JOSE MARIA FRANCO, LA PASIÓN POR VIVIR

JOSÉ MARÍA FRANCO, PASIÓN POR VIVIR








José María Franco. Es escribir su nombre y alrededor de mí se hace una especie de depresión, de vacío, de flojera. Ya no está con nosotros José María. Se nos ha ido como se van las lluvias o como se va el otoño, esa estación que nadie como él ha retratado. Y no sé qué decir, porque aún estoy aturdido por la funesta noticia. José María era, antes de nada, un soñador, un hombre que perseguía denodadamente sus sueños. Un grande de la pintura y de la vida. Un amigo con el que recorrí impensados caminos, buscando fuentes y encontrando esa mirada suya, tan sabia y tan rica que tanto me ha servido en este camino de la vida. Él me legó la mirada y el compromiso con el arte y eso no se olvida. De alguna manera me siento discípulo suyo, de igual modo que me sentí discípulo de otro gran ausente, Monedero. José María me enseñó a ver. A distinguir entre lo que veía. A separar las cosas que estaba viendo. Y confió siempre y ciegamente en mí, lo que agradezco vivamente. Por eso ahora estoy como atorado, por eso no me salen las letras, por eso me es tan cuesta arriba escribir estas líneas. Porque la escritura hoy me parece paja mojada, letras amontonadas. Ahora, hoy, en este día aciago, son mil cosas y anécdotas las que se me vienen a las mientes, pero lo que realmente llega hasta mí es el vacío, una especie de silencio que me agarra el pecho. Juntos hicimos aquel libro estupendo: Los sitios del agua. Sus acuarelas me iban marcando el sendero, me iban mostrando los caminos del agua con plena libertad, porque el maestro era José María y cuando se tiene, como era el caso, un maestro así, uno se abandona y sigue fiel, relajadamente sus rodadas, sólo eso. Pero José María, ese hombre fundamentalmente bueno, soñador empedernido, pintorazo, ha muerto y hoy es lo único que me importa, que me sacude, que nos hace a todos más vulnerables. 

José María ha muerto en esta tierra que él tanto quiso y que tuvo como estandarte, esta tierra que él fue capaz de mirar en toda su intensidad cromática y dramática. Esta tierra a la que él, a través de sus paisajes, le confirió toda la dignidad y toda la espectacularidad que llevaba dentro. En sus cuadros hay una expresa relación de amor con lo pintado y él amó a esta comarca apartada y bellísima. Nunca la indiferencia tomó el lugar de sus pinceles, nunca el relajamiento, el reconocimiento o el oficio se apoderaron de él. José María estaba en permanente ebullición y cuando la ebullición no la calmaba con la pintura, su mirada buscaba un punto donde detenerse. Pero lo que sentía por la pintura era fervor. 
En nuestras correrías, me contaba él su relación con su “maestro” Pedro Gómez, el paisajista onubense, con quien frecuentó el Conquero y los esteros de la vieja Onuba. Con él aprendió no sólo a mirar, sino a fundirse con la tierra. Con cuánto cariño, con qué completa devoción hablaba de su maestro. En realidad con qué cariño hablaba José María de todo el mundo. De Bacarisas con quien coincidió en su juventud en Galaroza, de Jesús Arcensio, que le dedicó un espléndido soneto y lo condujo a través de los callejones peor iluminados de la vida, con su tertulia del Paseo Santa Fe, donde se hizo pintor y tertuliano, de los Feu de Ayamonte, donde él descubrió la luz, de Salas Dabrio, de Diego Figueroa, el genial poeta que había decidido seguir los bohemios y etílicos pasos de Baudelaire, de Ortíz de Lanzagorta, sevillanísimo, con quien comenzó la aventura entrañable e imborrable de Sevilla, del poeta Carmelo Acosta, con quien tantos paseos y sueños disfrutaría por las trochas del Aljarafe, de Manolo Monedero, de Juan Delgado, a quien tanto quiso, de sus amigos de Arruda dos Vinhos, de Pepe Orquín, compañero de campavías serranas, de su padre Domingo Franco, que incició la saga artística que culmina en Alberto Germán, su hijo, de todos cuantos por unas horas o unos días pasaban por su vida... 
Jośe María era un hombre apacible, buen conversador, que le resultaba imposible vivir sin tener un reto personal ante sus ojos. Era esa su gran pasión, la gasolina y el oxígeno de su vida. Porque él se vaciaba en todo cuanto hacía. Cuando tú ibas él ya había regresado con las manos llenas. Siempre llevaba su cartera atestada de proposiciones y sueños. Se dio por entero. Quiso propagar su fiebre vital en todos cuantos lo rodeaban, aunque no pudiéramos seguirlo. Su vitalidad nos excedía. Y su dignidad. Por eso me cuesta dar crédito a su muerte, empalmar estas palabras atropelladas con sus innúmeros recuerdos. En fin, ha muerto un amigo, sí, pero también un hombre que bueno, un hombre leal y apasionado, que fue por la vida dando lo que tenía, enseñando lo inenseñable, la pasión modesta y exquisita del vivir. Acabo con unas palabras de Jesús Arcensio. Hasta siempre , amigo.

HOMENAJE
Jesús Arcensio
 

A José María Franco, pintor y amigo mío

 
Sólo el rumor del agua y, de la brisa,
el leve soplo que la hierba orea
faltan a tu pintura, que recrea, 

viva, la realidad. Una imprecisa

sombra festoneando la cornisa
de una serrana casa, que azulea
loca de cal; la luz que centellea

restallante en los verdes y, remisa,

palidece en azules del celaje;
los ocres y los sienas, los alberos

de los que surge un forestal paisaje

de tiernos chopos o árboles severos
le rinden a tu arte vasallaje
quedándose del lienzo prisioneros.



Febrero, 1983

 

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