EL AZAR Y VICEVERSA


EL AZAR Y VICEVERSA
Felipe Benítez Reyes,
Ed. Destino
Barcelona, 2016


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Casi nunca escribo de las cosas que voy leyendo porque ya lo hice una vez y casi la palmo. Ejercer de crítico literario es acaso la peor y la más canalla de las profesiones que he experimentado y eso que he me he visto de apicultor, de peón de cementerio o de topógrafo del más allá. Basta que ante un libro al que has calificado por activa y por pasiva de espléndido se te escape una adversativa para que dos horas más tarde de que la reseña vea la luz, el autor se las ingenie para cagarse en todas tus mulas en privado y, una vez calentito de rioja, llamarte con un cierto rintintín -sic- para hacerte ver lo profundamente injusto de esa adversativa. Y fue por eso que decidí dejar de escribir sobre vivos y comecé a hablar sobre muertos, que no suelen llamar a deshoras y han atemperado la fe en las opiniones ajenas.
Creo haber leído toda la narrativa de Felipe Benítez Reyes y en cada una de mis expediciones a ese mundo suyo del escepticismo-mágico he salido mucho más confortado de lo que entré. Recuerdo con absoluto regocijo la lectura de Tratándose de ustedes, la novela que inauguró mi fascinación por su prosa. El novio del mundo, exagerada, locuaz, ingeniosa, lúcida y a ratos desternillante, me convirtió ya en un incondicional. El fraseo de aquella novela envenena, aturde, asombra... Acostumbrado a su verborrea virguera y al estado de gracia con que fue escrita El novio, Mercado de espejismos, la novela con la que su autor consiguió en Premio Nadal, me pareció que carecía de algo de swim (ay, niño, en cuanto te dejo solo, te comen las adversativas), de modo que esperaba con muchísimo interés su próxima novela, El azar y viceversa, cuyo título, todo hay que decirlo, tiene apostura bergaminiana. Pues bien, me bastaron unas pocas de páginas para saber que volvía a tener frente a mí la mejor prosa que uno puede echarse al coleto entre los autores vivos de este país. Y es que a pesar del escepticismo que parece ir abriéndose camino en el imaginario del autor, leer El azar y viceversa es una auténtica fiesta. Estamos ante un libro río, con lazos ineludibles con nuestra mejor tradición picaresca. Las estaciones de penitencia a que el destino -ese filósofo algo puesto, que diría FBR- somete a su pícaro protagonista, un buscavidas roteño que desde la muerte de su padre se ve abocado a negociar con la incertidumbre, con un cierto pálpito autodestructivo y con las trampas y veleidades del deseo y su ristra de diosecillas biodegradables, si no un verdadero carácter, van forjando, sí, una historia en la que el azar juega con la presunta incapacidad del protagonista para tomar las riendas de su propio destino. En cada vuelta de fortuna, la realidad del azar -sic- siempre acaba por traicionar sus expectativas, pero él continúa, imperturbable picapedrero del destino, buscándose la vida ante una galería de personajes a cual más bergante, follón y pisacharcos, aunque también los hay de una bondad o de una candidez infinita, como el enano ventrílocuo, María, o el anarquista Tiresias. Diríase que el narrador, que va mutando su nombre y su circunstancia, no es más que un pelele en manos de unos tiempos y unos hombres difíciles, donde escapar a los imaginarios conspirativos de los demás, de los propios y de la fatalidad, es la mejor de las noticias. Aunque Benítez Reyes eluda hablarnos de los hitos históricos concretos que sacuden al país y sólo aparezca el inolvidable 23 f, estamos ante una novela con una cierta fornitura coral, que relata con absoluto dominio del lenguaje, los entresijos de unos tiempos que no fueron tan fantásticos ni tan hermosos como la publicidad quiere hacernos creer. En esta galería de biodegradables, aparecen camareros del hampa, donjuanes, yonquis, niñatas, mariposones, escondidos, tratantes de antigüedades, pastilleros, anarcos, poetillas de tres al cuarto, notarios con parné, pajilleras, parlamentarios tarambanas, lolailos, embaucadores, camellitos, suripantas, abstraídos, y hasta una momia disecada... y todos ellos parecen sometidos a los vaivenes del azar y a las dentelladas de una vida que parece haberles cobrado demasiada ventaja.
Tanto en el poeta como en el escritor roteño, pervive un ambiente lisérgico, fluencial, donde la realidad se entrevera de sueños y los sueños se entreveran de realidad, al punto que a veces resulta difícil saber de qué lado van quedando unos y otros, pero al fin es una gozada seguir las elucubraciones de la palabra en estado de pura insurgencia, de brillantísimo cascabeleo. Acabando: una espléndida e hilarante novela que agranda la buena sombra de este escritor, acaso el mejor amueblado de nuestra generación.

HILO NEGRO, MEMORIA VISUAL DE FUENTEHERIDOS





“Hilo negro: más palante;
hilo amarillo: buscad en todos los rinconcillos;
bulto veo y de aquí no me meneo”.
Juego popular del hilo negro

