HILO NEGRO, MEMORIA VISUAL DE FUENTEHERIDOS





“Hilo negro: más palante;
hilo amarillo: buscad en todos los rinconcillos;
bulto veo y de aquí no me meneo”.
Juego popular del hilo negro

El hilo negro fue un juego que los niños de Fuenteheridos solían jugar en las tardes-noches de invierno, cuando se hacía pronto la oscuridad (ver Al estribillo, de José Luis Macías, 2016, en esta misma colección). Como tal, el juego se extinguió sobre los años 70, pero al pensar en el título de este libro su imagen se me vino a las mientes por lo que tenía de metafórico y también por lo que tenía de rescate. El hilo negro que hoy presentamos es el hilo de la memoria, de la memoria plástica y fotográfica de ese pueblo donde los niños jugaban en la noche.
En 1850, fecha en la que se publica el Diccionario Madoz, Fuenteheridos era un municipio que doblaba en “almas” a la población actual; nuestros paisanos se dedicaban mayormente a labores de agricultura y ganadería, pero en el término no faltaban serrerías, molinos harineros y probablemente lagares, almazaras, tabernas, posadas y hornos de cal. Según este informe, Fuenteheridos malvivía en una pobreza tenaz, pero sin grandes sobresaltos. En fin, como vendría ocurriendo en cualquier otro municipio de un país desdichado que, sin embargo, seguía erre que erre en sus imaginarios históricos de imperio colonial.
Esquinado en el mapa de las Españas, arrinconado de todos los caminos, por esas fechas nuestro pueblo se parecía más a la aldehuela medieval que naciera en torno al barrio del Gavilán, que al Fuenteheridos del que hoy disfrutamos. Si se nos permitiera dar una vuelta por el pasado y siguiéramos sigilosa y libremente los pasos del colaborador de Madoz, allá por los albores de 1850, observaríamos que los “paperos” de entonces realizaban, con contadas excepciones, los mismos trabajos y pasaban las mismas o parecidas fatigas y quebrantos que los primeros repobladores venidos de los reinos del Norte, que construyeron sus casas allá por el siglo XIII, lejos de la fuente grande, donde tal vez la vida fuera más insalubre y llena de zozobras; y si las fatigas y las expectativas de unos y de otros no serían muy distintas en estos seis siglos, tampoco lo serían sus métodos de trabajo, sus explotaciones, sus aperos, sus ajuares, su manera de nombrar a las cosas y a las gentes, sus fiestas, sus construcciones, sus ritos relacionados con la naturaleza, sus costumbres, sus cuentos y canciones...
En ese hipotético recorrido por el Fuenteheridos de 1846 que haremos junto a este curioso forastero, nos encontraríamos con centenares de gallinas por las calles, con perros tumbados a la sombra de las paerillas, con cabras triscando la yedra de los corrales o las callejas, con cientos de burros y mulos aparejados y cargados de taramas, heno o greña, con las matas de orégano puestas a secar en las fachadas de zócalo color tierra o añil del barrio alto, con mazorcas u orejones arracimados en las solanas, con el olor a pan recién hecho en alguna de las panaderías del pueblo, con los zarzos...; en la plaza del Coso encontraríamos a extraños y tal vez trajeados personajes (tal vez los cobradores de las temibles contribuciones o quizás forasteros que venían hasta el pueblo en busca de porvenir sorteando los charcos y echando miradas furtivas a las lavanderas que bajo su pañuelo a la cabeza, enjuagaban la ropa entre los puentecillos y los regatos); tal vez si desde el hontanar que entonces era la plaza nos diera por dejar atrás el crucero y echarnos a andar por la calle de la Fuente, nos encontráramos con aguadores y con viejas lavanderas que subían con la colada sobre una especie de roete de paño colocado en la cabeza; nos cruzaríamos con una yunta de bueyes que regresaba ya de la faena por esas Valdelamaderas, en cuyo camino acaban de levantar un cementerio; advertiríamos la fragancia de los peros o los melocotones extendidos en los suelos de los zaguanes previamente pavimentados con helechos, y tal vez si el tiempo fuera de castañas podríamos asistir al aroma de los borrajos y a las concurridas fiestas nocturnas en las llamadas casas de las apañaoras donde suenan las castañuelas, las bandurrias o las flautas; tal vez al sonido