SESIÓN DE MAGIA

Este relato se publicó en el blog del gran Ricardo Reques, La torre de Montaigne. Digamos que se trata de un relato raro, pero en cierto modo sorprendente. En fin, allá ustedes.




SESIÓN DE MAGIA 
 manuel moya

Señoras y caballeros, vengo expresamente desde el mismísimo cuerno del África Tropical para mostrarles en vivo y en directo el poder de la magia y de ustedes mismos. Sé que han visto salir de otras chisteras, conejos, avestruces, hipopótamos, pavos reales, diputados, jueces con pelucas, marquesas decapitadas… Aun así, sé que ustedes no creen en la magia y yo he venido aquí desde el mismísimo Cuerno del África para tratar de demostrar cuán equivocados están. Miren, sólo me atrevo a pedirles una cosa: permanezcan atentos. No se dejen embaucar por mi verborrea ni por mis chistes malos. Duden hasta de mi sombra, si es preciso. Vean, sin embargo que en mis manos no escondo nada. Observen: nada de nada. Manos limpias, impolutas, blancas. Pero no se corten. Mírenlas todo el tiempo que quieran: nada. Digan conmigo lo que ven: NA DA. Repítanlo conmigo: NA DA, nada, así me gusta. Hacía tiempo que no tenía un público tan gentil y maravilloso. Absolutely nothing, que dirían los políglotas. Sé lo que están pensando. Claro, cuando este tío habla tanto de sus manos, es que lleva algo en la chistera. En la chistera está el truco, como siempre. Pero se equivocan. En la chistera no hay nada. Podría dejarla en el camerino, pero un mago sin chistera es como un buzo sin escafandra o un artista porno sin…, ustedes ya me entienden. En la chistera, puedo asegurárselo, no hay nada. Está completamente vacía… por el momento. Miren. Le doy la vuelta. ¿Ven? Nada. NA DA. Ni en mi mano ni en mi chistera hay nada. Ambos estamos limpios. Todavía no sé cómo es que llegamos a fin de mes. ¿Saben ustedes el chiste del fontanero y el tigre? Pues esto era que una vez había un tigre, quiero decir, un fontanero… pero, bah, dejemos el chiste del tigre para luego. Les mostraré la chistera despacio, muy despacio, para que la observen mejor. ¿Alguien ha visto una chistera por dentro? ¿Nadie? Puedo asegurarles que una chistera no tiene mucho que ver. Un forro de tela, las orejas de un conejo, la cola de algún caimán, plumas de palomas. Créanme: lo normal en una chistera. Claro que el que yo insinúe que no hay nada sospechoso, hará que ustedes justamente comiencen a sospechar. Usted, por ejemplo caballero. Sí, usted, el del jersey rojo. Creo que usted no está muy convencido de lo que digo, ¿me equivoco? Venga, sí, sí, no se corte, caballero, acompáñeme si quiere. Aquí no matamos a nadie. Cuando más, lo guardamos en la chistera. Pero, ¿viene o no viene? Ande y no sea tímido. Muy bien, muy bien. Vamos, vamos, un aplauso para el caballero, por favor. Premiemos con un fuerte aplauso la audacia y la natural desconfianza del caballero. Bien, quédese ahí. No toque la chistera, no vaya a morderle. Mi seguro no cubre las mordeduras de chistera. Bien, dígame cómo se llama. Sí, claro, el suyo: mi nombre lo sabe todo el mundo. Oquéi, Pablo. El señor Pablo. ¿Le he contado alguna vez el chiste del fontanero y el tigre, señor Pablo? Recuérdemelo más tarde, pero ahora, hágame el favor, póngase a mi lado. No tenga miedo. Al último de mis ayudantes lo enterramos con todos los honores, sin ahorrar en gastos. Póngase cómodo y observe mis manos. Tómese su tiempo. Cójalas. Levántelas. Por cierto, ¿nos conocemos usted y yo de algo? Lo digo porque veo que se toma tantas confianzas… Bah, bah, bah, no entre usted en detalles. ¿Verdad, mi querido Pablo, que no nos conocemos de nada? Como si estuviera usted en su casa, claro que sí. Bien. El caballero Pablo está a punto de aclararles si hay o no hay algo en mis manos. Tómese su tiempo. Coja ahora la chistera, pero con cuidado; ya le he dicho… Están en manos de un hombre profundamente desconfiado. Tendrán que fiarse de él. De acuerdo. ¿Ve usted algo anómalo en la chistera o en mis manos? ¿Considera el señor Don Pablo que ya ha mirado suficientemente mis manos y mi chistera? Bien. ¿Tiene ya un juicio al respecto? No, por favor, tómese su tiempo. Si le parece puedo aprovechar para contar el chiste del fontanero y el tigre. ¿Puedo continuar, entonces? Bien. Por un momento he temido que llamara a los del CSI. No, no, quédese hasta el final, si no le importa. Descuide. Ha pasado usted lo peor. Si ha sobrevivido a la inspección de la chistera, puede usted respirar tranquilo. Muchos se quedan aquí. Tuve un ayudante que se perdió en la chistera. Su mujer me ha puesto un pleito, pero me dejaron libre no por falta de pruebas, sino porque a la buena mujer ya no le interesaba que apareciera su marido. Otro perdió la cabeza. Literalmente. Tuvimos que prestarle una de su número. Gajes del oficio, se entiende. Tomo, pues, con mucho cuidado la chistera. Es una chistera de las buenas. Llevo quince años con ella y ni una queja. Se la compré a un ministro inglés y me dijo que con ella puesta nunca le había faltado un par de fajos de billetes en la cartera. Conmigo es más modesta. Quizás es que no nos conocemos lo suficiente. Pero, bah, descuide: si de la chistera fuese a salir un cocodrilo, tampoco yo estaría aquí. Bien. Nada en mis manos y nada en mi chistera. Este es el quid de la cuestión. Le ruego que me mire fijamente, que no me pierda de vista ni un momento. Ustedes también, claro. Por cierto, ¿les he contado ya el chiste del fontanero y el piano? Mírenme las manos: nada. Miren la chistera: nada. Pero a ver, a ver, un inciso… permítanme un inciso todavía. Estamos a punto de llegar al final. Antes de seguir quiero saber, señor Pablo, si debe usted algo o si tiene usted firmada alguna hipoteca. Imagínese que de la chistera saliera un vecino que le reclama sesenta mil euros o que un banco… Imagine que sale un juez con un pelucón fumándose un puro, un par de agentes de policía que vienen a meterlo en el talego. Imagine que saliera un terrorista islámico, un leopardo albino, un payaso con un motosierra. La cosa es seria. Podríamos dejarlo aquí. El público lo comprendería. Siempre es mejor un gatillazo mágico que un desastre, no sé si me sigue. Podemos dejarlo aquí. Señores, yo he hecho un largo viaje desde el mismísimo Cuerno del África, pero estoy dispuesto a dejar la cosa donde me digan. El público siempre es el que manda. Si a este buen hombre le muerde una anaconda o le pasa por encima una zarabanda de caníbales no quiero reclamaciones.
Por cierto, antes de que nos precipitemos hacia el desenlace, les tenía prometido un cuento: el del fontanero y la cigala, ¿recuerdan? Esto era un fontanero, quiero decir, una de estas cigalas cigalas, que no caben en un plato, muy ufana ella, muy despampanante y muy, no sé cómo decirlo… Bueno, bah, mejor acabar de una vez con esto y luego, si es que salimos indemnes, contamos el chiste de la dichosa cigalita, pero permítame recordarle, querido Pablo, que estamos aún a tiempo. Usted sería el primero en caer, pero veo que está tranquilo, que es usted, aparte de desconfiado, valiente. Vaya una cosa por otra. Bueno, no nos demoremos más y acabemos cuanto antes. Observe atentamente mis manos. Nada en las mangas de la camisa, nada en la chistera. Un momento de silencio, por favor. ¿Sabe usted imitar el redoble del tambor? Inténtelo al menos, no sea usted tímido. Yo le sigo. Trrrrrrrrrrrrrrrrrr. Así, muy bien, aunque si me permite que se lo diga, le da usted tono de entierro. Otra vez. Trrrrrrrrrrrrrr. Ya. Mucho, mucho mejor. Mire, ya lo siento, aquí llega. Trrrrrrrrrrrrr. Aquí llega. Miren. Abran los ojos. Pido un gran aplauso para este cuento que acaba de aparecer ante sus ojos. Ya se lo advertí, son ustedes los verdaderos magos. Gracias, muchas gracias.