El hilo negro fue un juego que los niños de Fuenteheridos solían jugar en las tardes-noches de invierno, cuando se hacía pronto la oscuridad (ver Al estribillo, de José Luis Macías, 2016, en esta misma colección). Como tal, el juego se extinguió sobre los años 70, pero al pensar en el título de este libro su imagen se me vino a las mientes por lo que tenía de metafórico y también por lo que tenía de rescate. El hilo negro que hoy presentamos es el hilo de la memoria, de la memoria plástica y fotográfica de ese pueblo donde los niños jugaban en la noche.
En 1850, fecha en la que se publica el Diccionario Madoz, Fuenteheridos era un municipio que doblaba en “almas” a la población actual; nuestros paisanos se dedicaban mayormente a labores de agricultura y ganadería, pero en el término no faltaban serrerías, molinos harineros y probablemente lagares, almazaras, tabernas, posadas y hornos de cal. Según este informe, Fuenteheridos malvivía en una pobreza tenaz, pero sin grandes sobresaltos. En fin, como vendría ocurriendo en cualquier otro municipio de un país desdichado que, sin embargo, seguía erre que erre en sus imaginarios históricos de imperio colonial.
Esquinado en el mapa de las Españas, arrinconado de todos los caminos, por esas fechas nuestro pueblo se parecía más a la aldehuela medieval que naciera en torno al barrio del Gavilán, que al Fuenteheridos del que hoy disfrutamos. Si se nos permitiera dar una vuelta por el pasado y siguiéramos sigilosa y libremente los pasos del colaborador de Madoz, allá por los albores de 1850, observaríamos que los “paperos” de entonces realizaban, con contadas excepciones, los mismos trabajos y pasaban las mismas o parecidas fatigas y quebrantos que los primeros repobladores venidos de los reinos del Norte, que construyeron sus casas allá por el siglo XIII, lejos de la fuente grande, donde tal vez la vida fuera más insalubre y llena de zozobras; y si las fatigas y las expectativas de unos y de otros no serían muy distintas en estos seis siglos, tampoco lo serían sus métodos de trabajo, sus explotaciones, sus aperos, sus ajuares, su manera de nombrar a las cosas y a las gentes, sus fiestas, sus construcciones, sus ritos relacionados con la naturaleza, sus costumbres, sus cuentos y canciones...
En ese hipotético recorrido por el Fuenteheridos de 1846 que haremos junto a este curioso forastero, nos encontraríamos con centenares de gallinas por las calles, con perros tumbados a la sombra de las paerillas, con cabras triscando la yedra de los corrales o las callejas, con cientos de burros y mulos aparejados y cargados de taramas, heno o greña, con las matas de orégano puestas a secar en las fachadas de zócalo color tierra o añil del barrio alto, con mazorcas u orejones arracimados en las solanas, con el olor a pan recién hecho en alguna de las panaderías del pueblo, con los zarzos...; en la plaza del Coso encontraríamos a extraños y tal vez trajeados personajes (tal vez los cobradores de las temibles contribuciones o quizás forasteros que venían hasta el pueblo en busca de porvenir sorteando los charcos y echando miradas furtivas a las lavanderas que bajo su pañuelo a la cabeza, enjuagaban la ropa entre los puentecillos y los regatos); tal vez si desde el hontanar que entonces era la plaza nos diera por dejar atrás el crucero y echarnos a andar por la calle de la Fuente, nos encontráramos con aguadores y con viejas lavanderas que subían con la colada sobre una especie de roete de paño colocado en la cabeza; nos cruzaríamos con una yunta de bueyes que regresaba ya de la faena por esas Valdelamaderas, en cuyo camino acaban de levantar un cementerio; advertiríamos la fragancia de los peros o los melocotones extendidos en los suelos de los zaguanes previamente pavimentados con helechos, y tal vez si el tiempo fuera de castañas podríamos asistir al aroma de los borrajos y a las concurridas fiestas nocturnas en las llamadas casas de las apañaoras donde suenan las castañuelas, las bandurrias o las flautas; tal vez al sonido de las campanas podríamos detenernos un rato en alguna de las tabernas del barrio alto donde se despachaba mosto de El Coto o de La Viña de la Higuera, mientras un calero exageraba las arrobas de cal de su nuevo horno de Navasola o Los Zurraores, el regaó del pago de la Valunguilla trataba de cobrar unos reales al hortelano y el cabrero sostenía que este año el agua vendría tarde y poca. Si saliendo de la taberna, siguiéramos calle arriba tal vez escucharíamos las recatadas puntadas del zapatero, los cantiñeos del lañador, los precisos martillazos del herrero, el sonido de los zancos de un par de zagales que juegan en la Plaza Alta entre gallinas y gatos meditabundos, nos seguiría el compás de la garlopa del carpintero en la calleja del Estanco, las toses de un tísico -pobrecillo, no llegará al tiempo de las cerezas-, la charla prieta del talabartero con un arriero vidargo y guasón que acaba de descargar tres sacos de papas de la Postura de los Mundos o de Guirola, las voces peregrinas de las zagalonas oreando los colchones, el tocotó de un mutilado de las primeras guerras carlistas, que ahora hace banastas y cestas, y un hombre huraño y tenaz con un brazado de taramas o un haz de calquesas al hombro subiendo trabajosamente la calle del Castillo; más adelante saludaríamos a una vieja que enseña labores de punto de cruz a zagalillas tunantas y risueñas, y nos sorprendería que el llamado Barrio fuese entonces un castañar, que el cementerio viejo siguiera en el Carnero, pegado a la iglesia; que se alzara un tilero enorme en el porche de la iglesia donde al atardecer se sientan a charlar los viejos, que la Charneca y la calle de los Tejares fueran apenas caminos donde comenzaban a asentarse casas, que la carretera que atraviesa el pueblo no existiera, como tampoco Villa Onuba o las canteras, que la actual fuente aún no estuviese erigida, que el crucero de mármol -la cruz- se hallara más escorado a la Esquinita, que en el lugar de la plaza de toros se alzase un precioso olivar, que la escuela actual fuera un huerto de castaños tempranos regado por las aguas de la fuente Cimbera, o que en la torre, acaso la más bonita y pizpireta de la Sierra, aún no anidaban las cigüeñas; de vuelta a la Fuente nos encontraríamos a abueletes sentados a la recachera en sus sillas de enea a las puertas de sus casas ataviados con las viejas y ajadas chambras, limpiando jabichas o haciendo cucharas con madera de berezo; un poco más allá veríamos a niños llenos de sabañones jugando al hilo negro, al marro o a las champas, según la época, al barbero que anduvo sirviendo en Cuba esperando la clientela mientras observa el vuelo elegante de los vencejos y golondrinas que hacen sus nidos en los aleros, a un cura con sotana y bonete seguido de dos monaguillos que baja algo pesado y sudoroso la calle, al dueño de la pensión, recién llegado de Cumbres Mayores, regando unas pilistras y quitándose a manotazos las moscas de la cara, a un segador afilando su guadaña apoyada sobre un madarro, junto a la liara; probablemente nos veríamos sorprendidos por un rifirrafe de gatos en un tejado, y tal vez de una de las esquinas se nos apareciese un rebuscador, un zagal con una cesta de gallipiernos o cerezas (según la temporada), un porquero tras una piara de guarros, o una muchacha con el cántaro al cuadril. Escucharíamos silbidos de enamorados, denuestos de viejo, piropos azarosos, pregones de buhoneros, ecos de canciones de ciegos que narran tremebundas historias de cuernos y asesinatos que habían pasado en Extremadura o en Galicia, vaya usted a saber; lamentos de una madre a la que le acaban de notificar que su hijo se tiene que ir a servir a Manila o a Cuba, pregones de aguador, campanillos de cabras, cencerros de vacas, el chasquido franco de un hacha y el olor primoroso y limpio de un jazmín. De noche no veríamos más luz que las de las estrellas y acaso algún pálido resplandor de vela reflejándose en un ventanuco. En la apacible noche el pueblo tal vez olería a leña de chimeneas, a migas o poleás recién hechas o a corato de guarro asado en las cenizas, justo en esa casa de la esquina de calle Álamo con Águila, donde varias familias se juntan esta noche de invierno para contarse cuentos y chascarrillos que los niños no aciertan a entender, y ya un poco de madrugada, al doblar la calle Sola, nos parecerá sentir el inverosímil frufrú de una marimanta. Muy temprano, casi al amanecer, tras el canto del gallo, regresaría la vida a los hogares y la marimanta a su casa. Los zorros estarían de regreso a sus cuevas, tras haber pasado la noche acechando a las gallinas cluecas en un corral del Chorrillo, los tejones hocicarían en el maíz, y los topinos horadarían las lievas y los quebraeros. Por Maiguerra crecería el culantrillo y la magarza, y en los Vallemenores se escucharía el canto del cárabo, mientras, un poco más allá, en la Cuesta de los Chinorros, donde se extraía la arena y la tierra para la construcción, los abejarucos emprenderían sus primeros vuelos matutinos. En el Risco Aburacao, horadado por los rayos, un águila dibujaría círculos sobre una mula muerta y en los castañares y pinares cercanos escucharíamos el toc-toc del pico caballar. Al filo del amanecer, en el hondón de las cuadras o en las cerquillas próximas los hombres aparejarían a sus bestias y el olor a pucherillo acaso engañara al frío, mientras afuera ladraban perros, maullaban gatos, y en una casa cercana a la era de la Carrera, una mujer llegada años atrás de Encinasola, Valdelarco o de Hinojales terminaba de dar a luz y otra, a mitad de la calleja del Estanco, se hacía releer una carta de un novio que estaba haciendo la guerra por la parte de Navarra o Aragón, cualquiera sabe, antes de ponerse a algofifar los suelos de barro cocido, mientras una carrafilera de niñas cantan en la escuela femenina la tabla del tres.
Son detalles e historias que el colaborador de Madoz (1846-1850) no consignará en su informe. Tendrá tiempo, sí, para hacer algunas preguntas sobre el pueblo, y añadir algún dato más. La verdad es que no hemos tenido que hacer un ejercicio imaginativo demasiado grande: muchos de los elementos descriptivos que he señalado seguían estando vivos y presentes en los años sesenta del siglo XX y ni a mí ni a la gente nacida antes del 60 nos resultan ajenos. Lo cierto es que el colaborador de Madoz, que se ha guardado lo mejor de su estancia para sí, nos ofrece la siguiente descripción de nuestro pueblo:

Vecindad con ayuntamiento en la provincia de Huelva (15 leguas), partido judicial y adm. de rentas de Aracena (12) , diócesis audiencia territorial y ciudad g. de Sevilla (6) . S I T . en la umbría de una sierra sobre 3 collados, en el camino que conduce desde el Fregenal á Zalamea, próxima á la fuente que es cabecera de la rivera de Murtiga, con buena ventilación y CLIMA, siendo las pulmonías y todas sus semejantes las enfermedades mas frecuentes. Consta de 251 CASAS de 512 varas de altura con buena distribución, repartidas en diferentes calles empedradas y limpias y 2 plazas, una de figura triangular de 30 varas de larga y 10 de ancha, y otra llamada el Coso frente á la fuente y con una cruz de mármol bien concluida, es de 60 cuadradas; hay una sala de ayuntamiento en cuyos bajos está la cárcel, escuela de niños dotada con 1.100 reales y otra de niñas sin asignación, concurriendo 30 alumnos á cada una; una fuente abundantísima citada anteriormente de cuyas buenas aguas se proveen los vec y surten á los ganados; iglesia parroquial (El Espíritu Santo), servida por un cura de entrada de nombramiento del ordinario, un presbítero, un sochantre, un crucero y 2 acólitos; y por último, un cementerio estramuros á la parte del O. que en nada perjudica á la salud pública. Confina el término por el E. y S. con el del Castaño, y por O. y N. con el de Galaroza, teniendo de extensión 1/2 leguas cuadrada; en él se encuentran varias canteras de mármol blanco , de las que se han estraido y llevado á Sevilla piedras de consideración, pero en la actualidad no se cortan ningunas por no haber caminos para conducirlas; existen porción de minas denunciadas, mas en el dia se hallan paralizados sus trabajos. El TERRENO es de mediana calidad, bastante montuoso y entrecortado formando cordilleras que corren de Este á Oeste, siendo la mayor de todas las sierras la llamada del Castaño; no hay bosques pero sí muchos castaños cuya madera se utiliza y vende para distintos puntos; algunas suertes de tierra de las en que está dividido, se riegan con las aguas de un arroyo del que se hizo mérito al principio de este art., cuya dirección y curso perenne es hacia el O.; en la misma corre otro conocido por la Urralera, dist. 1/4 de leguas de la población; uno y otro impulsan el primero á 4 y el segundo á 3 molinos harineros. Los CAMINOS son de herradura y se dirijan á Huelva, Sevilla , Badajoz y Ayamonte; se hallan casi intransitables. La CORRESPONDENCIA se recibe 2 veces en la semana de la capital del partido. INDUSTRIA los molinos harineros y la elaboración de maderas para edificios y otros usos, COMERCIO importación de todos los art. de primera necesidad, pues el terreno no produce mas que unas 4.000 a. de patatas, y 1.000 fan. de castañas; no hay ganados pero si caza de conejos, perdices y algunos animales dañinos, POBLACIÓN 307 vec, 1.229 almas CAP. PRODUCCIÓN PRINCIPAL: 2.464, 287 reales. IMP. 82.773. El PRESUPUESTO MUNICIPAL asciende á 8.057 reales y se cubre con 3.841 que producen los arbitrios de romana, marco y pesos y medidas menores, y el déficit por reparto vecinal”.

