia arriba y, contenta de verme, agitó su mano.
Me vino entonces un sobresalto, como un tirón del cuello que entonces no entendí. Corrí hacia la escalera, bajé varios peldaños, pero me detuve. Volví a la casa, miré el reloj, me retoqué el pelo, fui al dormitorio, me cambié de camiseta, quité algunas cosas de encima de la cama, pasé un paño por la mesa, tomé un trago rápido de aguardiente para quitarme la sequedad de la boca, metí un tarro de mermelada en el frigorífico, me volví a atusar el pelo, centré una figurilla en el mueblebar, cogí un cigarro, lo perdí mientras buscaba las cerillas, pensé que no tenía un maldito refresco en el frigorífico para Ana, encendí la luz del pasillo, cerré la puerta de la terraza, maldije mi facha frente al espejo, encontré el cigarrillo, volví a buscar un mechero, saqué una factura del pantalón, la arrugué, la eché en el cenicero, puse el trapo en la cocina, di un toque de ambientador al salón y al dormitorio de la niña, encontré el mechero, puse la radio en un programa de música clásica y esperé hecho un manojo de nervios a que sus pasos se escucharan en la escalera, encendí el cigarro... y tras un breve silencio en el que me pareció que la casa se iba a venir abajo, sonó el timbre. Tragué saliva y giré el pestillo todo tembloroso, con el corazón haciéndome clap-clap, clap-clap, clap-clap.
-¿Qué te ocurre, Manuel?, ¿estás enfermo? -fueron sus primeras palabras.
-¿Cómo enfermo? -refunfuñé, haciendo como que no había entendido muy bien la pregunta. La cuestión era tranquilizarme, ganar un poco de tiempo, conducirla hasta el salón.
-No sé... si tienes algo, si hay algún problema. He llamado a Pilar y me ha dicho que no sabe nada de ti, que tienes colgado el teléfono, y que en la fábrica le aseguran que...
-Bueno..., Pilar..., ya conoces a Pilar... Exagera siempre. En realidad hace años que no me encontraba tan bien..
Entonces, con un movimiento estudiado, me agaché y empecé a enrollar parsimoniosamente, con cautela, la pesada alfombra, mientras intentaba sopesar la más exigua contracción de sus músculos, el más leve aleteo de su nariz, el más imperceptible movimiento de sus pestañas, la más insignificante alteración en los pliegues de su vestido. Pero ella no parecía entender nada. Su cuerpo continuaba allí, impávido, como a la espera de algo cuyo sentido último ignorase todavía.
-Ya no está, Ana. Se fue. He cambiado el suelo y ya no está.
-¿Quién? -preguntó desde arriba-, ¿quién se ha ido, quién no está?
-El caimán -respondí con determinación infantil-, la sombra del caimán, ¿recuerdas?
Hubo un momento de silencio, inexplicable, lento, acuoso.
-¡Dios mío!, ¡dios mío!, ¿pero qué has hecho con la botella?- preguntó abriendo mucho los ojos.
Aliviado, pero sin saber a qué se debía el alivio, me abracé a sus piernas, que se alzaban frente a mí, tersas, soleadas y rotundas. Entonces, pero al cabo de un tiempo que me pareció interminable, sentí las yemas de sus dedos quemándome la nuca. Me creía abandonado por las fuerzas, mareado, perdido en un mar de sensaciones contradictorias, pero conseguí alzarme sin ayuda. Lloré y me abracé a ella como un niño que se hubiera perdido en unos grandes almacenes.
Lo que siguió escapa a mis razones. Sólo sentía que su cuerpo me quemaba como una barra de metal expuesta durante horas al sol. Que sus ojos, frondosos, impenetrables, me miraban desde otra parte. De golpe me supe a su merced, entregado a sus fuerzas, y sin embargo, al estrecharla de nuevo trató de apartarme con un violento manotazo que hizo que me tambaleara, pero yo, lo juro, no quería hacerle daño, sino seguir sintiendo en el calor de su piel y de sus ojos, acaso una explicación, una cosa.
Ignoro cuánto tiempo permanecí junto a ese cuerpo que iba perdiendo por momentos su color y su consistencia. Ya no me tomo la molestia de contradecir a quienes aseguran que fueron más de siete días. ¿Tiene eso alguna importancia? Sea como fuere, ustedes han de creerme: no quise matar a Ana, simplemente la estreché porque quería compartir con ella esa inmensa y extraña fuerza que sentía en mi cuerpo, porque había algo en nosotros que no podría ser compartido por nadie. No crean a quienes aseguran que intenté poseerla, que hallaron restos... No es verdad o, al menos, no es esa la verdad. Sólo quise huir con ella, adonde ella, volver al lugar en el que alguna vez fuimos uno y lo mismo. Pero no quiero insistir en algo que incluso para mí es confuso y que todavía me produce bochornosas pesadillas.
A veces, ya les dejo, cuando me autorizan a reflexionar, advierto las complicaciones y tramas ocultas que ellos han ido añadiendo a este relato. Cada día, es cierto, crece mi confusión, pero si hasta hoy me he podido enfrentar a los impostores, creo que en el futuro, cuando dejen de presionarme, tomaré medidas contra quienes han querido verme como un monstruo. Sospecho que ese momento está cada vez más cerca, de ahí la importancia que tiene para mí seguir refiriendo la historia, como hago ahora para ustedes, pues, en el fondo, todos nos sentimos solos e incomprendidos, tratados como rufianes o arribistas, confinados en un sitio como éste, del que no creo posible escapar si no es con el alta siquiátrica. Todos, al fin, tenemos una historia, una sombra, lo que ustedes quieran, que saldar.
Mientras llega mi momento -y sé que llegará- procuro aceptarme tal cual soy, dejando que los días transcurran con su enfática pasividad. Como contrapartida, en las tardes de tormenta, cuando todos se refugian en los pabellones y no queda nadie en el jardín, consigo que me dejen reposar un rato, un ratito solamente, en el estanque.