REGALO DE REYES


Y ahora un cuento navideño, un especial regalo de reyes para despedir el año. Chin-chín.


REGALO DE REYES


La hermana de papá repite que fue un hombre bueno, que nos quería y que nadie tiene la culpa de casarse con una mujer así para acabar cayendo en el pozo donde cayó. Tu padre es un hombre bueno, pero mamá, quédate esto en la cabeza, no hacía más que andar de picos pardos por ahí, gastándose el dinero de la familia, así que el pobre papá, desesperado de la vida y con un hijo que criar, qué iba a hacer.
-¿Por eso nos pegaba tanto?
-Por eso, Hectorcito, justo por eso.
Él no era así y de todo tiene la culpa tu madre, que lo llevó a la bebida. Pero papá pegaba fuerte, hasta casi matarnos a mamá y a mí. Una y otra vez, hasta no quedar una silla con las patas en su sitio, hasta no quedar un plato en casa. Pero eso, dice, tengo que quitármelo de la cabeza porque papá era un hombre bueno, sólo que le entraba la locura del vino y eso, hijo, es un infierno. Un buen hombre, me digo, que nos mataba de hambre y de patadas y que vendía los muebles para seguir bebiendo. Pero no pienses en eso. Algún día seré grande y comprenderé. Cuando sea grande y también yo tenga una familia y una mujer y un hijo. Entonces comprenderé. Ahora todo es muy reciente y yo soy muy chico y lo que tengo que hacer es crecer y hacerme un hombre y comprender a tu padre.

