EDITORIAL APEIRON: EL SECUESTRO DE UN LIBRO

AVISO A NAVEGANTES 

Hace cosa de diez días publiqué por estos pagos una carta (ver al final de este aviso) donde hablaba de la profesión ciertamente heroica del escritor. Al final de la misma hablaba algo quijotescamente de calarme la coraza y salir a esos espacios a luchar. Hora es de contaros el porqué de aquella carta y el todo lo demás, por si sirviera de aviso a navegantes.
Hace ya casi nueve meses me dieron un premio de novela. El premio lo convocaba la editorial Apeiron, radicada en Madrid. La cuestión es que, como estaba previsto, la novela salió en otoño pero misteriosos retrasos en la llegada del libro a las librerías aplazaron la presentación de la novela al 23 de diciembre. Por aquellas fechas ya algunos lectores se personaban en las librerías para adquirir el libro y el libro no estaba ni se le esperaba. No estaba por ninguna parte. Desde la editorial tampoco se hizo la más mínima promoción, de manera que salvo lo que yo escribí aquí en fb, no existe la menor referencia a la novela. Justo dos meses más tarde Un buitre en el jardín se presentó en Huelva y el librero que debía aparecer con los ejemplares me llamó días antes para decirme que el libro estaba agotado -¿agotado?, ¿cómo que agotado?-. Tras varias gestiones di en saber que la editorial había hecho sólo 80 ejemplares -¡80!- y que así estaba la cosa. Al parecer Apeiron es una editorial que sólo trabaja bajo demanda, cosa que yo ignoraba desde el principio pues nadie me advirtió de ello, pues de haberlo sabido, no hubiera firmado un contrato con ella. Tampoco eso se refleja en el contrato. Me siento francamente estafado. He dedicado dos años a una novela que está secuestrada pro unos editores que no promocionan la novela,que casi no la publican y que no me la quieren devolver. ¡Un auténtico suplicio ver cómo tu trabajo de años se va por la alcantarilla! Evidentemente ahora estamos en manos de los tribunales, cosa que en mis anteriores 50 publicaciones, entre libros propios y traducciones, nunca me había sucedido. Cuento todo esto porque algunos en sus comentarios en fb escribieron que qué me pasaba, que parecía muy mosqueado. Ciertamente lo estaba. Pues ya saben la causa de mi mosqueo. Recuerden: apeirón: jamás se os ocurra publicar con ellos. Jamás se os ocurra comprarles un libro, incluyendo el mío. Por cierto, quien quiera leer la novela que me escriba un privado y se la hago llegar de forma gratuita en PDF.


La imagen puede contener: 1 personaCARTA A NADIE

No sé si usted sabe de mi dedicación exclusiva a la escritura y sus alrededores. Muchos tienden a creer que vivo unas vacaciones perpetuas y que mi vida es un hermoso prado de vacas lisérgicas y sagradas, que la hierba que piso produce inmediatas proteínas, viajes continuos y no sé qué más. O que soy conde de algo. Ya lo quisiera yo. La vida que he elegido libremente -quede claro- y que han elegido algunos otros compañeros no es fácil. No somos muchos, pero somos irreductibles, que no es gran cosa, pero es una cosa. A finales de mes no nos esperan angélicos sobres, sino esas mismas y misteriosas facturas que aquejan a todo hijo de vecino (porque al final todos somos vacas de ordeño e hijos de vecino). Mi padre sembraba tomates y patatas y, cuando estaba fatigado de la labor, miraba al cielo, ese juez implacable que a veces le mandaba sol y otras tormentas y otras sequías, y otras rica lluvia; yo no soy muy distinto, y en vez de pimientos o habichuelas siembro palabritas y tomo palabritas de los demás para traerlas a mi idioma y que tú o aquél podáis sentiros alimentados por esas palabras como mi padre lo hacía con las manzanas o las patatas. No hay más. No haya más. No quiero más. Si pudiera echar la vista atrás igual escogería esperar a fin de mes -no me lo digas, sé que eso es también difícil- el dichoso sobrecito, pero la vida te va empujando y a pesar de que a veces uno despotrica contra todo y contra todos, al final, muy de mañanita, subo a mi estudio, miro por un momento los tejados, me despido momentáneamente del mundo y me pongo a trabajar, con el mismo tesón que un panadero, que un descorchador o que un mecánico de automóviles. No hay más, pero no hay menos. Por eso me duele tanto esa cierta condescendencia de quienes me creen en unas vacaciones perpetuas. No: debo trabajar muchas más horas que los del sobrecito, para conseguir lo mismo o mucho menos, pero no me importa, no me importa porque sé que la vida es sólo una y la veo pasar como un tren de mercancías en un apeadero, chac chac chac, sin detenerse jamás, ni en mí ni en ellos, y este trabajo me cansa y me hiere mucho menos que otros, y que por muy equivocado que esté, y sé que lo estoy, prefiero equivocarme hacia lo que más quiero. Como todos moriré. Moriré como el sembrador de patatas que fue mi padre, que lo hizo sin deberle nada a nadie, con el respeto que no viene por la cantidad de patatas que uno haya sembrado o la cantidad de palabras que uno haya vertido a las páginas, sino por el no deberle explicaciones a nadie, por el no tener que dar explicaciones a quienes más quiero, por el actuar en conciencia y con conciencia de uno mismo y de los demás, por el no atajar y el sí compartir con los compañeros de viaje. No estoy aquí para recibir parabienes, ni para que me golpeen en la espalda, ni para que me digan qué lindo lo haces, joío por culo, ni para que conserjes de quitaypón cuelguen cosas en la chaqueta que no tengo, ni para lucir nada en la corbata que jamás he tenido ni tendré. Y no me sentirán quejarme por lo que hago, y no me sentirán pedirles nada, y no me verán en los despachos pidiendo limosna, ni quejándome de las limosnas que no me ofrecen, y no llamaré por teléfono por si cae algo y no aplaudiré ni me fotografiaré con las vacas sagradas ni con los ya citados conserjes de quitaypón. Tomen ellos su camino, que yo tomaré el mío. Voy a mis asuntos, tranquilo, sin ir dejando cadáveres y sin hacer cálculos. No me va la pompa y siento casi como un insulto el halago. Por qué os cuento todo esto, diréis. A qué todas estas presunciones y tonterías. ¿Un nuevo gurú de pacotilla? Lo explicaré dentro de diez jornadas, cuando me ponga la armadura y tenga que salir por esos campos en pos de lo que es mío. Dicho queda.
Ahora regreso a mis traducciones.

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