DE CATALUÑA Y OLÉ Y OTRAS ZARAMANGUAYAS

SPAINPUAFFF


No es que vea más que antes, señor, es que acabé no más por hacerme a la ceguera.
mm

Vivo en un país que no me gusta. Me gustaría ser eslovaco, tailandés o boliviano. Soy español y no siento el menor orgullo de serlo. Es el mío un país de cabreros que no saben que son cabreros, que diría Gil de Biedma (aunque yo afinaría más y nos calificaría de cabras). No me gusta. No me gustan ninguna de sus partes, tampoco, es obvio, Cataluña. Pero aquí hay que mamar que dicen los castizos con una derecha de todalavida, con unos juecesdetodalavida, con un maltrato y menosprecio a la ciudadanía que no se lo salta un galgo. Vivimos en España una pre-dictadura plantada en una democracia débil y vigilada donde se restringen las libertades, se privatiza lo público, se vende el futuro de sus gentes a las multinacionales y al capital más nauseabundo, se deja pasar la corrupción y a su corte de aduladores mediáticos. Hasta El País, antiguamente referente de la libertad de expresión, es hoy rehén de conspicuos intereses nacionales e internacionales. Y en medio como una alienación social sin precedentes, una borrachera de resignación vomitiva porque podría ser aún peor. Y esas estamos. La gente de a pié traga y no se moja, come lo que le echen, todo es un jijí y un jajá y un sálvese quien pueda mientras dejamos morir de esperanza a toda una generación de chicos preparados que deben coger el petate y marcharse. ¡Hasta cuándo, dios, hasta cuándo! Así es la fotografía actual de mi país en el que la gente se pasa la vida, comiendo lo que antes ha vomitado.

De los escritores ni hablo. Para qué. Ellos siguen a sus dominguitos de escritura, a sus institutitos, a sus lecturinas, a sus pomposidades y ventosidades melifluas y a lo suyo, como fervientes gallinitas ponedoras con tremendas orejeras y moviendo la colita de satisfacción cuando sus nombrecitos salen en los periódicos, mira qué bien, a que he salido guapo. Aquí pongo un huevo, allá pongo otro, que no quiero que me huyan los lectores, que no quiero que los alcaldes me fichen y ya no me llamen. Puaffff. Si no es para aplaudir, no me molesten, pues en esta santa casa aún se duerme siesta.

Y así nos luce el pelo. Cada cual agarrando su hatillo sucio, no se lo vayan a robar en una de éstas. El pensamiento y la dignidad siempre detrás de la cartera, como tiene que ser. Y todos calladitos y todos muertos y todos con un tiro de indignidad en la frente, premuertos, jodidos fiambres picoteando en la mierda. Hasta quienes viven de la combatividad y, cómo dicen, de la conciencia, andan calladitos como putas, no vaya a ser que... Mejor ni imaginarlo, chacho. Lo dicho, quédense este país de mierda. Hagan con él lo que quieran. Por mí no se molesten, sigan durmiendo esa tremenda siesta.

Hasta otra.






DE CRISIS Y SALARIOS

No, no hemos salido de la crisis: Nos hemos acostumbrado a ella.

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 Oh mantra: Mayor crecimiento bajo peores salarios. Es así como "dicen" crece la economía patria. Vamos, como hacer un puente más largo con menos cemento. La cuadratura del circulo neo-capitalista. Lo peor es que el puente se derrumbará sobre nosotros y nos enterrará a todos. Y si no al tiempo.

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"Crece la economía", pero se trabajan menos horas semanales en el país que en 2009, con el descenso que todos sabemos de los salarios, la caída económica que todo esto implica de la seguridad social etc... Así las cosas, no podemos dejar de aplaudir a quienes diseñaron la crisis... y nosotros con nuestros versos a cuestas, y ellos con su fútbol, sus romerías, sus encuentros gastronómicos, su a mí todavía no me llega el agua al cuello... en fin, peazo de diseño... quién nos diría que nuestros ojos que tanto vieron, habrían de asistir también al regreso de la esclavitud, a la reinterpretación de la pobreza,..


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"Detenido el dueño de un bar de Mallorca por esclavizar a sus empleados", leo en el diario.es. Dónde está la noticia, me pregunto. No, desde luego en la esclavización, que hoy es norma... Claro, me digo, lo insólito, y por tanto noticiable, está en la detención del propietario. Como diría Forges: país!

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Siento vergüenza del presidente del gobierno. Vale que nos roben, pero que encima se cachondeen... Seguid votándole, manada de capullos, seguid votando a quien primero os roba y luego os chulea. ¡Beeeee, beeeeee, veeeenezuela! Sin vuestros votos ese tío estaría hoy en la trena. Él y todos los demás.
Post dirigido a los votantes de este capullo y a su coro de imbéciles integrales. Ea, ya lo he dicho... En días como hoy me la suda ser un tipo correcto. Que cada palo aguante su vela.