Y vino la Navidad y papá llegó a casa, borracho como siempre, pegando voces, mientras mamá lloraba y decía que me metiera para el cuarto. Allí estuve mientras duró la gresca, y él se puso a roncar en el sofá tal y como le cogió, vestido. Mamá vino al cuarto y con la cara magullada y llorando me puso el abrigo y me dijo que nos íbamos a ver las luces de la Navidad. Anduvimos paseando más de dos horas, hasta que a mí casi me dolían los pies.
Cuando estábamos ya cerca de casa, nos paramos a ver un portal que tenía luces y una pequeña catarata de agua, un pozo, un burro de porcelana que daba vueltas a la noria y un camino de piedra por donde andaban los tres Reyes Magos con sus cofres cargados de oro, incienso y mirra. Mirábamos todo eso cuando mamá se echó a llorar y yo le pregunté que qué pasaba. Por toda respuesta, llenándose de aplomo, quitándose las lágrimas de la cara, me dijo que estaba decidido, que este año me pondría los reyes mejores que ningún niño había recibido jamás. Mientras caminábamos a casa con el frío de diciembre en la cara, soñé con un madelman que echaba fuego por la boca, con un tren eléctrico con puentes, túneles y árboles nevados, con un castillo de cientos de piezas ocupando todo el dormitorio y yo dentro de él, a salvo, con un coche teledirigido que funcionaba sólo con el pensamiento, según uno quisiera que se moviera para un lado o para el otro. En todo eso soñaba por el camino y cuando ella buscaba la llave dentro del bolso me preguntó que en qué pensaba.
-En los Reyes.
Ella sonrió sin ganas y a mí me pareció que era el cansancio, el frío, no sé...
Yo, lo que quiero es un castillo de esos grandes.
-Lo que te van a traer es mucho más grande.
A mí, los ojos se me llenaban de juguetes inimaginados con rueditas de colores y piecitas que se movían y puertas secretas que daban a las mazmorras y un coche que traspasaba las paredes o se volvía invisible con sólo chascar los dedos, y se abrió la puerta y una vaharada de aire podrido nos pegó en la cara, y allí estaba papá roncando en el sofá y recordé sus últimas palabras.
-Un día le meto fuego a la casa con ustedes dentro.
La noche de Reyes casi no dormí tratando de imaginar mi regalo envuelto en un papel de colorines. Escuché las dos, las tres, justo cuando llegó papá y cerré los ojos y me quedé paralizado, dormido. Hectorcito, tu papá fue el mejor hombre del mundo, pero se tuvo que juntar con tu madre, y eso fue su final, porque él no era capaz de matar ni a una mosca.
Cuando comenzaba a amanecer, mamá entró en el cuarto y vino a besarme. Me desperté entonces y vi a mamá que lloraba, que tenía el pelo revuelto y estaba llorando. Entonces me temí que tampoco aquella vez le hubiera llegado el dinero para el regalo y traté de apretar hacia adentro las lágrimas para que no se me escaparan. Pero mamá, besándome en la frente, dijo:
-Ea, Héctor, puedes coger tu regalo.
Corrí a la chimenea. Lo que allí encontré fue un bulto con el tamaño de un balón muy mal envuelto con el papel de colorines. Desde luego no era el tren eléctrico, ni el maldelman... eso se veía a la legua. Parecía una pelota, pero pesaba mucho para ser una pelota, de modo que confié en que fuera un mecano o en la nave de las galaxias. Pero no. Era la cabeza de papá envuelta en el papel de colorines. Entonces miré a mamá y me abracé a ella, como si de golpe me hubieran sacado una raíz de dentro del estómago, aliviado hasta dolerme los huesos, roto como después de la última paliza... Y allí nos quedamos los dos, mirando aquella cara blancuzca. Un estremecimiento me recorrió el espinazo y me tumbé en el sillón junto a mamá, que tarareaba una canción muy bajito con los ojos cerrados, como si le estuviese costando despertar y ahora le diese vergüenza mirar sus manos y sus piernas. Me agarré a su mano cuando ya se veía claridad tras la ventana. Pronto todos los niños despertarían. Y cerré los ojos y pegadito a mi madre me prometí no abrirlos nunca más.

SALIDA DE EMERGENCIA





















SALIDA DE 

EMERGENCIA























un poema es una sepultura,
y, cielo, tú debes caber dentro.
Violeta c. RANGEL


Y SÍ, cielo, tú debes caber dentro.
Tienes que escarbar y escarbar hasta que quepas dentro,
hasta que en el hueco que abres en la tierra quepas todo,
hasta que la tierra te rodee como a un árbol
y sientas contra ti el peso de esa tierra, el nombre de esa tierra,
el sigilo y el celo de esa tierra, su tibia y celeste muchedumbre.
Una sepultura, sí, y un río navegable
y, allá al fondo, su salida de emergencia.
Porque en el fondo fondo de ti mismo,
donde ya comienzas a ser tierra, la corriente espesa de la tierra se va abriendo
mientras tú te quieres navegable
como el río que nace en el cielo estrellado de tu boca,
en la estrella helada de tus dientes,
bajo la cúpula azul de tus encías, tierra, tierra,
y querrías que un hato de lucios o de tencas trepara hasta tu vientre
y en invierno querrías dar calor a una comarca
y en verano arrancar el escalofrío de un niño.
Y sí, te querrías sepultura navegable, tierra, tierra,
y que los barcos, como ahora, rielaran por tus huesos
y bailasen las muchachas al compás de una orquesta,
que los viejos lanzasen sus cañas en tu orilla
y al arenero no faltara su jornal, su vaso de alma.
Y querrías que todo tú fuera navegable y servir por un momento
de reflejo a todos esos pájaros que cruzan volando hacia el estrecho,
nubes a quienes nada importa quedarse en el camino
o deshacerse como uva en el lagar del cielo.
Y te querrías a la vez sepultura y navegable, fulgor entre el carrizo,
y estar pasando a veces, tierra, tierra,
y cantar a tu modo canciones que sepan a vino, a humo, a ascua, a greda.
Pero en fin, amigo mío, cielo mío, uno debe caber dentro,
y desnudo tumbarse hasta que nada, nada lo salve de sí mismo,
hasta que encuentres algo a que agarrarse,
una copa, un cable, un cigarrillo, un gato, el desván último de un cuerpo,
la Amazonia interior de ese yo o usted o quién sabe,
y el ser que le persigue o te hace ser o lo desagua, así, como en un mar de otoño
hasta ahogarle en una luz sin huesos, en un cielo sin garras,
en una población de hombros y de arterias,
luces que fueron o lo serán un día;
pero ahora, aléjese, concéntrate en un punto, confíese al paisaje
por el que avanza mientras sueñas con un paisaje helado
de tierras ojivales y pájaros azules;
asiente bien los muslos, céntrate en ti mismo,
y la misma tierra en su tibieza, en su drenaje,
le hará abrir de par en par las venas,
hasta que le duelan por dentro como duele una cicatriz
cuando barrunta la nieve
y suspenda, suspende tu contacto con el mundo.
Mantenga, pues, alerta el corazón, date su sitio,
y escuche, escúchate, porque hoy le quiere hablar un pobre tipo,
sí, un pobre tipo atrapado como usted en un muñón de tierra,
de aire o de fatiga, qué más da, un hombre ciego entre los hombres,
el vecino de Remedios, el hijo de Ana y de Fidel,
el chico aquel que jugaba al fútbol,
que se armaba de paciencia o de tristeza ante sí mismo,
que tocaba el mundo con el temblor de un mirlo,
que caminaba por la luz y por el óxido,
polizón de un barco que se hundía