de las campanas podríamos detenernos un rato en alguna de las tabernas del barrio alto donde se despachaba mosto de El Coto o de La Viña de la Higuera, mientras un calero exageraba las arrobas de cal de su nuevo horno de Navasola o Los Zurraores, el regaó del pago de la Valunguilla trataba de cobrar unos reales al hortelano y el cabrero sostenía que este año el agua vendría tarde y poca. Si saliendo de la taberna, siguiéramos calle arriba tal vez escucharíamos las recatadas puntadas del zapatero, los cantiñeos del lañador, los precisos martillazos del herrero, el sonido de los zancos de un par de zagales que juegan en la Plaza Alta entre gallinas y gatos meditabundos, nos seguiría el compás de la garlopa del carpintero en la calleja del Estanco, las toses de un tísico -pobrecillo, no llegará al tiempo de las cerezas-, la charla prieta del talabartero con un arriero vidargo y guasón que acaba de descargar tres sacos de papas de la Postura de los Mundos o de Guirola, las voces peregrinas de las zagalonas oreando los colchones, el tocotó de un mutilado de las primeras guerras carlistas, que ahora hace banastas y cestas, y un hombre huraño y tenaz con un brazado de taramas o un haz de calquesas al hombro subiendo trabajosamente la calle del Castillo; más adelante saludaríamos a una vieja que enseña labores de punto de cruz a zagalillas tunantas y risueñas, y nos sorprendería que el llamado Barrio fuese entonces un castañar, que el cementerio viejo siguiera en el Carnero, pegado a la iglesia; que se alzara un tilero enorme en el porche de la iglesia donde al atardecer se sientan a charlar los viejos, que la Charneca y la calle de los Tejares fueran apenas caminos donde comenzaban a asentarse casas, que la carretera que atraviesa el pueblo no existiera, como tampoco Villa Onuba o las canteras, que la actual fuente aún no estuviese erigida, que el crucero de mármol -la cruz- se hallara más escorado a la Esquinita, que en el lugar de la plaza de toros se alzase un precioso olivar, que la escuela actual fuera un huerto de castaños tempranos regado por las aguas de la fuente Cimbera, o que en la torre, acaso la más bonita y pizpireta de la Sierra, aún no anidaban las cigüeñas; de vuelta a la Fuente nos encontraríamos a abueletes sentados a la recachera en sus sillas de enea a las puertas de sus casas ataviados con las viejas y ajadas chambras, limpiando jabichas o haciendo cucharas con madera de berezo; un poco más allá veríamos a niños llenos de sabañones jugando al hilo negro, al marro o a las champas, según la época, al barbero que anduvo sirviendo en Cuba esperando la clientela mientras observa el vuelo elegante de los vencejos y golondrinas que hacen sus nidos en los aleros, a un cura con sotana y bonete seguido de dos monaguillos que baja algo pesado y sudoroso la calle, al dueño de la pensión, recién llegado de Cumbres Mayores, regando unas pilistras y quitándose a manotazos las moscas de la cara, a un segador afilando su guadaña apoyada sobre un madarro, junto a la liara; probablemente nos veríamos sorprendidos por un rifirrafe de gatos en un tejado, y tal vez de una de las esquinas se nos apareciese un rebuscador, un zagal con una cesta de gallipiernos o cerezas (según la temporada), un porquero tras una piara de guarros, o una muchacha con el cántaro al cuadril. Escucharíamos silbidos de enamorados, denuestos de viejo, piropos azarosos, pregones de buhoneros, ecos de canciones de ciegos que narran tremebundas historias de cuernos y asesinatos que habían pasado en Extremadura o en Galicia, vaya usted a saber; lamentos de una madre a la que le acaban de notificar que su hijo se tiene que ir a servir a Manila o a Cuba, pregones de aguador, campanillos de cabras, cencerros de vacas, el chasquido franco de un hacha y el olor primoroso y limpio de un jazmín. De noche no veríamos más luz que las de las estrellas y acaso algún pálido resplandor de vela reflejándose en un ventanuco. En la apacible noche el pueblo tal vez olería a leña de chimeneas, a migas o poleás recién hechas o a corato de guarro asado en las cenizas, justo en esa casa de la esquina de calle Álamo con Águila, donde varias familias se juntan esta noche de invierno para contarse