DE ARGENTINA

Un nombre: SANTIAGO MALDONADO. Desaparecido el 1 de agosto en Argentina. No lo olviden. De-sa-pa-re-ci-do. Ar-gen-ti-na. Santiago Maldonado... ahora, sí, uffffff, ya podemos seguir hablando de Veeeeenezuela. Santiago Maldonado. No lo olviden. Ya pueden leer la prensa de orden, los telediarios.






DE CATALUÑA Y OLÉ


la imbecilidad humana no está lo suficientemente reconocida. Alguien debiera proponer que al eximio señor Joan Abab, cuyos méritos intelectuales son los de borrar del callejero de Sabadell los nombres de Antonio Machado, Quevedo, Goya, Lorca..., se le concediera la rotulación de una calle en todos los municipios catalanes y que rezara así. Carrer Joan Abab (abans D. Antonio Machado) preclar imbècil, capdavanter de l'estupidesa. Y él tan contento.

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Y si el rollo este de Cataluña fuera sólo una tapadera de la corrupción tanto de la derecha catalana como de la derecha española. Lo pregunto por preguntar, que a mí, ya ves tú. Es que pa mí que al PP esta cosa levantisca y tuttifree le ha venido de perlas.

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Con los nacionalistas catalanes que cada día genera Rajoy y con los nacionalistas españoles que cada día genera Puigdemont, llegará un momento en el que no quepamos en ninguna parte.

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Casi el 15% de los trabajadores españoles son pobres, el 25% de los niños viven en la pobreza, las horas totales trabajadas y pasadas por la seguridad social son, bueno, nadie da estadísticas... un mileurista es capitán general, el jefe de gobierno tiene que declarar en los juzgados por corrupción sistémica en su partido y aquí el problema es Cataluña. Ustedes qué burra quieren venderme?*

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Usted y yo, confiéselo, todos, todos somos nacionalistas. Tanto es así que no acabamos de aceptar el nacionalismo de los demás y el nuestro ni siquiera nos lo parece.


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No trae nada bueno llenar de tierra la cabeza... Admitamos sin embargo que resulta un buen negocio para los hunos y ora los hotros. Para hunos pocos de aquí y hotros pocos de allá.


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Si no fuera porque las bromas las carga el diálogo, diría que Cataluña va ganando por 1-O.

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EUREKA!!!! Se me ocurre una solución al tema catalán. No es broma. Denunciémoslos por plagio. Es que los cabrones están repitiendo los truquitos de trilero que habitualmente se vienen haciendo en las cámaras de Madrid. Una cosa es que se quieran independizar y otra que nos plagien, coño.

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 Me pregunto yo si con los duros del rescate a la banca (cuarenta, cien mil milloncejos of nothing) no podríamos habernos comprado otra Cataluña. O la misma Cataluña, puestos a todo. No sé, dejo ahí la reflexión.

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que guardias civiles visiten las imprentas es una magnífica noticia. Ahora sólo falta que les dé por leer.

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Parece que el Gobierno se decanta por requisar urnas. Funcionará. Si en los últimos años ha requisado a lo bestia en educación, en sanidad, en políticas sociales, en cultura, en justicia, en derechos fundamentales, en derechos a la información, en libertad de expresión y de manifestación, en derechos laborales o en memoria y aquí no ha pasado nada, por qué se iban a cortar en requisar unas simples urnas. Conociendo como conocen a los catalanes, saben que no se van a gastar la pela en ponerlas de repuesto, nem.

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Lo del Gobi con Cataluña podría ser tachado de violencia de género.
Un pos te parto la cara como te vayas de casa, un pos te quemo las maletas (urnas)... un pos no haberte casao, un pos ni se te ocurra llevarte el coche y así ad infinitum.


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 ATENCIÓN se han visto entre doce y quince papeletas sueltas por el Raval. Aléjense de la zona, por favor, podrían resultar extremadamente peligrosas. Permanezcan en sus casas o en su estupor hasta nuevo aviso. Gracias.

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 Propongo al señor Rajoy que solucione la amenaza catalana como solucionó la amenaza judicial en casa propia: a martillazos. Nadie les negará que eso sí saben hacerlo.

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Nuestro golpista number one, el Tejero, qué genio, pide un juicio comparativo entre el 23-F y "lo que está ocurriendo en Cataluña". Coño, eso estaría bien. Todos los independentistas a la Caleta de Cai a cuerpo de rey y luego a festejarlo... Dos años en la Caleta y estos independentistas no vuelven a Sabadell ni a por butifarra. Tú sí que sabes, figura.

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Imagine por un momento que usted pretende dar en su municipio una charla sobre eutanasia, o sobre el uso medicinal o lúdico de la marihuana, o sobre la prevención del uso de la heroína, imagine que usted imprime unos cartelitos sobre un acto acerca de los supuestos no contemplados en la legislación del aborto, imagine que usted imprime unos folletos sobre el carné de conducir y los reparte entre quienes obviamente no tienen todavía el carné de conducir… imagine ahora que la poli viene y se los requisa, imagine que el juzgado o el ayuntamiento declara ilegal la charla que está organizando sobre las drogas… pues bien, todo eso está ocurriendo en este país a cuenta de la cosa catalana y eso, perdonen la insistencia, va contra la libertad de reunión y de expresión. Contra la democracia y contra la convivencia natural de los ciudadanos. ¿Involución? Eso, Involución democrática. Pero todos tan contentos.

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Extraño país el nuestro. Las cuestiones judiciales se dirimen por conductos políticos, y las situaciones políticas por conductos judiciales.