Mucho parece haber llovido desde ese 1846, pero en realidad y, como se ha insinuado, el período transcurrido desde entonces representa apenas una cuarta parte del total de la historia del pueblo. Sin embargo es en estos últimos ciento setenta años -desde la publicación de este diccionario- cuando Fuenteheridos se ha transformado realmente. Es más, podríamos asegurar que la transformación ha sido gradual, de forma que los cambios más evidentes se han ido manifestando en las dos últimas generaciones. Estos cambios implican no sólo a la visión arquitectónica del pueblo, con una importante pérdida de la impronta leonesa que lo había caracterizado hasta entonces, en favor de un cierto toque andaluz, sino también al propio proceso de socialización.
Fuenteheridos vivía entonces de los recursos de la agricultura y de la ganadería, y hoy en día esas actividades aparecen bastante orilladas, siendo el turismo y las demás actividades del sector terciario los que asumen el principal sustento municipal. Si apenas hace dos o tres generaciones la población caballar, caprina, porcina, bobina y aviar, formaba parte de nuestro entorno y hasta diría que de nuestro paisaje urbano, hoy todo eso ha quedado reducido a unos cuantos y vistosos caballos de recreo. Por no haber, apenas si sigue habiendo gatos en nuestros tejados. Igualmente podría afirmarse de las costumbres y de los valores campesinos. La palabra ha dejado de tener valor de cambio y de compromiso y los valores religiosos y morales se mueven por derroteros más universales.
Pero si el pueblo ha sido transformado por las derivas exteriores de una sociedad cambiante en lo económico, en lo cultural y en lo social merece la pena destacar acaso unos pocos hechos que sin duda han marcado los hitos humanos (demográficos incluso) del municipio durante estos últimos 170 años,.
El primero de ellos es la inestabilidad política del siglo XIX con las guerras carlistas y la posterior agonía de nuestro colonialismo de finales del siglo XIX y principios del XX, con los desastres de Cuba y Marruecos, donde vecinos nuestros encontraron la mutilación o la muerte; sin embargo, en el primer tercio del siglo XX la prosperidad de la agricultura hizo que el pueblo creciera y que se levantaran casas burguesas por las calles de La Charneca, La Fuente o La Cantina; para entonces los productos de nuestro pueblo eran sobradamente conocidos en las principales plazas de Andalucía Occidental y el Sur de Extremadura, desde Huelva hasta Cádiz, pasando por Sevilla o Zafra.
El segundo hecho significativo es la guerra civil (1936-1939), en la que más de cuarenta de nuestros vecinos perdieron la vida por exclusivas razones políticas y que sin duda dejó un costurón social que ha tardado mucho en cicatrizar (ver Brutal 23 de agosto, Rodolfo Recio, Ed. Huebra 2006). Algunas familias se vieron condenadas y los poderes civil y religioso impusieron su ley. Tras la guerra hubo un efímero momento de repunte económico debido a la falta de productos de primera necesidad en los mercados. Como en otras partes, aquí triunfó el estraperlo.
Otro hito trágico en nuestra reciente historia es el proceso migratorio que se produjo a finales de los años '50 del pasado siglo y que se prolongó al menos durante tres décadas, si bien es un proceso que continúa bajo otras premisas; esto coincidió con la degradación económica de la agricultura y la ganadería, en una clara voluntad del régimen dictatorial de industrialización del país. El sur peninsular vio diezmada así gran parte de su población. Hay que pensar que la emigración ha supuesto una sangría para nuestro pueblo, donde mermó la población al menos en un 50% y es muy rara la familia que no se ha visto afectada por ese proceso; Sevilla, Huelva, Cataluña o Madrid fueron los destinos elegidos por nuestros paisanos.
El siguiente hito transformador ha sido la llegada de la economía de consumo y como consecuencia directa de ésta, la democracia y una nueva concepción administrativa del territorio. La sociedad de consumo ha supuesto para Fuenteheridos una espectacular transformación, no ya en los evidentes cambios producidos en el casco urbano y en el interior de nuestros hogares, sino también con los cambios de valores sociales y en el gradual protagonismo del turismo en nuestra economía local; el turismo, asociado al aire puro, a la gastronomía, a nuestra feraz y bellísima naturaleza y a la bonanza de nuestras aguas, se comenzó a desarrollar a principios del siglo XX, generalmente a través de Sevilla, para irse consolidando como la principal fuente de ingresos en la actualidad, siendo Fuenteheridos uno de los destinos preferidos del país para el turismo rural de naturaleza. Por último, la creación del Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche, unido a la introducción de las nuevas tecnologías en las vidas de nuestros vecinos, ha ayudado a extender esa brecha entre lo que podría suponer la vida de 1850 y la de hoy en día.