cuentos y chascarrillos que los niños no aciertan a entender, y ya un poco de madrugada, al doblar la calle Sola, nos parecerá sentir el inverosímil frufrú de una marimanta. Muy temprano, casi al amanecer, tras el canto del gallo, regresaría la vida a los hogares y la marimanta a su casa. Los zorros estarían de regreso a sus cuevas, tras haber pasado la noche acechando a las gallinas cluecas en un corral del Chorrillo, los tejones hocicarían en el maíz, y los topinos horadarían las lievas y los quebraeros. Por Maiguerra crecería el culantrillo y la magarza, y en los Vallemenores se escucharía el canto del cárabo, mientras, un poco más allá, en la Cuesta de los Chinorros, donde se extraía la arena y la tierra para la construcción, los abejarucos emprenderían sus primeros vuelos matutinos. En el Risco Aburacao, horadado por los rayos, un águila dibujaría círculos sobre una mula muerta y en los castañares y pinares cercanos escucharíamos el toc-toc del pico caballar. Al filo del amanecer, en el hondón de las cuadras o en las cerquillas próximas los hombres aparejarían a sus bestias y el olor a pucherillo acaso engañara al frío, mientras afuera ladraban perros, maullaban gatos, y en una casa cercana a la era de la Carrera, una mujer llegada años atrás de Encinasola, Valdelarco o de Hinojales terminaba de dar a luz y otra, a mitad de la calleja del Estanco, se hacía releer una carta de un novio que estaba haciendo la guerra por la parte de Navarra o Aragón, cualquiera sabe, antes de ponerse a algofifar los suelos de barro cocido, mientras una carrafilera de niñas cantan en la escuela femenina la tabla del tres.
Son detalles e historias que el colaborador de Madoz (1846-1850) no consignará en su informe. Tendrá tiempo, sí, para hacer algunas preguntas sobre el pueblo, y añadir algún dato más. La verdad es que no hemos tenido que hacer un ejercicio imaginativo demasiado grande: muchos de los elementos descriptivos que he señalado seguían estando vivos y presentes en los años sesenta del siglo XX y ni a mí ni a la gente nacida antes del 60 nos resultan ajenos. Lo cierto es que el colaborador de Madoz, que se ha guardado lo mejor de su estancia para sí, nos ofrece la siguiente descripción de nuestro pueblo:

Vecindad con ayuntamiento en la provincia de Huelva (15 leguas), partido judicial y adm. de rentas de Aracena (12) , diócesis audiencia territorial y ciudad g. de Sevilla (6) . S I T . en la umbría de una sierra sobre 3 collados, en el camino que conduce desde el Fregenal á Zalamea, próxima á la fuente que es cabecera de la rivera de Murtiga, con buena ventilación y CLIMA, siendo las pulmonías y todas sus semejantes las enfermedades mas frecuentes. Consta de 251 CASAS de 512 varas de altura con buena distribución, repartidas en diferentes calles empedradas y limpias y 2 plazas, una de figura triangular de 30 varas de larga y 10 de ancha, y otra llamada el Coso frente á la fuente y con una cruz de mármol bien concluida, es de 60 cuadradas; hay una sala de ayuntamiento en cuyos bajos está la cárcel, escuela de niños dotada con 1.100 reales y otra de niñas sin asignación, concurriendo 30 alumnos á cada una; una fuente abundantísima citada anteriormente de cuyas buenas aguas se proveen los vec y surten á los ganados; iglesia parroquial (El Espíritu Santo), servida por un cura de entrada de nombramiento del ordinario, un presbítero, un sochantre, un crucero y 2 acólitos; y por último, un cementerio estramuros á la parte del O. que en nada perjudica á la salud pública. Confina el término por el E. y S. con el del Castaño, y por O. y N. con el de Galaroza, teniendo de extensión 1/2 leguas cuadrada; en él se encuentran varias canteras de mármol blanco , de las que se han estraido y llevado á Sevilla piedras de consideración, pero en la actualidad no se cortan ningunas por no haber caminos para conducirlas; existen porción de minas denunciadas, mas en el dia se hallan paralizados sus trabajos. El TERRENO es de mediana calidad, bastante montuoso y entrecortado formando cordilleras que corren de Este á Oeste, siendo la mayor de todas las sierras la llamada del Castaño; no hay bosques pero sí muchos castaños cuya madera se utiliza y vende para distintos