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Antes de nada democracia. Y si votar es para un demócrata una aberración, entonces ya no sé qué soy. Si sacamos a la pasma para que no se vote, entonces que no cuenten con mi anuencia. Con la mía NO.

DE CUBA


regresar de Cuba. ¿Y ahora qué? tengo un jet lag de valores, un reguero de sombras, una gastroenteritis de conceptos que no no sé no sé...


POSTAL DESDE LA HABANA

La Habana es como esa mujer vieja y un poco loca que en su juventud fue hermosa -tal vez demasiado hermosa- que sale a la calle pintarrajeada y destruida y tras extender la mano temblorosa donde sobresale un manojo de billetes descatalogados, pide amor, un poco de amor, sólo un poco de amor para seguir viviendo.


Qué le vamos a hacer, me gustan los grafitis. Pienso que parte del mejor arte que se está haciendo hoy en el mundo proviene de esos chicos un poco tocahuevos que son los grafiteros. Me entero de que el gobierno cubano quiere enchironar a un tal Yulier P. eximio grafitero que pone un poco de arte joven en la Habana deteriorada. Sin conocer al eximio artista, en mi pasado viaje a la Habana tuve el punto de fotografiar varias de sus obras. A ver si para alguien que se preocupa por magnificar los deteriorados muros habaneros, va a acabar enchironado. ¡Cohones, pisha!






DE VENEZUELA Y OLÁ
Felipe González y Trump coinciden en que la solución a Venezuela ha de ser militar. No comment. Quién querría pertenecer a una formación política con golpistas dentro.






CREMACIONES

Con el título  CREMACIONES escribí una serie de testimonios apócrifos que han de publicarse completos y es lo que hago en esta ocasión. Hablan de la conspiración del silencio, de la terrible complicidad del silencio, de ese lavarse las manos, del mirar hacia otro, del dejar que sean los demás los que se ensucien mientras nosotros seguimos aceptando. Pareciera que hablamos del nazismo y, claro que hablamos del nazismo, pero también y sobre todo del hoy, de ese yo no quiero saber nada, yo no entiendo de política, del a mí que me dejen en paz, del se lo habrán buscado, del no sé no contesto, del yo no he sido, de la insolidaridad, de la irresponsabilidad...

(nota al que tomare prestados este cuento: Cremaciones es una sola obra. No podrá ser reproducida o citada parcialmente, en cualquiera de sus fragmentos).






CREMACIONES (1) refutación de mauthausen


Le recuerdo que está sentado ante este tribunal por faltar reiteradamente y mediante argumentaciones antipatrióticas a la verdad. En este tribunal no podemos consentirle que sostenga que las canteras de Mauthausen albergaron a presos comunes, étnicos o políticos como usted, acaso confundido por ciertas interesadas informaciones, ha pretendido sugerir a sus cándidos alumnos, valiéndose de su supuesta autoridad moral. Las fotografías a las que usted alude y que, en efecto, fueron utilizadas como pruebas de cargo en el famoso tribunal de Nuremberg, habían sido trucadas, como hace ya ocho años diera a conocer el prestigioso IMVH en su Jahrbuch der Wahrheit, de modo que aquellas sentencias sobre las que usted erige sus fantasmagóricas teorías del holocausto carecen hoy día de valor jurídico y las fraudulentas fotografías en cuestión han sido quemadas, de modo que sólo nos queda lamentar una vez más el cúmulo de falsos testimonios y mentiras que llevaron a la muerte, al ostracismo y al oprobio a tantos de nuestros compatriotas que simplemente lucharon por un mundo más limpio y mejor…






CREMACIONES (2) rusos


Bueno, puedo admitirle que no fue nada fácil convivir con el humo aquel, con ese olor dulzón de las cremaciones y con todo lo que se decía aquí y allá. Indudablemente algo sabíamos sobre lo que estaba ocurriendo, pero qué podíamos hacer. ¿Qué es lo que hubiera hecho usted? Nada, yo se lo aseguro, nada. Además quiénes somos usted y yo para dudar del bien general y moral que representan nuestras autoridades. Para entonces ya sabíamos que desgraciadamente no podríamos ganar la guerra, que la razón moral no es suficiente para ganar ninguna guerra y que nuestro Dios una vez más nos había dado la espalda. Nuestra prioridad desde entonces sería salvarnos de los crueles diablos rusos, pero ese olor dulzón se te mete en el estómago y de ahí va a parar a los huesos y no se va, y más cuando los perros rusos sin compasión alguna nos obligaron a ver todo aquello, como si nosotros hubiéramos tenido algo que ver, como si aquello lo hubiéramos hecho nosotros.






CREMACIONES (3) razones éticas


Bueno, puestos a invocar razones éticas, ¿usted cómo puede demostrarme que no habían hecho nada, que no se merecían lo que les estaba pasando? ¿Necesito explicarle la situación por la que pasábamos?






CREMACIONES (4) usted tampoco hizo nada


Fueron cuatro locos de remate, ¿lo entiende? Ni usted ni nadie puede venir aquí a señalarnos con el dedo como si nosotros hubiéramos hecho esto y lo otro. Nosotros no hicimos nada. Afiliarse a un partido político o trabajar para los de allí adentro no te convierte en un monstruo, que se sepa. Yo sólo era un simple panadero. Sin el pan todos ésos la hubieran palmado mucho antes. Si hubiera un gramo de justicia, en vez de tenerme aquí, debieran darme las gracias. Y, además, todo esto no es más que propaganda. Perdimos la guerra y ahora todos tenemos que pasar por unos asesinos redomados. De haberla ganado, usted hoy no estaría ahí haciéndome esas preguntas, señor juez, pero la perdimos, esa es hoy la cuestión, la perdimos y, que yo sepa, entonces usted tampoco hizo nada.