mientras leía versos como quien se traga espadas:
porque tú -leyó en Salinas- vives en tus actos
/ y con la punta de tus dedos pulsas el mundo/,
le arrancas auroras, alegrías. / La vida es eso que tú tocas”.
Y sí, la vida era exacta, radicalmente aquello que tocabas y veías,
la tierra que volvía hacia la tierra,
aquello que pugnaba por vencerme y abrazarte,
sin red, sin anestésicos, sin río navegable, sin salida de emergencia,
sin una maldita salida de emergencia por si acaso,
porque la vida es exactamente esto eso que tú tocas, que en ti busca su extremo,
nube que desborda el aire, gato que al sol busca
su jornal de gato, Remedios, la vecina, tanteando el polvo con su bastón de arena,
la chica que vivía ahí enfrente, en calle Sola,
la terca geometría de las cosas que son tú, tú para siempre.
Mi nombre... bueno, bastará con que sepa que vengo navegando desde lejos,
de muy lejos, de una tierra de robles y castaños,
de hombres que llevan el sueño en sus macutos,
como usted lleva (y yo llevo) la anestesia de Dios esculpida en los huesos,
con ese aire del que cada noche se desviste
y entrega su ropa al respaldo de la silla, y desnudo se confía a la noche
como al espejo-fuente, como al dios del gato,
tierra, tierra, tierra,
[...]

Porque soy yo ese ser pequeño como el ojo de un hacha,
como el mosquito del vino, o la estela de un chorlo,
porque soy yo, siempre, incluso, hecho jirones,
el que construye con sus huesos
su entero ser, su alcazaba, su sepulcro, el que ladra y tiembla
cuando las nubes acuchillan a la luna en el costado
o simplemente pasa, está pasando, como pasa un mirlo, como pasa la voz por este aquí de tejas y gatos y sol y una mañana...
Pero tienes que saber que tampoco en este sitio hay una clara salida de emergencia,
porque una ventana donde uno pueda lanzarse hacia el vacío
no es, no puede ser, una salida de emergencia
(o sí, quizás, bueno, en fin, no estoy seguro);
una salida de emergencia es otra cosa, no sé qué, pero otra cosa:
las nubes, el naranjo, la luz de amanecida, cuando todo es estreno,
el saber que no es tarde para pertenecer a algo, tierra, tierra,
para ser una más de las cosas que suceden,
como el ladrido de un perro o el zumbido de una avispa,
y así mirar el aire como si estuvieras mirándote,
y mirar las nubes, el naranjo, la luz de amanecida, sin ya importarte nada,
sólo eso, la luz, las nubes, sólo eso, pero no sé, repito, yo no sé,
quizás una salida de emergencia sea otra cosa,
como cuando te agarras a algo para que no te tumbe el viento,
o cuando estás solo y sientes la tibieza, el soplo, un bienestar sin causa
y todo a tu redor parece en vilo, envuelto en esa luz
que se esparce por la piel como si un beso,
porque la vida, recuerda, era eso, eso que tú tocas, la tierra,
el llanto de la tierra y su tibieza, su amasijo helado, su vómito, su sol sobre los pinos.
Pero no sé. Llega el momento en el que no sabes nada o lo que sabes
no es nada en lo que puedas asentarte y decirte, ufff, aquí estamos,
he llegado a alguna conclusión, creo que me he asentado en algo
desde donde puedo seguir ahondando en esta tierra,
para alguna vez caber dentro y ser adentro, adentro, adentro.
Media vida he perdido en esperarte, en escarbar para esperarte.
Por eso ni siquiera esperar es ya un consuelo. Es más, no espero nada
que no esté ya aquí, como esos tejados o esas nubes, o el canto ronco de ese gallo,
o el pozo, o mis dedos tecleando para ti, o las cartas que me llegan desde lejos
para calentarme el alma, para decirle al alma que está viva, turbia pero viva.
Y estoy aquí, escarbando, rompiéndome las uñas en la tierra,
como si no tuviera nada que decir, como si hablarte o no ya no importara,
como si el oro del mundo estuviera expuesto en las vitrinas, hecho alhajas,
y uno hubiera llegado tarde a todo, a ti, amor, a todo, cuando al acabar la feria
los obreros, subidos en sus grúas, desenroscan las bombillas,
o apilan sobre el polvo farolillos y banderas.
[...]

yo sé que estás que estoy perdido, tan perdido como yo en este día de otoño,
con esas nubes rojas y bulbosas en el cielo, con el gato en el tejado,
con la tela metálica de exágonos vacíos,
con Remedios, la vecina, punteando con su bastón, el tuyo, el mío, las horas.
Lástima, me digo, que tampoco para ti
haya salidas de emergencia, que estés tan atrapado como yo
bajo este techo, en esta sepultura, tan lejos de tu casa,
de las cosas que te esperan en tu casa,
de tu sillón, de tus vecinos, de tus gatos,
de ese corredor de tierra donde pasa el tiempo lamiéndote con su sucio espejo.
Venía, digo, a contarte algo importante, urgente, inaplazable,
pero no sé, no sé, de pronto el cielo se ha nublado, y tiembla el árbol y el maullido,
de pronto se alza el viento, yo no sé, cae una hoja,
el gato abandona lentamente su tejado y los pájaros vuelan en redondo,
ante esa vieja telaraña que es tu vida y es mi vida.
Quizás nada irreparable, algo que uno escucha, que alguien dice,
ya lo sabes, cosas que soy o que suceden,
esas cosas que también a ti se te posan en los hombros o en los labios,
como un temblor o un escalofrío o la ventisca,
pequeñas, muy pequeñas cosas, pequeñas como alondras,
pero nada tienen que ver en esto las alondras, en mí, en lo que vine a decirte,
pues las alondras están bien donde están,
en mi aldea, en sus nidos, en sus vuelos rasantes,
en un verso de luna y, sobre todo, en sus cuerpos ateridos de alondra.
Pero, a ver, ¿qué quiero contar, qué me atrevo a contarte?
No quiero lanzarme así, como una hiena, a un striptease sin cuerpo,
a una auto-inmolación sin consecuencias (ya está dicho,
uno ha de caber exactamente en su sepultura). De aquí, me juraron,
has de salir como viniste, como el que asiste a un entierro
o desfila de esclavo en carnaval.
[...]