puntos; algunas suertes de tierra de las en que está dividido, se riegan con las aguas de un arroyo del que se hizo mérito al principio de este art., cuya dirección y curso perenne es hacia el O.; en la misma corre otro conocido por la Urralera, dist. 1/4 de leguas de la población; uno y otro impulsan el primero á 4 y el segundo á 3 molinos harineros. Los CAMINOS son de herradura y se dirijan á Huelva, Sevilla , Badajoz y Ayamonte; se hallan casi intransitables. La CORRESPONDENCIA se recibe 2 veces en la semana de la capital del partido. INDUSTRIA los molinos harineros y la elaboración de maderas para edificios y otros usos, COMERCIO importación de todos los art. de primera necesidad, pues el terreno no produce mas que unas 4.000 a. de patatas, y 1.000 fan. de castañas; no hay ganados pero si caza de conejos, perdices y algunos animales dañinos, POBLACIÓN 307 vec, 1.229 almas CAP. PRODUCCIÓN PRINCIPAL: 2.464, 287 reales. IMP. 82.773. El PRESUPUESTO MUNICIPAL asciende á 8.057 reales y se cubre con 3.841 que producen los arbitrios de romana, marco y pesos y medidas menores, y el déficit por reparto vecinal”.

Mucho parece haber llovido desde ese 1846, pero en realidad y, como se ha insinuado, el período transcurrido desde entonces representa apenas una cuarta parte del total de la historia del pueblo. Sin embargo es en estos últimos ciento setenta años -desde la publicación de este diccionario- cuando Fuenteheridos se ha transformado realmente. Es más, podríamos asegurar que la transformación ha sido gradual, de forma que los cambios más evidentes se han ido manifestando en las dos últimas generaciones. Estos cambios implican no sólo a la visión arquitectónica del pueblo, con una importante pérdida de la impronta leonesa que lo había caracterizado hasta entonces, en favor de un cierto toque andaluz, sino también al propio proceso de socialización.
Fuenteheridos vivía entonces de los recursos de la agricultura y de la ganadería, y hoy en día esas actividades aparecen bastante orilladas, siendo el turismo y las demás actividades del sector terciario los que asumen el principal sustento municipal. Si apenas hace dos o tres generaciones la población caballar, caprina, porcina, bobina y aviar, formaba parte de nuestro entorno y hasta diría que de nuestro paisaje urbano, hoy todo eso ha quedado reducido a unos cuantos y vistosos caballos de recreo. Por no haber, apenas si sigue habiendo gatos en nuestros tejados. Igualmente podría afirmarse de las costumbres y de los valores campesinos. La palabra ha dejado de tener valor de cambio y de compromiso y los valores religiosos y morales se mueven por derroteros más universales.
Pero si el pueblo ha sido transformado por las derivas exteriores de una sociedad cambiante en lo económico, en lo cultural y en lo social merece la pena destacar acaso unos pocos hechos que sin duda han marcado los hitos humanos (demográficos incluso) del municipio durante estos últimos 170 años,.
El primero de ellos es la inestabilidad política del siglo XIX con las guerras carlistas y la posterior agonía de nuestro colonialismo de finales del siglo XIX y principios del XX, con los desastres de Cuba y Marruecos, donde vecinos nuestros encontraron la mutilación o la muerte; sin embargo, en el primer tercio del siglo XX la prosperidad de la agricultura hizo que el pueblo creciera y que se levantaran casas burguesas por las calles de La Charneca, La Fuente o La Cantina; para entonces los productos de nuestro pueblo eran sobradamente conocidos en las principales plazas de Andalucía Occidental y el Sur de Extremadura, desde Huelva hasta Cádiz, pasando por Sevilla o Zafra.
El segundo hecho significativo es la guerra civil (1936-1939), en la que más de cuarenta de nuestros vecinos perdieron la vida por exclusivas razones políticas y que sin duda dejó un costurón social que ha tardado mucho en cicatrizar (ver Brutal 23 de agosto, Rodolfo Recio, Ed. Huebra 2006). Algunas familias se vieron condenadas y los poderes civil y religioso impusieron su ley. Tras la guerra hubo un efímero momento de repunte económico debido a la falta de productos de primera necesidad en los mercados. Como en otras partes, aquí triunfó el estraperlo.