CREMACIONES (5) propaganda


Nuestros hijos estaban en la guerra. Muchos subieron a esos mismos trenes, muchos murieron en esos campos de batalla, en atentados… ¿Es que nosotros no teníamos derecho a defendernos, es que debíamos perdonar a esos..?, bueno, mejor no mencionarlos. Pues claro que le creímos. Cómo no íbamos a creerlo, si éramos la mierda y nos dijo, nada de eso, señores, nuestro pueblo sabe alzarse de sus cenizas… y a quienes nos humillaron les veremos arrodillarse… Ahí tienen a esos franchutes. En menos de lo que se piensan esos gabachos pondremos nuestra bandera en los Campos Elíseos. Y vaya si la pusimos. Tuvieron que mamar con nuestra banderita en el Arco de Triunfo. Y todo lo demás fue una tremenda conflagración mundial de los judíos y sus vasallos contra nosotros y esos campos fueron inventos de rusos y polacos, nunca existieron. Pura propaganda.




CREMACIONES (6) vivos
Perdone, no sé de qué me habla. ¿Cremaciones? Es que tengo prisa. Me están esperando y llego tarde, pero les diré una cosa: preocúpense de los vivos. De los muertos ya no vamos a sacar nada.




CREMACIONES (7)
El señor y la señora H*** venían a casa, sí, y nosotros también fuimos alguna que otra vez allá, pero era duro y en determinado momento decidimos no volver. Ellos lo entendieron. Sé que hay fotos, no podemos negarlo y sí, si usted me pregunta le diré que aquello repugnaba a nuestra conciencia. Ahora mucho más que antes, no se lo oculto, porque en nuestras reuniones solíamos hablar de las nuevas grabaciones de Mozart, o recitábamos a Goethe, como ve, nada que tuviera la menor relación con las cremaciones. En ese sentido me siento perfectamente bien con mi conciencia, no le quepa duda.


CREMACIONES (8)
Aquí no las hubo. Puede preguntar a los vecinos. Todos le dirán lo mismo. Nosotros no vimos nada. Me pregunta usted si sé de la muerte de personas ahí adentro y qué puedo responderle. Yo no lo vi. No conocí a nadie allí adentro. Aquello era un mundo cerrado. Todos estábamos expuestos. La guerra venía hacia nosotros y lo sabíamos. Cada cual debía ocuparse de sí mismo. En todas las guerras se cometen excesos, pero yo me niego a juzgarlos. Mi hijo mayor no era lo suficientemente grande para el ejército y puede que eso lo salvara. ¿Cree que yo tendría que haberme preocupado por todo eso, teniendo a mi hijo a punto de ser llamado a filas?


CREMACIONES (9)


Conocí a un chico que trabajaba allí. Wolfrang. Era hijo de un médico de un pueblo cercano a Köln y tal vez por eso lo destinaron a la enfermería. Recuerdo, sí, que me contaba casos horripilantes. Niños y esas cosas. Intentaba animarlo, pero me era imposible. A medida que pasaba el tiempo sentía más asco por todos los hombres. Estaba desesperado. No puede usted hacerse idea de todo lo que debió sufrir. Yo le decía que no fuese tan severo consigo mismo, que aquello era una guerra y en las guerras vale todo. Un día no acudió a nuestra cita. Pregunté por él a otros muchachos que trabajaban allí. Me dijeron que lo habían mandado al frente, por haberse negado a cumplir cierta orden. No volvimos a vernos. Seguí con mi vida. Olvidé todo aquel horror para no acabar de mala manera. Un día, acabada la guerra, decidí marcharme. No logro dormir con la luz apagada. Preferiría creer que todo eso fue y es mentira, pero nadie habla de aquel chico, Wolfrang. A nadie le suena su nombre.


CREMACIONES (10), apolítica


Mire, entonces yo era apolítica. No entraba en esas cosas. Ni entonces sabía nada ni ahora sé nada. Apolítica, ya le digo.

VIRGILIO PIÑERA, NATACIÓN Y OTROS BREVES

 

Hoy os propongo un escritor fabuloso en sentido lato de la palabra. Virgilio Piñera  (Cárdenas, 1912-1979, La Habana). Una lectura obligadísima. Piñera formó parte de la famosa revista Espuela de Plata y luego de Orígenes, junto a Lezama, con quien partió peras y luego, al final de su vida se reconcilió. Piñera es uno de los personajes más lúcidos y tocapelotas que ha dado el mundo de la literatura hispánica. Se lo define como un hombre permanentemente atemorizado y en vilo. Está reconocido como uno de los escritores fundamentales de Cuba. Su extensa obra se desarrolla en poesía, teatro, cuento y novela. En teatro es sin duda uno de los pioneros del absurdo y sus cuentos, de una ficción simbólica, nos recuerdan a Kafka y en cierto sentido a Cortázar. Os dejo con tres de sus fabulosos micros. Y un poma memorable, La siete en punto (por cierto que hay grabaciones del poema por ahí, que os estremecerán). Añado a última hora el relato El que vino a salvarme, que da título a su último libro de relatos y que me parece el más universal de los suyos. Yo que usted me sentaría. Tremendo disfrute.

 

 

NATACIÓN


He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.
No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.
Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas. 