En fin, lo que uno pide es otra cosa: una maldita salida de emergencia.
Porque también yo soy un ciudadano
que paga sus impuestos y exige que todo esté en su sitio:
carreteras, quioscos, dioses, leyes, asesinos, alcaldes, poetas, obuses, sodomitas,
cebras, pasos de cebra, escuelas, farolas, estadios, peluqueros...
Elegí el oficio de ser (sentir, pensar, dudar, sudar, sumar, multiplicarme)
por ser una actividad no peligrosa
(me equivoqué, lo admito, pero ahora no encuentro
manera de volver a ser quien era), aun cuando al empezar en esto
sentir, pensar, dudar, sudar, sumar, multiplicarse
podía servir de algo a un tipo que corría por delante de sus dedos,
y sí, estoy aquí por eso, huyendo de las voces, refugiándome en las voces,
fornicando con las voces en cuyas fauces habita la locura o el aliento.
Porque has de saber que quienes atraparon al sol en su carrera
no se resignan ya a la quietud de la noche
aun sabiendo que el pesar es parte del camino.
Y no es fácil de explicar, porque nada es fácil de explicar cuando uno huye
de enemigos que el tiempo no doblega y nada sirve a nada,
ni correr ni detenerse, ni buscarse mayores enemigos, ni sentarse en esta tierra
que es para la vida como un cuenco, como la obligada servidumbre,
como la luna que baja cada noche hasta el naranjo y ahí dormita,
absorta y negligente, como una yegua enferma.
¿Te has visto alguna vez ante un fusil, sabes cómo se carga una pistola,
has oído el sonido que hace un hombre al caer, un corazón al pararse,
un río desbocado,
has oído alguna vez la tierra?
Cuando nací todo estaba muy reciente, había huesos aún por las cunetas,
nadie se había tomado la decencia de tapar los agujeros ni las cruces de las tapias,
y en ese caso, bueno, bien mirado, cómo no,
no había ningún lugar donde encargar uno el futuro,
donde empezar el futuro o andar al aguardo de un futuro
de calles limpias y frescas, con farolas, donde saliera la luna
sin pedir permiso y el sol se fuese sin pedir excusas,
o Remedios, mi vecina, apareciera cada día en su terraza para regar sus begonias
sin sentir asco, con un dedo que le dijera cállese, métase en su casa,
y el gato siguiera buscando el sol en los tejados, simple, gratuitamente,
como se hace en las casas donde cada día entra el sol con nobleza
y cada día hay begonias y sol gratis en los tejados
y la gente se sienta cada día a comer y hay alegría
y hablan de esas cosas pequeñas como alondras, nubes que pasan,
muchachas que esperan púdicas al pie de una maleta
mientras alguien sueña o muere y es otoño y los gatos buscan el sol que dan en los tejados.
Pero me basta con que sepas que aquí, bajo este techo,
no hay más que lo que ves, paredes que se cierran, vigas que te ahogan,
ventanas que no dan sino a sí mismas, lámparas que dan dulzor al frío,
navajas que escandalizan la rueca de la noche y tú,
amigo, tú, tendrás que tomar una decisión, una buena o una mala decisión:
en caso de peligro has de elegir si salir por la izquierda, si escapar por la derecha,
si encaramarte al techo o arrastrarte por los sumideros,
¿y no me digas que al entrar no has reparado por dónde queda la salida de emergencia?
[...]
sólo existen unas vísceras posibles: las del Dios de las borrascas,
las del Dios que se deshace en el descielo,
las del Dios que mueve las hojas del naranjo del vecino,
las del Dios que mantiene la tapia frente al viento,
y hasta un poeta como yo sabe que el Dios que veo salir cada día de mi celda
no tiene entrañas ni atributos, sino hojas o paredes, y gatos
que se tumban como dioses en los charcos que el sol dibuja en los tejados,
y al moverse las hojas, es el propio Dios el que se mueve,
y al quedarse en pie la tapia, es Dios el que se queda en pie,
porque todo es igual y tú lo sabes, porque Dios es igual, nube y tejado,
el cielo que veo y el ojo que mira, la luz y las entrañas,
o no, pero entonces admitamos que sus entrañas son el mundo, el universo,
en fin, estoy hecho un lío, porque Dios, ya lo he dicho,
se mece en las hojas del naranjo y es un Dios formidable y eterno,
hecho de luz y hecho de lluvia y hecho a veces de un malestar antiguo,
de un dolor de estómago, de una angustia lejana, del pelaje de un gato, del zurear de una tórtola,
pero yo a Dios, como Caeiro, lo llamo por sus partes,
y así lo llamo silla, lo llamo cruz, avión, lo llamo instinto, herida, soplo, huesa,
tú, tú, tú,
pero no soy, tampoco soy un poeta metafísico,
aunque, como alguien dijo, la única metafísica consiste en existir,
hay suficiente metafísica en existir, por ser exactos.
Pero seamos exactos, seamos tan exactos como lo es el sol,
del que sabemos cuándo sale y cuándo se marcha,
por qué cada noche se sostiene un instante, hostia pura, en el sangriento horizonte.
No, esas entrañas no existen y si existen
no es posible pisotearlas, pues son, cómo diría,
argucias, puentes que uno tiende hacia...
hacia..., bueno, en realidad, no sé hacia dónde,
conque tranquilo, no pienso hablarte más de aquel hijo de puta, tú ya sabes,
el enano del castillo, para qué, me pregunto, hablar de cosas que ya fueron,
de tipos que no cuentan en el saldo verdadero de la vida,
ceros sobre ceros en un montón de ceros
de la mano de otros ceros coma cero, coma cero, coma cero...,
cerumen y carcoma, mercurio de la nada, ni frío ni calor,
metástasis de la nada siendo nada, ya lo he dicho, enanos del castillo, toñoysern,
y además, yo me pregunto, ¿se merece un tipo así entrar de polizonte
en una reflexión sobre mi vida, esta vida que me queda tan mal como un mal traje?
[...]
Aquí me tienes. Y desde aquí, oh mundo conocido,
crezco como la grama en primavera o la luz tras el eclipse.
Como la zarza o el huracán crezco y sólo vengo a entregarte lo mejor de mi cosecha, yo no sé,
mi palabra, mis dudas, mi dolor de muelas, mi dolor
de huesos, mis jaquecas, tú, tú, tú, pero no te espantes ni sorprendas,
no mires al de al lado, no desesperes todavía,
aunque no encuentres la salida de emergencia,
y tenga que vivir preso de mí, de ti, rehén en este alcázar,
Conde de Montecristo en un montón de carne,
Teresa de mis llagas, desfallecida, enhiesta,
hombre que mira cómo le muere el pie, desventrado en Ruanda,
asilado en su choza, porque puede arder algo, romperse el techo,
o que alguien, por qué no, se saque una pistola, una navaja o gas mostaza, qué sé yo,
pero, bueno, ¿no estaba hablando de la cárcel, de la cárcel
donde el alma se avinagra, pudre o riela?
Porque es triste ir por la vida como quien va de vuelta,
con su lanza al hombro, herido y sin escudo,
es triste en el verano asegurar que era el verano la única estación,
porque pasaba el viento y no supimos alcanzar el fondo fondo de lo verde,
ni con qué puentes con qué calles
con qué gentes con qué montes convivir...
Pero tú, peregrina irredenta de mi sangre,
que vas y vienes en mí dulcificando las torres,
avivando los pueblos, dando de comer a los peces,
pero tú, tú mía, tuya tú, tú para siempre,
herida de los huesos, flor de los huesos, risa de los huesos,
tú me haces ser, como la luz hace ser al pozo.
En fin, en cuanto toco aire me pierdo sin remedio,
como me pierdo en la plaza, o en el calor que no le doy a mis hijos,
o en el mirar un momento al cielo, intensamente,
como si lo viese por vez primera desde un barco, en mitad del mar,
en este mar que ahora eres tú y me pierdo como un niño se pierde en una feria
o el reflejo del canal se pierde en su propio reflejo,
oh Amsterdam transida, Venezia de las cúpulas.
No sé, esas cosas, que tanto hacen temblar a los peces o a las hojas.
[...]