Otro hito trágico en nuestra reciente historia es el proceso migratorio que se produjo a finales de los años '50 del pasado siglo y que se prolongó al menos durante tres décadas, si bien es un proceso que continúa bajo otras premisas; esto coincidió con la degradación económica de la agricultura y la ganadería, en una clara voluntad del régimen dictatorial de industrialización del país. El sur peninsular vio diezmada así gran parte de su población. Hay que pensar que la emigración ha supuesto una sangría para nuestro pueblo, donde mermó la población al menos en un 50% y es muy rara la familia que no se ha visto afectada por ese proceso; Sevilla, Huelva, Cataluña o Madrid fueron los destinos elegidos por nuestros paisanos.
El siguiente hito transformador ha sido la llegada de la economía de consumo y como consecuencia directa de ésta, la democracia y una nueva concepción administrativa del territorio. La sociedad de consumo ha supuesto para Fuenteheridos una espectacular transformación, no ya en los evidentes cambios producidos en el casco urbano y en el interior de nuestros hogares, sino también con los cambios de valores sociales y en el gradual protagonismo del turismo en nuestra economía local; el turismo, asociado al aire puro, a la gastronomía, a nuestra feraz y bellísima naturaleza y a la bonanza de nuestras aguas, se comenzó a desarrollar a principios del siglo XX, generalmente a través de Sevilla, para irse consolidando como la principal fuente de ingresos en la actualidad, siendo Fuenteheridos uno de los destinos preferidos del país para el turismo rural de naturaleza. Por último, la creación del Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche, unido a la introducción de las nuevas tecnologías en las vidas de nuestros vecinos, ha ayudado a extender esa brecha entre lo que podría suponer la vida de 1850 y la de hoy en día.

Fuenteheridos es uno de los pueblos con mayor singularidad dentro del carácter ya de por sí singular de la comarca. Tal vez nuestro carácter, que podríamos definir como abierto, no demasiado apegado a las tradiciones e innovador, podría estar motivado por dos hechos fundamentales: su ubicación central en la región, que nos convierte en un pueblo acogedor y bien relacionado con su entorno, y el minifundio, que dota a los paperos de una visión individualista y luchadora, muy apegada a la tierra, donde el sistema de clases sociales ha sido tradicionalmente atemperado. Es cierto que Fuenteheridos, como todo el entorno, no pudo eludir el caciquismo de finales de siglo XIX y principios del XX, pero el nuestro fue un caciquismo suave, que poco tenía que ver con el de las poblaciones cercanas donde los caciques locales se repartían casi en exclusiva los medios de producción y, en consecuencia, podían ejercer una exasperada presión sobre los jornaleros, demás habitantes del lugar. Nuestros vecinos, en cambio, desde sus pequeñas huertas y castañares y desde su continuo laboreo, han vendido tradicionalmente el producto de sus campos y su sudor, de manera que mayoritariamente no dependían de un solo y omnipotente dador de empleo, lo que hizo que las divisiones y los conflictos sociales no fueran tan dramáticos como en otras localidades del entorno. Existe una singular leyenda sobre el origen del nombre de Fuenteheridos -enigmático y hermoso como pocos-, que tras pasar por el imaginario local, recoge el periodista aracenense José Andrés Vázquez en ABC de Sevilla, el 14 de mayo de 1935. Según esta leyenda, el nombre de Fuenteheridos provendría de un conflicto de orgullo entre los vecinos de la aldea de La Fuente, que es como se denominaba a nuestro pueblo, y Galaroza, entonces capital del municipio. Será en nombre de la dignidad y el orgullo herido de los paperos, que se enarbola la rebeldía contra la villa de Galaroza, exigiendo y obteniendo su independencia, de la que ahora se cumple el tricentenario. En esta leyenda poética y, como casi todas, ajenas a la realidad, se desprende el carácter, si no belicoso de la población, sí independiente e indómito, y que continúa siendo una de nuestras señas identitarias.