 
EL QUE VINO A SALVARME

Siempre tuve un gran miedo: no saber cuándo moriría. Mi mujer afirmaba que la culpa era de mi padre; mi madre estaba agonizando y él me puso frente a ella y me obligó a besarla. Por esa época yo tenía diez años y ya sabemos todo eso de que la presencia de la muerte deja una huella profunda en los niños... No digo que la aseveración sea falsa, pero en mi caso es distinto. Lo que mi mujer ignora es que yo vi ajusticiar a un hombre, y lo vi por pura casualidad. Justicia irregular, es decir, dos hombres le tienden un lazo a otro hombre en el servicio sanitario de un cine y lo degüellan. ¿Cómo? Pues yo estaba encerrado haciendo caca y ellos no podían verme; estaban en los mingitorios. Yo hacía caca plácidamente y, de pronto, oí: "Pero no van a matarme..." Miré por el enrejillado y entonces vi una navaja cortando un pescuezo, sentí un alarido, sangre a borbotones y piernas que se alejaban a toda prisa.
Cuando la policía llegó al lugar del hecho me encontró desmayado, casi muerto, con eso que le dicen shock nervioso. Estuve un mes entre la vida y la muerte.
Bueno, no vayan a pensar que, en lo sucesivo, iba a tener miedo de ser degollado. Bueno, pueden pensarlo, están en su derecho. Si alguien ve degollar a un hombre, es lógico que piense que también puede ocurrirle lo mismo a él, pero también es lógico pensar que no va a dar la maldita casualidad de que el destino, o lo que sea, lo haya escogido a uno para que tenga la misma suerte del hombre que degollaron en el servicio sanitario del cine.
No, no era ése mi miedo; el que yo sentí, justo en el momento en que degollaban al tipo, se podría expresar con esta frase: ¿cuál es la hora? Imaginemos a un viejo de ochenta años, listo ya para enfrentarse a la muerte; pienso que su idea fija no puede ser otra que preguntarse: ¿será esta noche?, ¿será mañana?, ¿será a las tres de la madrugada de pasado mañana?, ¿va a ser ahora mismo en que estoy pensando que será pasado mañana a las tres de la madrugada? Como sabe y siente que el tiempo que le queda de vida es muy reducido, estima que sus cálculos sobre la hora fatal son bastante precisos pero, al mismo tiempo, la impotencia en que se encuentra para fiar el
momento, los reduce a cero. En cambio, el tipo asesinado en el servicio sanitario supo, así de pronto, cuál sería su hora.. En el momento de proferir: "pero no van a matarme...", ya sabía que le llegaba su hora. Entre su exclamación desesperada y la mano que accionaba la navaja para cercenarle el cuello, supo el minuto exacto de su muerte. Es decir, que si la exclamación se produjo, por ejemplo, a las nueve horas, cuatro minutos y cinco segundos de la noche, y la degollación a las nueve, cuatro minutos y ocho segundos, él supo exactamente su hora de morir con una anticipación de tres segundos.
En cambio, aquí, echado en la cama, solo (mi mujer murió el año pasado y, por otra parte, no sé la pobre en qué podría ayudarme en lo que se refiere a lo de la hora de mi muerte), estoy devanándome los pocos sesos que me quedan. Es sabido que cuando se tiene noventa años (y es esa mi edad) se está, como el viajero, pendiente de la hora, con la diferencia de que el viajero la sabe y uno la ignora. Pero no nos anticipemos.
Cuando lo del tipo degollado en el servicio sanitario, yo tenía apenas veinte años. El hecho de estar lleno de vida en ese entonces y, además, tenerla por delante casi como una eternidad, borró pronto aquel cuadro sangriento y aquella pregunta angustiosa.
Cuando se está lleno de vida sólo se tiene tiempo para vivir y vivirse. Uno se vive y se dice: ¡qué saludable estoy, respiro salud por todos mis poros, soy capaz de comerme un buey, copular cinco veces por día, trabajar sin desfallecer veinte horas seguidas...!, y entonces uno no puede tener noción de lo que es morir y morirse. Cuando a los veintidós años me casé, mi mujer, viendo mis ardores, me dijo una noche:¿vas a ser conmigo el mismo cuando seas un viejito? Y le contesté ¿qué es un viejito, acaso tú lo sabes? Ella, naturalmente, tampoco lo sabía. Y como ni ella ni yo podíamos, por el momento, configurar a un viejito, pues nos echamos a reír y fornicamos de lo lindo.
Pero, recién cumplidos los cincuenta, empecé a vislumbrar lo de ser un viejito, y también empecé a pensar en eso de la hora... Por supuesto, proseguía viviendo pero, al mismo tiempo,empezaba a morirme, y una curiosidad enfermiza y devoradora me ponía por delante el momento fatal. Ya que tenía que morir, quería al menos saber en qué instante sobrevendría mi muerte, como sé, por ejemplo, el instante preciso en que me lavo los dientes.
Y a medida que me hacía más viejo, este pensamiento se fue haciendo más obsesivo, hasta llegar a lo que llamamos fijación. Allá por los setenta, hice de modo inesperado mi primer viaje en avión. Recibí un cablegrama de la mujer de mi único hermano, avisándome que éste se moría. Tomé, pues, el avión. A las dos horas de vuelo se produjo mal tiempo. El avión era una pluma en la tempestad, y todo eso que se dice de los aviones bajo los efectos de una tormenta: pasajeros aterrados, idas y venidas de las aeromozas, objetos que se vienen al suelo, gritos de mujeres y de niños mezclados con padrenuestros y avemarías; en fin, ese memento mori que es más memento a cuarenta mil pies de altura.