El miedo ahí, chascando, pudriendo, enrabietando, decumiendo, destibando, estupedeciendo, maltensando, portisiendo, contraestando, abasiendo...
gusano de tus días, yugándote y distiéndote por dentro, como lis oscuro o tendal de lava.
Una raíz que se hunde en tus varices, metástasis del pensar,
del no pensar racionalmente, se comprende,
pues la razón, yo no lo sé, será el costal donde verter tu miedo,
una manera de sacarlo afuera, hacia un callejón oscuro y decirle, vamos, lárgate,
que no te temo, pero el miedo viene de los huesos,
como de los huesos es sentarse a ver cómo cae la tarde, intensamente,
como si ocurriese por vez primera, antifaz de esa noche y de ese árbol
donde dormimos tantas veces con el ojo entreabierto hacia el leopardo,
o eres tú, raíz clavada en los güesos, dulce, sosegadamente,
cuando ya todo me pide sumarme a este silencio,
mientras dejo que cabalgue abierta, dulcemente por mi pecho el corazón.
Y así, al volver en mí, escuchar el ligero susurro del viento al rodearme,
el crujir de las ramas. Y así, con ese leve soplo,
me siento alzado por el silencio innumerable,
y lo eterno grana en mí, como la uva o las estaciones.
Es entonces cuando ya nada me importa naufragar”.
Hablaba del miedo, de esa cueva que espanta a la razón,
pero que llega, como llega un amigo hasta tu casa,
o un pájaro abatido hasta el alféizar, o la enfermedad a una familia.
Porque, desde luego, no quiero descartar
que muy cerca de ti se esconda un muerto, incluso podría ser yo ese muerto, mi asesino,
así que ponte en guardia, no te entregues, toma precauciones,
métete el condón por la cabeza y empuja aunque te duela, aunque te duela como duele un hijo o una piedra,
porque puede que estés ante un simple impostor, ante la muerte
de un tipo que enciende velas a su noche, incertidumbre arriba incertidumbre abajo
y ruido de muelles en la náusea, que camina a tientas bajo el yugo,
que se detiene aquí y allá a contemplar las garzas que en el pinar se esconden.
Que descansa y espera mejor momento para nada.
Que olvidó su nombre, que acaso sea ninguno.
Que no partió o se queda a labrar la tierra y ve cómo crecen los jaguarzos, la desidia.
Puede que estés ante el que corre haciendo círculos
o ante el que camina sobre el agua del estanque.
Ante quien parte solo y solo sigue y prueba confundido el fruto de las huertas,
el mercenario, el sucio mercenario
que hunde su lanza y su vinagre sobre el hombre moribundo en su calvario.
Ante aquél que no se atreve, o el que se esconde detrás de una cortina
y balbucea su inocencia pero acepta horrorizado el sueldo, la corona.
O quien ha vuelto y sin temor otea el horizonte, que aguarda una señal para perderte.
[...]