Otro aspecto que define a Fuenteheridos es su indolente relación con las tradiciones. Casi todas las localidades serranas perpetúan viejos rituales y mientras más aisladas sean estas poblaciones, más vivos son estos rituales en general. Es el caso de Encinasola, Hinojales, o Aroche, pueblos aislados pero con un hondo sentido identitario. Fuenteheridos siente un cierto desapego por la tradición, a la vez que continuamente trata de reinventar otras nuevas. El ejemplo más cabal es el de la Virgen de la Fuente, actual patrona de la localidad, que apenas cuenta con 53 años de vida. En estos últimos años se han perdido (o casi) tradiciones tan interesantes como la Cruz de Mayo, el día del bollo, los borrajos de verano, los quintos... pero, curiosamente han surgido otras nuevas como la Fiesta de la Castaña, las Fiestas de Agosto con sus ritos en torno al agua y la feminidad, el Carro de Navahermosa... De todas nuestras viejas tradiciones, apenas se mantiene “el chopo”, “el judas” (si bien muy tergiversado) y el precioso ceremonial de El Corpus, con sus helechos y pétalos de rosa alfombrando las calles. Este singular desapego a los ritos acaso tenga que ver con la singular movilidad demográfica de Fuenteheridos, ya que éste no es un pueblo de arraigo sino de paso. Un porcentaje altísimo del padrón actual lo forman personas no nacidas en la localidad, sino venidas de otras partes, que se integran en el pueblo con normalidad y quienes, como norma general, sienten menor arraigo por unas tradiciones que no son las suyas. Un caso particularmente curioso de desapego por la tradición se resume en nuestra iglesia, que en los años '60 del siglo XX pasó de tener un retablo neoclásico a uno de arte Pop, el único existente en toda la comarca. Este hecho que en algunas otras poblaciones hubiera conseguido que sus habitantes se echaran a las calles, en nuestro pueblo apenas si suscitó un vago sentido de nostalgia por el viejo altar. Esperemos al menos que se conserve esta singularidad del arte pop, que nos hace únicos. Otras muchas otras cosas de antaño se han destruido sin que nunca se hayan registrado protestas muy significativas, como ha ocurrido con la casi desaparición de las lievas tradicionales o del puente de ladrillos que daba nombre a la calleja del Puente Membrillero. Aun así, el pueblo se halla en buen estado y ha logrado conservar su encanto y preservar su identidad. Todavía podemos apreciar solanas, aleros volados, ventanucos, corrales, tapiales de adobe, paerillas, fachadas vetustas como la de Marcelina en plena plaza del Coso o la casa nº 17 de la calle Álamo, donde milagrosamente se ha conservado el alero volado, el fantástico balcón de madera de castaño y la puerta de inspiración netamente leonesa. Hemos conservado también los empedrados de calles simbólicas como la del Castillo, o las de las cuestas de la Caná o Maiguerra, ambas en el camino real de Cortelazor, y hemos remodelado la vieja era de la Carrera, nuestros mejor mirador a la majestuosa y frondosa sierra que nos rodea.

Este libro no sólo pretende devolvernos instantáneas y fotos de paisajes interiores de Fuenteheridos, sino que quisiera ahondar en nuestra identidad cultural y darnos a conocer aquello que el tiempo ha ido arrancando de nuestras miradas. No nos llama un sentimiento de nostalgia porque sabemos que todo tiempo pasado fue peor -o mucho peor-, ni un sentimiento conservador porque es el cambio el único camino que nos conduce hacia el futuro. Los pueblos se transforman al ritmo de su historia particular y de la Historia en mayúsculas. Hace tres siglos nuestro pueblo no había bajado a “la Fuente”, no estaba encalado y probablemente ninguna de nuestras calles aparecían encañadas o siquiera empedradas. Tampoco había baños en las casas, ni terrazas tal cual hoy las conocemos, siendo los interiores lóbregos y oscuros, de anchas paredes y de pequeñas ventanas para no dejar entrar el calor o el frío, con un horno y acaso un pozo, y en las cuadras, corrales, gallineros y zahúrdas dormitaban cientos de animales. La muerte acechaba en cada cosa, las mujeres morían de parto y los hombres regresaban destrozados de esas guerras remotas. No había ni qué pensar en hospitales. Las “yerbas” todo lo curaban, para la diarrea la tisana de cebada, para el mal de muelas la amapola real, para los dolores de menstruación el gordolobo y el hipérico para los relajamientos y contusiones. Los abuelos desahuciados por la salud eran acogidos por las familias numerosas y los niños, desde muy temprana edad, trabajaban en el campo y en lo que caía. No, no eran tiempos mejores.