Gracias a Dios — me dije —, gracias a Dios que por vez primera me acerco a una cierta precisión en lo que se refiere al momento de mi muerte. Al menos, en esta nave en peligro de estrellarse ya puedo ir calculando el momento. ¿Diez, quince, treinta y ocho minutos? No importa, estoy cerca, y tú, muerte, no lograrás sorprenderme.
Confieso que gocé salvajemente. Ni por un instante se me ocurrió rezar, pasar revista a mi vida, hacer acto de contricción, o simplemente esa función fisiológica que es vomitar. No, sólo estaba atento a la inminente caída del avión para saber, mientras nos íbamos estrellando, que ése era el momento de mi muerte. Pasado el peligro, una pasajera me dijo: "Oiga, lo estuve viendo mientras estábamos por caernos y usted como si nada". Me sonreí, no le contesté; ella, con su angustia aún reflejada en la cara, ignoraba mi angustia que, por una sola vez en mi vida, se había
transformado, a esos cuarenta mil pies de altura, en un estado de gracia comparable al de los santos más calificados de la Iglesia.
Pero a cuarenta mil pies de altura, en un avión azotado por la tormenta — único paraíso entrevisto en mi larga vida —, no se está todos los días; por el contrario, se habita el infierno que cada cual se construye: sus paredes son pensamientos; su techo, terrores, y sus ventanas, abismos... Y dentro, uno, helándose a fuego lento, quiero decir perdiendo vida en medio de llamas que adoptan formas singulares: a qué hora, un martes o un sábado, en el otoño o en la primavera...
Y yo me hielo y me quemo cada vez más. Me he convertido en un acabado espécimen de un museo de teratología y, al mismo tiempo, soy la viva imagen de la desnutrición. Tengo por seguro que por mis venas no corre sangre, sino pus; hay que ver mis escaras — purulentas, cárdenas —y mis huesos, que parecen haberle conferido a mi cuerpo una otra anatomía. Los de las caderas, como un río, se han salido de madre; las clavículas, al descarnarse, parecen anclas pendiendo del costado de un barco; los occipitales hacen de mi cabeza como un coco aplastado de un mazazo.
Sin embargo, lo que la cabeza contiene sigue pensando y pensando en su idea fija; ahora mismo, en este instante, en mi cuarto, tirado en la cama, con la muerte encima, con la muerte que puede ser esa foto de mi padre muerto, pienso que me mira y me dice: te voy a sorprender, no podrás saberlo, me estás viendo pero ignoras cuándo te asestaré el golpe...
Por mi parte, miré más fijamente la foto de mi padre y le dije: no te vas a salir con la tuya, sabré el momento en que me echarás el guante, y antes gritaré ¡es ahora!, y no te quedará otro remedio que confesarte vencida. Y justo en ese momento, en ese momento que participa de la realidad y de la irrealidad, sentí unos pasos que, a su vez, participaban de esa misma realidad e irrealidad. Desvié la vista de la foto e, inconscientemente, la puse en el espía del ropero que está frente a mi cama. En él vi reflejada la cara de un hombre joven, sólo su cara, ya que el resto del cuerpo se sustraía a mi vista debido a un biombo colocado entre los pies de la cama y el espía. Pero no le di mayor importancia; sería incomprensible que no se la diera teniendo otra edad, es decir, la edad en que uno está realmente vivo y la inopinada presencia de un extraño en nuestro cuarto nos causaría desde sorpresa hasta terror. Pero, a mi edad y en el estado de languidez en que me hallaba, un extraño y su rostro es sólo parte de la realidad–irrealidad que se padece. Es decir, que ese extraño y su cara era, o un objeto más de los muchos que pueblan mi cuarto o un fantasma de los muchos que pueblan mi cabeza. En consecuencia, volví a poner la vista en la foto de mi padre y, cuando volví a mirar el espejo, la cara del extraño había desaparecido. Volví de nuevo a mirar la foto y creí advertir que la cara de mi padre estaba como enfurruñada, es decir, la cara de mi padre por ser la de él, pero al mismo tiempo con una cara que no era la suya, sino como si se la hubiera maquillado para hacer un personaje de tragedia.
Pero vaya usted a saber... En esa linde entre realidad e irrealidad todo es posible y, lo que es más importante, todo ocurre y no ocurre. Entonces cerré los ojos y empecé a decir en voz alta: ahora, ahora... De pronto sentí un ruido de pisadas muy cerca del respaldar de la cama; abrí los ojos y allí estaba, frente a mí, el extraño, con todo su cuerpo largo como un kilómetro. Pensé: bah, lo mismo del espejo, y volví a mirar la foto de mi padre. Pero algo me decía que volviera a mirar al extraño. No desobedecí mi voz interior y lo miré. Ahora esgrimía una navaja e iba inclinando lentamente el cuerpo mientras me miraba fijamente. Entonces comprendí que ese extraño era el que venía a salvarme. Supe con una anticipación de varios segundos el momento exacto de mi muerte. Cuando la navaja se hundió en mi yugular, miré a mi salvador y, entre borbotones de sangre, le dije: gracias por haber venido.