El matador del leopardo y el herido, el transeúnte
que vuelve a su deriva, el comprador de humo
y el que ordena en un papel las notas del ultraje.
El peregrino, la reina, el loco, el que sostiene el hacha
cuando duermes. El que cuenta cada uno de sus pasos
y nunca se mueve de su silla. El francotirador, el anarquista,
el que llega por primera vez a un río y se abandona a él, satisfecho en su creciente.
El desaparecido, la amazona, el misionero.
El que erró el camino y ahora sigue cualesquiera.
El apóstata, el Dios que se hace el muerto o cubre con su máscara tu máscara,
el que lo ignora todo, el que de todo abomina, el que se rinde a todo,
el arquitecto, el Arquitecto, el proxeneta de sí mismo,
el que cansado arriba y hasta al barquero niega el óbolo ruin de su peaje,
el que conmigo va, quien me persigue,
el enamorado, sí, el enamorado, ese impostor que se guarda de mí bajo mi nombre.
En fin, el impostor, el hombre, el todavía, el por si acaso,
el estuve allí y el no podía creerlo, el ahora es tarde,
el si aún pudiera, el yo no fui, el déjeme tranquilo,
el lo siento ahora mismo está ocupado, el ha muerto, el está herido, el está ausente,
el no me suena, el bajo ningún concepto, escúcheme bien, bajo ningún concepto,
el craso, el dimas, el casio, el césar, el ni me cuente, el yo no estuve allí,
el no le miento, el usted no sabe con quién habla, el perdóname, ese no era yo,
el puedo asegurarle, el ni yo me reconozco;
el que bastante tiene con estar contigo o ante ti, sin una sola salida de emergencia.
En fin, a qué engañarte, mejor es que hubieras ido a correrte alguna juerga,
porque ya lo ves, todo viene a resumirse en el absurdo engreimiento
de quien ha perdido todas las batallas
y dice contemplar a Dios cada día ante el espejo.
Pero, sabes, las batallas que he perdido, que fueron casi todas,
a nadie interesan salvo a mí,
y ni siquiera a mí, que vivo devorado por la amnesia como devorada vive
la roca de Ushistar o las cavas de Norchia o de Sorano,
(“y como el mar borra la huella de los barcos, el tiempo borrará nuestras estelas”)
porque, a ver, en el amor que ya se ha ido,
en la jarra que se ha roto, en la reputación que no tengo,
en la prisión que no fue, en el profesor aquel de física,
en los resabios que no supe encauzar,
en el paso cruel del tiempo, en la impotencia,
en esas cosas que no importan a nadie,
perder o ganar nada consuelan y nada significan.
Yo escribo largas frases y en ellas me defiendo, trincheras que no sirven
para detener las balas, ni para guardar mis muertos, ni para secar mi espanto.
Es poco, lo sé. Es nada, lo sé. Hago palabras, como otros hacen puentes
o hacen calcetines, vídeo-clips, rascacielos, esas cosas,
y es tan poco lo que hago, tan nada lo que hago, que necesito venir hasta este sitio
para decírtelo, aunque a ti te importe un bledo,
aunque estés en tus cosas, en la chica que cruza sus muslitos,
en el olor a grifa que viene de allá atrás,
en la posibilidad de un polvo con este tipo que te has encontrado
aquí, justo en la puerta, de hablar con alguien,
de tomar una copa en cuanto yo me vaya, yo no sé,
pues aunque no veas una maldita puerta
de emergencia, por qué no, métetelo en la crisma,
no hay puertas de emergencia, te doy un poco de calor,
y por un rato suplo la falta de esa puerta,
su no existir, su estar cerrada, su no ser,
porque uno debiera tener los pies desnudos
y, oh Rimbaud, andar por esos prados con un sombrero roto en la cabeza,
pero no, te calzas tus botines y te pones a andar por esas calles,
hasta la última esquina, hasta el cementerio, el mirador,
como un preso al que cada día dejan salir por unas horas,
porque es eso, te dejan estar por unas horas, te ganas una cama, un puñado de trigo,
quizás un aparato que te lleva hasta el trabajo,
y eso es todo, eso es todo, yo no sé,
y aún así simplemente vives bien, te pones cada tarde los botines
y te marchas cada día por la acera, hasta que todo acaba,
la ciudad, el mirador, el escalofrío, el cementerio,
pero eso no te hace mejor, ni más libre,
eso es sólo pasear cada tarde, llegar hasta las tapias y volverte,
cuando ya la luz se va, cuando la ciudad se acaba,
cuando concluye esa celda que es tu celda,
y ya la noche, como tigre sin alma, cuenta tus pasos,
se los traga, los tritura, y deja sobre el suelo tendones, tibias y aguafuerte,
porque tampoco en la celda tienes puerta de emergencia
y sin puerta de emergencia no eres nada,
un tipo grapado a la pared, entumecido, a merced del sudario,
Héctor arrastrado por su Troya, Aquiles herido en su talón, Don Quijote ante su propia sombra,
Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento,
y la Maga, la Maga, ¿encontraría a la Maga?
Y sí, ya sabemos que hoy todo es igual,
pero al abrir los ojos advierto adviertes que no, que todo no es igual,
que existe una vibración en las cosas, un fluir de las cosas como a ráfagas,
un ir y un venir de las cosas a las cosas, un algo sin fin y sin propósito.
[...]