Fuenteheridos es uno de los pueblos con mayor singularidad dentro del carácter ya de por sí singular de la comarca. Tal vez nuestro carácter, que podríamos definir como abierto, no demasiado apegado a las tradiciones e innovador, podría estar motivado por dos hechos fundamentales: su ubicación central en la región, que nos convierte en un pueblo acogedor y bien relacionado con su entorno, y el minifundio, que dota a los paperos de una visión individualista y luchadora, muy apegada a la tierra, donde el sistema de clases sociales ha sido tradicionalmente atemperado. Es cierto que Fuenteheridos, como todo el entorno, no pudo eludir el caciquismo de finales de siglo XIX y principios del XX, pero el nuestro fue un caciquismo suave, que poco tenía que ver con el de las poblaciones cercanas donde los caciques locales se repartían casi en exclusiva los medios de producción y, en consecuencia, podían ejercer una exasperada presión sobre los jornaleros, demás habitantes del lugar. Nuestros vecinos, en cambio, desde sus pequeñas huertas y castañares y desde su continuo laboreo, han vendido tradicionalmente el producto de sus campos y su sudor, de manera que mayoritariamente no dependían de un solo y omnipotente dador de empleo, lo que hizo que las divisiones y los conflictos sociales no fueran tan dramáticos como en otras localidades del entorno. Existe una singular leyenda sobre el origen del nombre de Fuenteheridos -enigmático y hermoso como pocos-, que tras pasar por el imaginario local, recoge el periodista aracenense José Andrés Vázquez en ABC de Sevilla, el 14 de mayo de 1935. Según esta leyenda, el nombre de Fuenteheridos provendría de un conflicto de orgullo entre los vecinos de la aldea de La Fuente, que es como se denominaba a nuestro pueblo, y Galaroza, entonces capital del municipio. Será en nombre de la dignidad y el orgullo herido de los paperos, que se enarbola la rebeldía contra la villa de Galaroza, exigiendo y obteniendo su independencia, de la que ahora se cumple el tricentenario. En esta leyenda poética y, como casi todas, ajenas a la realidad, se desprende el carácter, si no belicoso de la población, sí independiente e indómito, y que continúa siendo una de nuestras señas identitarias.
Otro aspecto que define a Fuenteheridos es su indolente relación con las tradiciones. Casi todas las localidades serranas perpetúan viejos rituales y mientras más aisladas sean estas poblaciones, más vivos son estos rituales en general. Es el caso de Encinasola, Hinojales, o Aroche, pueblos aislados pero con un hondo sentido identitario. Fuenteheridos siente un cierto desapego por la tradición, a la vez que continuamente trata de reinventar otras nuevas. El ejemplo más cabal es el de la Virgen de la Fuente, actual patrona de la localidad, que apenas cuenta con 53 años de vida. En estos últimos años se han perdido (o casi) tradiciones tan interesantes como la Cruz de Mayo, el día del bollo, los borrajos de verano, los quintos... pero, curiosamente han surgido otras nuevas como la Fiesta de la Castaña, las Fiestas de Agosto con sus ritos en torno al agua y la feminidad, el Carro de Navahermosa... De todas nuestras viejas tradiciones, apenas se mantiene “el chopo”, “el judas” (si bien muy tergiversado) y el precioso ceremonial de El Corpus, con sus helechos y pétalos de rosa alfombrando las calles. Este singular desapego a los ritos acaso tenga que ver con la singular movilidad demográfica de Fuenteheridos, ya que éste no es un pueblo de arraigo sino de paso. Un porcentaje altísimo del padrón actual lo forman personas no nacidas en la localidad, sino venidas de otras partes, que se integran en el pueblo con normalidad y quienes, como norma general, sienten menor arraigo por unas tradiciones que no son las suyas. Un caso particularmente curioso de desapego por la tradición se resume en nuestra iglesia, que en los años '60 del siglo XX pasó de tener un retablo neoclásico a uno de arte Pop, el único existente en toda la comarca. Este hecho que en algunas otras poblaciones hubiera conseguido que sus habitantes se echaran a las calles, en nuestro pueblo apenas si suscitó un vago sentido de nostalgia por el viejo altar. Esperemos al menos que se conserve esta singularidad del arte pop, que nos hace únicos. Otras muchas otras cosas de antaño se han destruido sin que nunca se hayan registrado protestas muy significativas, como ha ocurrido con la casi desaparición de las lievas tradicionales o del puente de ladrillos que daba nombre a la calleja del Puente Membrillero. Aun así, el pueblo se halla en buen estado y ha logrado conservar su encanto y preservar su identidad. Todavía podemos apreciar solanas, aleros volados, ventanucos, corrales, tapiales de adobe, paerillas, fachadas vetustas como la de Marcelina en plena plaza del Coso o la casa nº 17 de la calle Álamo, donde milagrosamente se ha conservado el alero volado, el fantástico balcón de madera de castaño y la puerta de inspiración netamente leonesa. Hemos conservado también los empedrados de calles simbólicas como la del Castillo, o las de las cuestas de la Caná o Maiguerra, ambas en el camino real de Cortelazor, y hemos remodelado la vieja era de la Carrera, nuestros mejor mirador a la majestuosa y frondosa sierra que nos rodea.