 LA MUERTE DE LAS AVES


De la reciente hecatombe de las aves existen dos versiones: una, la del suicidio en masa; la otra, la súbita rarefacción de la atmósfera.
………. La primera versión es insostenible. Que todas las aves —del cóndor al colibrí— levantaran el vuelo —con las consiguientes diferencias de altura— a la misma hora —las doce meridiano—, deja ver dos cosas; o bien obedecieron a una intimación, o bien tomaron el acuerdo de cernirse en los aires para precipitarse en tierra. La lógica más elemental nos advierte que no está en poder del hombre obrar tal intimación; en cuanto a las aves, dotarlas de razón es todo un desatino de la razón.
………. La segunda versión tendrá que ser desechada. De haber estado rarificada la atmósfera, habrían muerto sólo las aves que volaban en ese momento.
………. Todavía hay una tercera versión, pero tan falaz que no resiste el análisis; una epizootia, de origen desconocido, las habría hecho más pesadas que el aire.
………. Toda versión es inefable y todo hecho es tangible. En el escoliasta hay un eterno aspirante a demiurgo. Su soberbia es castigada con la tautología. El único modo de escapar al hecho ineluctable de la muerte en masa de las aves, sería imaginar que hemos presenciado la hecatombe durante un sueño. Pero no nos sería dable interpretarlo, puesto que no sería un sueño verdadero.
………. Sólo nos queda el hecho consumado. Con nuestros ojos las miramos muertas sobre la tierra. Más que el terror que nos procura la hecatombe, nos llena de pavor la imposibilidad de hallar una explicación a tan monstruoso hecho. Nuestros pies se enredan entre el abatido plumaje de tantos millones de aves. De pronto todas ellas, como en un crepitar de llamas, levantan el vuelo.
………. La ficción del escritor, al borrar el hecho, les devuelve la vida. Y sólo con la muerte de la literatura volverían a caer abatidas en tierra.


EL INFIERNO


Cuando somos niños, el infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar las llamas que nos queman —¡las llamas de la imaginación!—. Más tarde, cuando ya nos miramos en los espejos porque nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del infierno se resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia nos ponemos a describirlo.
………. Ya en la vejez el infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora sí estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega el día en que podríamos abandonar el infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues, ¿quién renuncia a una querida costumbre?




LAS SIETE EN PUNTO

Las tres y media de la tarde.
Las paredes, los cuadros, el sillón,
el escritorio lleno de papeles,
el cenicero lleno de colillas,
el timbre de la puerta, sin sonido.
En la siesta soñé que el timbre era
un timbre con sonido, y desperté.
Ya no sueño. ¿Y acaso he despertado?
¿O soy el que en el sueño
jura y perjura que despierto está?
Habrá que despertarse un poco más.
Así, medio dormido y resoñado,
si el teléfono suena,
yo sería el teléfono,
y él, como si fuera yo, diciendo: ¡Oigo!
Despierto con café o con la muerte.
En la cocina el colador, mojado,
me llama al orden: ¡Vamos, a despertar
y a despertarme! –porque también
yo estoy dormido.
Las paredes, los cuadros, el sillón
ahora son verdaderos,
y me siento, los cuadros miro, las paredes toco.
¿Te imaginas tú mismo mirando lo que has sido,
sentado en algo que no sienta a nadie?
Con vida aún, pero ya casi muerto
salgo de la cocina. Son las cuatro y diez.
Ahora a darme un duchazo.
Entono letanías bajo el agua:
¡Qué lejos, qué lejos de la vida,
tan lejos que casi no estoy;
qué cerca, qué cerca de la muerte,
tan cerca que casi no soy!
A mil novecientos veintiséis
desde el baño lo veo, en un papel que dice:
“Me salvé de ir a clases,
la maestra está enferma de los nervios…”
Me seco con cuidado.
Un viejo que se cae, cae todo,
y en su caída arrastra la toalla
en un coito final de grito y tumba.
Ahora el desodorante,
pero antes mira la hora en el reloj.
Tenla presente en medio de tu infierno,
hacia el último norte ella es tu brújula:
Muertenorte que mata los relojes.
Encima de la cómoda hay una foto:
soy yo en el veintiocho en una playa.
¿Cómo estás tú? –le digo al personaje–
¿Fría el agua? Pero él no me responde,
entre el cielo y el mar se tiene ausente;
le digo que se acerca el postrer viaje,
que se vaya vistiendo, que es inútil
seguir en esa playa imaginaria.
Pero él se queda en la fotografía.
Las cinco y veinte. Ahora la corbata.
Ante el espejo los dos somos iguales
mientras me hago el nudo:
los cuellos se distienden o contraen,
las cuatro manos ahorcan el presente,
las dos narices huelen el futuro,
las cuatro orejas oyen la sentencia,
y dos pares de ojos ven dos lenguas
salir como ratones de sus cuevas.
Vamos, apúrate, esperándote están,
deja de contemplarte, perfecto el nudo está,
nunca más volverás a hacer otro mejor.
Rápido: los pantalones, ahora el saco.
Las seis y media. ¿Por qué puerta salgo?
¿Por ésta que da al baño o por ésa
que el comedor separa de la sala?
Vestido ya. Las siete menos veinte.
Choco con las paredes, revuelvo las colillas
con la mano derecha, y con la izquierda
me cojo la corbata, tiro de ella,
caigo de espaldas, me doy con el sillón.
Se mece solo este sillón maldito.
La lengua se me preña y pare lengua
de idiota, toda envuelta en baba;
los ojos van a ser piedras preciosas,
pero antes de brillar se apagarán.
A mis oídos llegan las palabras
que antes nunca escuché:
son de un idioma intraducible, son palabras.
Las siete en punto y ni una hora más.
Ahora ya me posé. Que entren los fotógrafos.