De la vida no.
Acabemos hablando de la noche que cuaja en la alameda,
del maquinista azul sobre la grúa;
hablemos del sol timbrado de la tarde,
de esa sombra que nos sueña y que soñamos a la vez.
De la vida no: del corazón que estalla a cada abrazo,
del perro del hotel y los turistas a quienes el sol birla sus dólares,
hablemos del botín y de las manchas que has visto crecer en la pared,
de aquella juventud al amparo del miedo y de los cuerpos.
De la vida no. La vida es sólo un tema
de sablistas, jacinto corrompido en boca de copleros.
Desecha pues la vida, qué importa la vida,
el vértigo, la náusea, el precipicio,
la turbia certidumbre que vuelca nuestras copas,
la voz, el rayo, las cosas que nos ladran,
la muerte de los dioses, la suerte de papá,
la sombra y los esteros, el pánico, la niebla,
la mecha esa que enciende cada tarde el corazón.
Qué importa, pues, la vida, y te comprendo,
si mañana una bala, un naipe, una cirrosis
nos alcanza en pleno rostro y el autobús no cambia al cabo,
ni su horario ni sus niños, ni sus baches,
ni su mugre, ni siquiera sus paradas.
Sin embargo, escuchas a un hombre, el pensamiento errático de un hombre,
espejo de ti, raíl por donde vuela el tren que es ya tu vida,
y te dejas conducir o empapar o, yo no sé,
por las dudas o mentiras de un hombre igual que tú,
que quisiera ser como tú, pero que sería capaz de arrastrarse
para que tú vengas a lamerle las heridas o a escucharlo,
porque dice haber perdido todo, las batallas, los años y la fe,
porque no sabe qué vino a hacer aquí, cómo carajo salir de ésta,
de su propio pellejo y del pellejo que es todo,
piedad, piedad, ¿lo has pensado bien?,
[...]
Dios, y tú lo sabes, Dios, tú lo sabías
y, como a todos, me has nos has abandonado y, como a todos, me has nos has envilecido,
y has hecho de mí y de ti una sombra sin materia, y has hecho que hiciera de mí
un despojo sin vitrinas, un naipe sin baraja, un faro sin mar, un prado sin ovejas,
imagen y semejanza, eso es, pero, no sé, imagen y semejanza,
imagen y semejanza de quién a qué, de qué a quién,
tierra sin nombre, tierra, tierra, azul sin propósito, arrebol sin carne, razón sin ley,
marsupio tras marsupio, la mejor camisa, el pie donde te hundes, la mano que me duele,
hombre al agua, en cruz, Guantánamo, la orquídea,
piedra donde las nubes mueren, lengua que arrancan los gusanos,
raíz que muelen los gusanos, que sangran los gusanos, que orbitan los gusanos,
en fin, a qué seguir, descrédito y pantera,
Remedios, la vecina, el gato que flota en el sol como un mar muerto,
reloj que no te ha de quitar el cielo, ni cielo que te quite el hambre
de andar vivo entre un millón -¡qué digo un millón!- de muertos,
y todo sobre todo, sobre todo todo,
el que no haya aquí, en esta sepultura, en esta esquina,
en esta tierra, tierra, tierra, yo lo sé, excuse, mira,
ni una maldita salida de emergencia.
















































Nota final:
La primera versión de este poema fue escrita en los primeros días de abril de 2002. Desde entonces he trabajado intermitente y a veces febrilmente en él. Debo confesar que desde su nacimiento albergo innumerables dudas acerca de su posible interés, pero en este ya largo camino sus versos me han ido acompañando y creciendo como el árbol que uno siembra ante su casa, hasta el punto que hace mucho tiempo que, formando parte de mi paisaje interior, ya no consigo verlo. Remedios, la vecina, hace al menos tres años que falleció, el abeto de Vitorino fue cortado hace mucho y mucho hace también que no veo gatos por los tejados, de modo que hasta la realidad parece empeñada en reescribir estos versos. El resto de cosas, es decir, los tejados, el pozo (junto al que tanto jugué de niño), el naranjo, la calle Sola... siguen ahí, observándome desde el otro lado de la ventana y de la vida.

El lector no dejará de encontrar a lo largo de estos versos pequeños guiños y homenajes a poetas que son de mi agrado, como Salinas, Rosales, A. Machado, Kavafis, Leopardi, Dylan Thomas, Pessoa en sus distintos avatares y algunos otros más recónditos y escondidos. Me hubiera gustado añadir a Pavese, Baudelaire, Rimbaud o Claudio Rodríguez, pero las circunstancias (o la inspiración) no lo han hecho posible.

Quisiera acabar agradeciendo a Javier Sánchez Menéndez el muelle propicio que me brinda para que estos versos hallen refugio en su Isla de Siltolá y a Diego Vaya sus pertinentes correcciones. También quisiera mencionar a Rey, quien a principios de 2009 me acompañó con la guitarra eléctrica en la primera y fragmentaria lectura de este poema que dedico a mi padre, que se marchó de esta casa, y a Pilar y a Helena y a Julio, y a Zaqi y a Chispa que han habitado la casa mientras se iba escribiendo. Quisiera mencionar a François Louis Le Blanc y a Fernando Cabrita y a Ida. Sumo esta dedicatoria a todos los que alguna vez, siquiera por unos instantes, entraron o habitaron metafórica o físicamente mi casa. A todos ellos.

Juan, el padre de Pilar falleció en 2010, mientras se escribía. También Rafael Gómez, Lito, se nos fue de hoy para mañana una tarde de noviembre de 2013. Juan Delgado, el poeta que, casi estoy seguro, apreciaría estos versos, nos dejó también. La madre de Pilar descendió hacia las correduelas laberínticas del alzhéimer y mi padre, que murió hace poco, vivió sus últimos días enganchado a una bombona de oxígeno. Helena y Julio mientras, fueron creciendo hasta cuajar en ellos mismos. He visto pájaros azules asomados al interior de un ciprés y he visto un trozo de mar temblando sobre la yerba. Todo lo acepto como avatares de un mundo que gira y que gira sin parar. Quizás el poema te hable de eso: del soplo, del temblor y del viaje (yo no sé), mientras, las nubes rielan hacia el oeste y los colibríes baten sus alas interminablemente. La vida sigue y quizás este poema-río, este poema-nube, este poema-tierra continúe su lenta metamorfosis hasta que ambos desemboquemos en el mar, que para mí queda al final de esta misma calle, oculto por la fronda de los castaños y que para el poema está en ti, querido lector, que lo llenas de sentido.

No quisiera irme sin recordar unos versos de Li Song Io que acaso en su brevedad, sean capaces de explicar este larguísimo poema:

Ya la luna ha salido sobre las copas de los cedros.
En las aguas del estanque,
una y otra vez, se arquean los peces.

Sus lomos cintilan un instante besados por la luna,
antes de hundirse definitivamente bajo el agua.


Permítame despedirme con una pequeña poética que escribí hace años: “Tonterías las mínimas. Gilipolleces, las mínimas. A veces en mil sesudas líneas no logramos decir nada y en cambio en un poema de cinco versos cabe el mundo. Quién se lo explica”.

Fuenteheridos, tiempo de cerezas de 2014


[El poema vertido al blog 3 es incompleto: si lo quieres completo escribe un comentario sobre el particular]
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