Este libro no sólo pretende devolvernos instantáneas y fotos de paisajes interiores de Fuenteheridos, sino que quisiera ahondar en nuestra identidad cultural y darnos a conocer aquello que el tiempo ha ido arrancando de nuestras miradas. No nos llama un sentimiento de nostalgia porque sabemos que todo tiempo pasado fue peor -o mucho peor-, ni un sentimiento conservador porque es el cambio el único camino que nos conduce hacia el futuro. Los pueblos se transforman al ritmo de su historia particular y de la Historia en mayúsculas. Hace tres siglos nuestro pueblo no había bajado a “la Fuente”, no estaba encalado y probablemente ninguna de nuestras calles aparecían encañadas o siquiera empedradas. Tampoco había baños en las casas, ni terrazas tal cual hoy las conocemos, siendo los interiores lóbregos y oscuros, de anchas paredes y de pequeñas ventanas para no dejar entrar el calor o el frío, con un horno y acaso un pozo, y en las cuadras, corrales, gallineros y zahúrdas dormitaban cientos de animales. La muerte acechaba en cada cosa, las mujeres morían de parto y los hombres regresaban destrozados de esas guerras remotas. No había ni qué pensar en hospitales. Las “yerbas” todo lo curaban, para la diarrea la tisana de cebada, para el mal de muelas la amapola real, para los dolores de menstruación el gordolobo y el hipérico para los relajamientos y contusiones. Los abuelos desahuciados por la salud eran acogidos por las familias numerosas y los niños, desde muy temprana edad, trabajaban en el campo y en lo que caía. No, no eran tiempos mejores.
Las instantáneas que hoy presentamos en libro y en exposición sólo pretenden hablar a nuestros oídos, poniendo en valor rincones, sacando a relucir maneras de entendernos con la vida, creando, además un archivo de imágenes y sensaciones, de personajes que pasaron por nuestras vidas, de instrumentos con los que hicimos camino, de situaciones y hechos que acaso deban ser preservados para generaciones futuras. Este libro se ha llevado a cabo para hablar de lo nuestro y de los nuestros, para darnos coraje y ánimo y para saber que nada hay de nuevo bajo el sol. Este libro es además un homenaje a quienes hoy ya no están entre nosotros, a quienes un día vivieron en nuestras calles, a quienes alzaron fachadas o excavaron pozos, a los que sembraron árboles, a quienes lavaron ropa, recogieron agua de las fuentes y los pozos, atendieron a los enfermos, sembraron y parieron a nuestros paisanos y dieron instrucción a nuestros zagales. A veces se habla de ellos con sus “motes”, y nadie se moleste, pues era y es así como los nombramos y nos llegan al recuerdo. Este libro es un homenaje y también un nuevo paso. Este libro, paisanos, es vuestro. Cabal, totalmente vuestro.
Queremos agradecer a los colaboradores, a los generosos dadores de fotos (Rocío Gómez, Chari, Encarni y Pepi Romero, Isabel Romero, Cecilio Gutiérrez, Aurora Romero, Ramón Hidalgo, María López, Ana Escobar, Rodolfo Recio y su hijo, Rodolfo Jesús, Miguel Ángel Fernández, Camila Romero y su hijo Jesús, Isabel y Matilde Domínguez, Lali Serrano y su hijo Ángel, Diego Diajara, Alfonso Barragán, Basilio y Flor Bomba, José Manuel López, Luis Manuel y Miguel Ángel Castillo, Manolo de los Reyes Bermúdez, Estrella Hidalgo, Manuel Ojeda, Miguel Domínguez, Raquel Bermúdez, José Luis Macías, Manuela Plaza, Ana Rosa Moya, Isabel Martín de Aranda, Juan Bomba, Toñi C. Cabezalí, el zufreño Santiago Glez Flores...), a cada uno de los que de una forma o de otra os habéis implicado en el buen curso de estas páginas, prestando fotos y tiempo, comentando cuestiones relacionadas con el libro, ayudándonos en nuestras pesquisas, aclarándonos y corrigiéndonos en nuestros datos, asesorándonos en todo ese mundo en tenguerengue que suele habitar en cada libro y en cada palabra. Este proyecto es también tuyo, que ahora pasas sobre sus páginas: nosotros, Carlos Manuel y yo, sólo hemos puesto en vuestras manos lo que previamente tú nos has ofrecido. Os agradecemos mucho vuestra generosidad no para con nosotros sino para con todos, pues una foto es al fin al cabo algo unido a la intimidad y tiene algo de sagrado. Queremos deciros que hemos tratado cada foto con el mismo cariño con el que ustedes nos la habéis prestado y tanto en los textos como en los trabajos de edición hemos intentado dignificarlas.
Cualquier selección es un asunto siempre complicado. Nosotros hemos procurado hacer nuestro trabajo con objetividad, lo que no quiere decir que no hayamos cometido errores. Os perdimos perdón por ello. Éste no es ni quiere ser un libro erudito. Los datos que se aportan han sido contrastados pero ello no es óbice de que salte el error aquí y allá o que se omitan datos que tú consideras importantes. Desde ya os pedimos disculpas. Este libro prescinde de bibliografía, pero cualquiera que lo desee puede consultar el aparato críticoo de los dos libros que han aparecido ya en esta misma colección. Lo importante aquí son las fotos de nuestro pueblo y las explicaciones que nos sugieren cada una de ellas. Nos hemos decantado por las fotos que hablan de la “transformación” del pueblo, de los cambios producidos en este tiempo y, por supuesto, por aquéllas que pudieran tener cierta importancia histórica. En otras ocasiones nos han interesado las relaciones de poder, los ritos religiosos o civiles, las tradiciones, o aspectos de la vida que han desaparecido. Nos interesan nuestros personajes, nuestros rostros por más que a veces no sepamos quiénes sean.