Las instantáneas que hoy presentamos en libro y en exposición sólo pretenden hablar a nuestros oídos, poniendo en valor rincones, sacando a relucir maneras de entendernos con la vida, creando, además un archivo de imágenes y sensaciones, de personajes que pasaron por nuestras vidas, de instrumentos con los que hicimos camino, de situaciones y hechos que acaso deban ser preservados para generaciones futuras. Este libro se ha llevado a cabo para hablar de lo nuestro y de los nuestros, para darnos coraje y ánimo y para saber que nada hay de nuevo bajo el sol. Este libro es además un homenaje a quienes hoy ya no están entre nosotros, a quienes un día vivieron en nuestras calles, a quienes alzaron fachadas o excavaron pozos, a los que sembraron árboles, a quienes lavaron ropa, recogieron agua de las fuentes y los pozos, atendieron a los enfermos, sembraron y parieron a nuestros paisanos y dieron instrucción a nuestros zagales. A veces se habla de ellos con sus “motes”, y nadie se moleste, pues era y es así como los nombramos y nos llegan al recuerdo. Este libro es un homenaje y también un nuevo paso. Este libro, paisanos, es vuestro. Cabal, totalmente vuestro.
Queremos agradecer a los colaboradores, a los generosos dadores de fotos (Rocío Gómez, Chari, Encarni y Pepi Romero, Isabel Romero, Cecilio Gutiérrez, Aurora Romero, Ramón Hidalgo, María López, Ana Escobar, Rodolfo Recio y su hijo, Rodolfo Jesús, Miguel Ángel Fernández, Camila Romero y su hijo Jesús, Isabel y Matilde Domínguez, Lali Serrano y su hijo Ángel, Diego Diajara, Alfonso Barragán, Basilio y Flor Bomba, José Manuel López, Luis Manuel y Miguel Ángel Castillo, Manolo de los Reyes Bermúdez, Estrella Hidalgo, Manuel Ojeda, Miguel Domínguez, Raquel Bermúdez, José Luis Macías, Manuela Plaza, Ana Rosa Moya, Isabel Martín de Aranda, Juan Bomba, Toñi C. Cabezalí, el zufreño Santiago Glez Flores...), a cada uno de los que de una forma o de otra os habéis implicado en el buen curso de estas páginas, prestando fotos y tiempo, comentando cuestiones relacionadas con el libro, ayudándonos en nuestras pesquisas, aclarándonos y corrigiéndonos en nuestros datos, asesorándonos en todo ese mundo en tenguerengue que suele habitar en cada libro y en cada palabra. Este proyecto es también tuyo, que ahora pasas sobre sus páginas: nosotros, Carlos Manuel y yo, sólo hemos puesto en vuestras manos lo que previamente tú nos has ofrecido. Os agradecemos mucho vuestra generosidad no para con nosotros sino para con todos, pues una foto es al fin al cabo algo unido a la intimidad y tiene algo de sagrado. Queremos deciros que hemos tratado cada foto con el mismo cariño con el que ustedes nos la habéis prestado y tanto en los textos como en los trabajos de edición hemos intentado dignificarlas.
Cualquier selección es un asunto siempre complicado. Nosotros hemos procurado hacer nuestro trabajo con objetividad, lo que no quiere decir que no hayamos cometido errores. Os perdimos perdón por ello. Éste no es ni quiere ser un libro erudito. Los datos que se aportan han sido contrastados pero ello no es óbice de que salte el error aquí y allá o que se omitan datos que tú consideras importantes. Desde ya os pedimos disculpas. Este libro prescinde de bibliografía, pero cualquiera que lo desee puede consultar el aparato críticoo de los dos libros que han aparecido ya en esta misma colección. Lo importante aquí son las fotos de nuestro pueblo y las explicaciones que nos sugieren cada una de ellas. Nos hemos decantado por las fotos que hablan de la “transformación” del pueblo, de los cambios producidos en este tiempo y, por supuesto, por aquéllas que pudieran tener cierta importancia histórica. En otras ocasiones nos han interesado las relaciones de poder, los ritos religiosos o civiles, las tradiciones, o aspectos de la vida que han desaparecido. Nos interesan nuestros personajes, nuestros rostros por más que a veces no sepamos quiénes sean.