DE ANTOLOGÍAS Y OTROS ANTOJOS

Creo que ya lo he comentado alguna que otra vez. No me molan las antologías. Todas ellas subrayan más al antólogo que al "fabro". Cada cual tiene en su cabeza una selección nacional de poetas o de futbolistas, tanto monta, y no es necesario acreditar saber de poesía contemporánea o de fútbol. En los 90 del siglo anterior se daba el caso de que lo verdaderamente sustantivo del género poético eran los críticos y antólogos. Ellos dirimían la suerte poética, repartían el urbi et urbis. Tal vez lo sigan haciendo. Los poetas eran/ éramos el plumón de relleno. Desde Castellet -incluso diría que desde Dámaso Alonso- las antologías sirven un poco para calentar los partidos, pero el partido lo siguen jugando los poetas, mal que le pese a los antólogos. Tomo prestados unos versos de Violeta c. Rangel, del 97, que hablan, cómo, de todo esto: 


EL tema era Madrid,
Madrid, toda esa peña
dispuesta a socorrerte, a descubrirte,
a envenenarte, a darte cal, a darte arena.
Aquel viejo podrido en el andén,
capaz de encalamarte, si se tercia,
hasta sus piños
por dos copas de ginebra.
Los camareros desmochados del Gijón,
las chinches de Carretas,
el rey, chaval, toda su recua.
Oye, nena, aquí hay que mamar o, en fin,
date por muerta.
Madrid, Madrid, qué flipe de ciudad,
cuántas porteras.



Ahora añadiría:



Avecillas de corral,
se abre la veda.

LA MEMORIA ARDIDA




Para quienes no lo conozcan, el cementerio onubense de la Soledad es un lugar soleado, apacible, tranquilo, de una blancura sana y robusta, rodeado por verdísimos campos de girasoles. Desde esta tarde allí reposa el cuerpo de Pilar Soto, una mujer buena hasta el infinito, soleada, apacible, tranquila, sanísima y llena de un indecible amor hacia todos, a la que el alzhéimer había ido privando hasta la total oscuridad, de la luz y de la vida. Hace años, cuando la enfermedad ya había hecho estragos en su universo, cuando ya su memoria apenas si se tenía sobre dos o tres bucles, escribí, traté de escribir una especie de novela donde debieran aparecer todos estos desconchados y huecos, tal que la primera parte del faulkeriano El ruido y la furia. Era una manera de devolverle lo que ella, fatalmente iba perdiendo. Avancé por aquel bosque de árboles vencidos y quemados como quien lo hace por una zona de esteros hasta que finalmente abandoné el proyecto porque concluía en la total oscuridad, en el silencio más terrible y porque sus últimas estaciones no eran más que sonidos inconexos, gritos en el vacío, un pozo que retumbaba y retumbaba hacia su propio eco y no sé si alguien puede entender una novela que acabe en la nada. El fuego devastador del olvido hizo mella en su vida hasta reducirla a la mínima expresión. Hoy he pensado mucho en cómo ese fuego fue destruyéndola, en cómo Pilar fue abandonando el bastión de la memoria y en lo terrible que es la vida cuando detrás de nosotros no va quedando sino un territorio yermo, donde no crece nada, salvo la inhóspita noche. Algo así como esos pinos devorados por las móviles dunas de Doñana. Y sí, la noche se fue haciendo sobre Pilar hace ya casi diez años. Una noche cruel y definitiva. Hoy, ya vencida, quieta en su serenidad, quiero salvar esa memoria suya y recordarla en su cocina, tan alegre, tan vital, tan en su torreón, rodeada por sus nietos, Helena o Julio, mientras ella trajinaba limpiando el pescado o tendiendo la ropa, siempre alegremente, como esa niña que nunca quiso dejar de ser, y quiero recordarla en sus chascarrillos y en su humor blanquísimo. Porque en Pilar persistía algo de la niña a la que demasiado pronto le robaron su niñez. Ella tuvo que soportar, siendo muy niña, el costurón de la guerra, desde la parte vencida y se vio abocada a una vida de penurias, y sin embargo en su ser no había el menor reproche, la más mínima amargura. Era ella una mujer de una alegría mansa y feliz, aferrada a un presente continuo, abrazada a ese mundo suyo donde las cosas adquirían un cierto halo de mágica y chispeante alegría. Hoy quiero recordarla en todo eso que ella me contaba sobre su infancia, en esas umbrías calles de Huelva, cerca de la estación de trenes, mientras esperaba en vilo la llegada de su padre, al que ella tanto temía, quiero recordarla en aquella So Trompeta  Sor Petra- que tantas penalidades le infringió en el colegio, en su cariño a sus hermanos Pepe, que cantaba como los ángeles (cantó con la orquesta Molero), Manolo, el simpático Manolo, que trabajó en una librería, al pequeño Emilio, de quien en cierta forma se sentía madre, y de su hermana Dolores -nunca un nombre fue más certero- de genio vivo e independiente, que perdió a su único hijo. Quiero recordarla en las tardes de cine o mientras esperaba a Juan, su marido, en los bancos que rodeaban Estadio Colombino, allá en la Isla Chica... En cierta ocasión escribí un microrrelato sobre los terrores infantiles de Pilar, con una muñeca de cartón que se mojaba bajo una enorme acacia y ella que quería rescatarla y no podía. En esa pequeña metáfora trataba de dar forma a su mundo perdido, a su sensibilidad. A mí me quiso mucho, como me consta que quería a todos los que pasaban por su mundo y yo la quise como a una mujer que hacía de su desvalimiento virtud, y de su vida anónima un huerto luminoso y sereno. Hoy, ya digo, el cementerio de la Soledad estaba luminoso y sereno. Primaveral, como había sido la vida de Pilar hasta que en ella, como un brazo de mar, entró la noche y todo lo fue dejando perdido de tinieblas... 



Os dejo con esos dos microrrelatos a los que hacía referencia y que hablan ya de esos inevitables desconchados. Quizás aquí y ahora se entiendan mejor que en Caza mayor, el libro que les dio y les da cobijo. 




LA MUÑECA



(I)



a Pilar, atrapada en el alzheimer



le acerca la cuchara se ha puesto a lloviznar y ellas se refugian bajo el ficus se sienten bien bajo el imponente árbol ella abre la boca su padre está al llegar tal vez venga bebido como casi siempre tocará esconderse mientras amainan sus tormentas y se acuesta pero allá a lo lejos parece que hay una luz una luz desvencijada y escucha su nombre tal vez sólo sea un recuerdo desvaído de la luz pero ella está allí con su muñeca de cartón un mediodía de junio venga otra cucharadita no tengas miedo le dice verás como esta vez no pasa nada pero la muñeca se asusta y llora las primeras gotas de agua resbalan por las hojas del ficus mientras ella trata de consolar a su muñeca no seas tonta le dice de cuando en cuando la luz vuelve hacia ese otro mundo que queda allá arriba no sabe muy bien dónde y que no puede comprender entonces la chica del uniforme blanco le acerca de nuevo la cuchara y ella abre brevemente los labios le parece sentir sobre su lengua un sabor caliente y sorbe el líquido familiar pero en ese instante chirría la puerta del jardín y aparece su padre y ella esconde la muñeca en el tronco del ficus y corre a casa bajo la lluvia venga otro poquito repite la voz de la muchacha y ella vuelve a abrir la boca y a sorber pero atrás escucha y escucha la voz de su padre de su padre y corre a sentarse a la mesa donde le espera un plato de puchero y una luz una extraña luz y una chica con uniforme que le limpia la boca niña qué coño hacías mojándote en el jardín y entonces entonces piensa en la muñeca que se estará mojando y siente miedo y angustia pero una mano suave le acaricia el rostro ya has terminado ya he terminado y mira a su padre la cara severa y achispada de su padre corre hacia la puerta hacia el ficus hacia su muñeca hacia la lluvia hacia hacia dónde coño vas no ves que está lloviendo niña



(II)






le acerca la se ha puesto a lloviznar y ellas sienten bien bajo el imponente árbol ella abre amainan sus tormentas y se acuesta pero allá a lo lejos una luz una luz desvencijada y su nombre tal vez sólo sea desvaído de la luz pero ella está muñeca de cartón mediodía de junio venga otra cucharadita no tengas dice verás como esta vez no pasa primeras gotas de agua ficus mientras ella trata muñeca no seas tonta le dice de cuando en luz vuelve hacia ese otro allá arriba no sabe muy bien y que comprender entonces la chica blanco le acerca de nuevo la y ella los labios del jardín y aparece su padre y ella esconde ficus y corre a casa la venga otro poquito muchacha y ella vuelve a abrir la y atrás escucha y escucha la voz de su a sentarse a la mesa donde el y una luz una extraña y una chica con boca niña qué coño en el jardín y entonces entonces piensa en que se estará miedo y angustia pero una mano el rostro ya has he terminado y mira a su padre la cara corre hacia la hacia el ficus lluvia muñeca hacia hacia dónde coño vas niña


III

le acerca lloviznar bajo el sus tormentas una luz luz la luz pero muñeca cucharadita no tengas dice verás como esta vez no pasa primeras gotas de agua  le acerca lloviznar bajo el sus tormentas una luz ficus vuelve y que blanco le acerca del jardín su padre corre muchacha y ella la mesa una qué primeras gotas de agua  le acerca lloviznar bajo el sus tormentas una luzficus vuelve coño estará miedo ya has he terminado padre el ficus lluvia muñeca hacia vas niña a luz ficus vuelve y que blanco le acerca del jardín su padre corre muchacha y ella la tormentas una luz luz la luz pero muñeca cucharadita no tengas dice verás como coño estará miedo ya has

IV

su corre muchacha y la una qué bajo el sus  vas niña le acerca lloviznar bajo el sus  vas niña a vuelve y que blanco le acerca del jardín y ella la mesa una qué primeras lloviznar y que le acerca del jardín tormentas una luz luz la como miedo ya has la una qué vas niña le el sus vuelve y que blanco le acerca del una qué primeras tormentas una qué lloviznar y que del una luz luz la como ya la niña  que blanco le del una qué qué llovizna bajo niña bajo el niña vuelve del jardín ella mesa primeras lloviznar y que tormentas  luz la miedo 

v

  la mem as vizas ua has la una                         qu elve ue b erca del uné                        pera ntas lov ar de a uz  la mem as vizas ua huné pera                   ntas lov ar de a uz  la mem as vila                      una qu elve ue b erca del uné lov ar de a uz  la ue b erca del uné                   pera ntas lov ar de a uz  l               a mem as vizas ua has la                 una qu elvntas lov ar de a                        uz  la ma has la una                     qu elve                 ue  uz    rca de                l uné p                   era ntas l                                                ov a                          r de                       a uz ua has la una qu elvlov ar de                                       ue b                           erca del uné pera                            de a uz      la                      mem as v pe               ra nta                    s lov ar de                                                                                        a uz                             la ue b e                 rca del un                 é perl un                        é pera                     ar                                                         de a                                    uz  l               a me                                     m a                                                        s vi                                                                     za                                   s u    a h                                                   as la u                                                         nu                                                     e  u                                c                                                                                                                                                                                                     d                                                                                                                                                              e